martes, 14 de abril de 2015

19. ¡Yo quiero un inconsciente a mi medida!


Y qué si hubiese una tienda de inconscientes. Miles de inconscientes desplegados en estantes y vidrieras que uno pueda elegir o le sean asignados, inconscientes bonitos, agradables y dóciles, para quién le gusta y es feliz regodeándose en su ser, otros incautos, distraídos, incluso malagradecidos, para el que necesita que no le estén encima y sabe que la vida demasiado fácil aburre, y después… después los peores, malnacidos, desgraciados, denigrantes e infelices para quienes no pueden vivir sin ese golpeteo constante en la nuca y necesitan ser humillados cada cierto tiempo, el suficientemente extenso como para no culminar en el suicidio, pero suficientemente regular como para no olvidar lo que eso significa, y que cuando uno termina de recuperarse se encargue de ponerlo en regla una vez más y recordarle quién es y qué es lo que quiere o no quiere de esta vida.

Después de todo, ¿cómo uno sabe qué es lo que quiere, quién es, o qué clase de inconsciente necesita? Todos soñamos alguna vez con una serie de instrucciones para utilizar en casos de emergencia, que nos indiquen lo que somos y hacia dónde vamos; aún así las rechazaríamos. Podríamos esbozar mil cosas más al respecto pero todo eso ya lo hizo Sartre, para qué abundar en cosas obvias.

Salió un artículo sobre el amor en Página 12, escrito por una tal Carolina Rovere. Es curioso que aparezca como algo novedoso cuando es tan… psicoanalítico. Te quiero sin saberlo, lleva por título. Es naive y utiliza términos en desuso, es tan obvio aunque se pretende aggiornado por citar un par de veces a Badiou o algún filósofo supuestamente contemporáneo. Establece distinciones de género tan arcaicas como algunos presupuestos de la misma teoría psicoanalítica. “En realidad, la posición frente al amor es siempre femenina: así, representa una dificultad mayor para hombres que para mujeres, aunque éstas no se quedan muy atrás…”… gracioso, de por sí arranca con poca claridad y ese “aunque” es poco serio para artículo que se pretende científico. No se sabe si niega o reafirma. Resultan curiosas las vueltas y los artilugios rebuscados para esbozar ideas tan trilladas como que vivimos una época en la que el compromiso se hace imposible y lo efímero ocupa el lugar que en otro momento lo proyectual. Para eso lo prefiero a Bauman, con sus metáforas acuíferas, incluso a Marc Augé a pesar de sus falencias y de su inocencia.

Uno nunca sabe hasta qué punto pasa lo que pasa o se lo inventa. Las relaciones nos las imponen; la familia, el sistema, la publicidad, etc. Amar cada tantos años, curtir, coger cada tanto, cada cuánto se coge? ¿Una semana, dos, cada un mes? ¿¡La abstinencia!? Hablar poco, o mucho, sentir, no sentir, quién sabe. Amar, amar, amar, amar. Tener, tener, tener. Para colmo el amor es un producto del narcisismo, por lo que resulta poco fiable, y cuanto menos extraño o trágico. Uno quiere porque se quiere querer y asume que el otro puede, o sabe reconocer, cuán grande uno es. O uno quiere a quien sabe que uno es una mierda y entonces sobreviene ese reclamo constante en el que uno desea un reconocimiento que nunca obtiene y sabe que nunca va a obtener pero igual quiere. Y el otro se encarga de dejárselo en claro, con algunas dosis de reconocimiento de vez en cuando, como para mantenerlo en ese juego sin fin. Lo patológico y lo sano conviven, como las dos caras de un sistema, y ¡dije sistema! y se acude a los psicoanalistas para delegar el saber y poder comprender por qué uno hace lo que hace. 

Sin embargo, el principal problema que tienen los psicoanalistas es que están pasados de moda, y cuando más pretenden estar en onda peor resultan, se les nota lo actuado.

-Quisiera poder cuidarte, cocinarte y ayudarte a concretar lo que sé que podes dar- fue una de las últimas cosas que me dijo -y extrañamente me dejó contento.


La pregunta sobre el amor no tiene respuesta. Suena a desencanto, pero eso es lo mágico. ¡Yo quiero un inconsciente a mi medida!


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