miércoles, 15 de abril de 2015

20. Turno.

Cuando llegué a mi casa por la noche, todavía tenía puestos los zapatos de tela para entrar al quirófano. Esa tela blanca semi acolchada sobresalía por sobre mis zapatillas. Había huido despavorido, y en esa huida no había tenido ni siquiera tiempo para ponerme las medias. La operaria y la anestesista me miraban asombradas. Comprendí entonces el terror que le tengo a los quirófanos y a las intervenciones gratuitas. Y esto no era más que eso, una intervención sin razón, por lo que decidí -o mi miedo decidió por mí- no atravesar una situación semejante. Lo peor era que había estado todo el día anterior y la mañana de este preparándome, tomando ese aceite nauseabundo y expulsando penas de mi cuerpo durante toda la noche y la mañana. Nadie me había anticipado tal despliegue. -Andá y hacete el estudio por las dudas- me había dicho el médico, y yo asumí que se trataba de una cosa de rutina, de un paseo por el parque en una tarde de Sol. Pero no. -Ahora te vas a sacar la ropa y te vas a poner esto- me dijo la enfermera, con esa voz de enfermera, entre comprensiva y expeditiva, más expeditiva que comprensiva, y me dio ese atuendo celeste con los zapatitos de tela blancos que ahora sobresalen de mis zapatillas. Recién entonces comprendí la gravedad del asunto. 

-¿Tenés dientes flojos?- me preguntó. 
-Porqué-, le retruqué, no terminaba de comprender, o recién estaba comprendiendo. 
-¿Qué, nadie te explicó cómo era el estudio?- volvió a preguntarme, con esa voz tan de enfermera. 

Y entonces me dijo que tenían que pasarme un tubo por mi boca y que para eso me iban a dormir. Nadie me había dicho nada de una anestesia total. Tenía un pésimo recuerdo de mi última y única anestesia total, esa sensación de ahogo y ese tubo que a empujones penetraba por mi garganta. 

Entonces dudé, y volví a dudar, pero me vestí, con semejante atuendo y tan expuesto que uno queda, casi desnudo. Entretanto pasó una mujer, de edad avanzada, semidormida y adolorida, acostada en una camilla, y en esa situación tan humillante que uno adopta en esos casos. La vi pasar por el pasillo, había dejado la puerta abierta. ¿A ella le hicieron lo mismo que a mi?, y la enfermera asintió con la cabeza. No se veía bien. Cuando me llamaron sentí esa descarga eléctrica que se desparramó por mi cuerpo y caminé hasta esa especie de quirófano improvisado. Bien podría ser una cocina, pensé, con esos azulejos azulados. Había dos camillas, una pegada a la otra, que se veían tan frágiles. Y una operaria junto a esa maquinaria en uno de los extremos. -Sentate ahí- me dijo la enfermera, en la camilla del medio. 

Así como es mejor prevenir, también es bueno no exponer el cuerpo de más, este tiene su límite y también se cansa. Me miré desde afuera, con esa mirada panorámica que uno a veces se inventa y me sentí completamente desprotegido e indefenso, frente a esa maquinaria clínica. Pensé en Foucault y los dispositivos de poder. Y así como comprendí el terror que le tengo a los quirófanos, comprendí además el terror que siento hacia todo lo que no puedo controlar. Y la anestesia total brinda esa sensación -y los argumentos para la fantasía-, que es la misma que siento con los aviones, o con ciertas mujeres. -Es que no te entregas- me dijo mi viejo que me estaba esperando afuera, luego de asombrarse por la rapidez del asunto. Y no supe si era una crítica de vida o hacia esa situación en particular.

Es cierto, no me entrego, pensé, posiblemente porque me da miedo, posiblemente por eso no me dormía la vez de la anestesia total y sentía ese ahogo en lugar de relajarme y disfrutarla. -Pero cuando te entregas, lo haces en serio- recordé sus palabras, no sé si para bien o para mal. El problema de poner la cabeza es que te la aplasten, pensé. Más cuando se es dueño de uno de esos inconscientes malvados o desgraciados, que deciden por uno, y hacen que uno siempre elija mal, lo que no debe. Entonces pensé una vez más en ella, en su frialdad, en cómo podía pasar de un extremo a otro. Finalmente todo me servía de excusa para pensarla. Pensé también en Sherezade contando historias cada noche para sobrevivir un día más. De la misma forma que Pierce le escribía cartas sobre semiótica a Lady Welby, -yo escribo historias para que pienses en mí un día más- le había dicho alguna vez, abusando de la zalamería que ella tanto odia, y por la que otras mujeres se desviven. 

Los zapatos del quirófano aún sobresalen por mis zapatillas, a lo mejor tenga que pedir otro turno...

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