viernes, 17 de abril de 2015

22. Culpemos al otoño.





El cuerpo es nuestro medio general
 para tener un mundo. 
Merleau-Ponty.



Un año después nos volvimos a ver. Un año en que no supimos más nada el uno del otro, más allá de algunas vistas a su página de facebook. Le mandé un mensaje por correo electrónico que me contestó en seguida, y le dije que nos juntáramos. Ya había pasado suficiente tiempo como para que mi pose adquiriera los rasgos normales de quien pretende haber superado la situación. Hacía dos meses que se había separado, entre algunas idas y vueltas que duraron bastante. Al escucharlo me alegré infinitamente, en mi cabeza aún resonaban sus últimas palabras, Quisiera poder cuidarte, cocinarte y ayudarte a concretar lo que sé que podes dar. -Qué triste- le dije, sin embargo, más por cortesía y por no demostrarle directamente mis sentimientos frente a lo que para ella podía significar un dolor.

La primera gira desde la última vez que nos vimos había sido sintomática. –Salió todo mal- dijo -recién entonces empecé a caer. La visa que no me salía, las peleas con mi marido en Uruguay, las discusiones posteriores, el maltrato, seguramente todo tenía un sentido, creo que ni siquiera nos teníamos que haber ido. Y en Estados Unidos fue peor-. Nos juntamos en el café Margot. No era un mal lugar y le daba a todo un aire circular. Un año puede ser mucho tiempo y nos sentíamos como dos extraños, sin embargo algo en nuestros cuerpos los hacía reconocerse, los cuerpos tienen su propia lógica. Los cuerpos piensan. Hacía un año le había dicho lo mismo, citándole a Merleau-Ponty, pero no me había dado importancia. Estaba muy hermosa. 

Conversamos casi dos horas, me contó acerca de sus últimos meses, los trámites de su divorcio, su separación, etc. -Fue trágico- dijo, juntando los labios, aún lo vivía como un fracaso –no es fácil deshacer quince años con alguien, posiblemente lo peor que hicimos fue casarnos- Sus ojos eran los mismos, pero más oscuros y tenía un par de mechones rubios, posiblemente como un intento de marcar alguna diferencia con lo que había sido. -Desde ahí comenzaron los problemas- se río- la gente no debería casarse-. Algo en su rostro había mutado, o posiblemente yo lo viera diferente. Hacía un gesto, levantando sus párpados, que nunca le había visto. -Fue trágico- repitió, sus pupilas se habían dilatado.

Era un día gris, claramente otoñal. No hacía calor, pero tampoco frío. Estábamos sentados contra la ventana y mirábamos la gente pasar, algo abrigada, con sus rostros apesadumbrados. En Buenos Aires el otoño produce un cambio de ánimo visible. Pedimos una cerveza negra y recordamos nuestro primer encuentro en ese mismo lugar, dos años atrás, la vez que llevó los cuentos impresos. -No te lo dije, pero desde que entré y te vi sabía cómo iba a terminar todo- me dijo. Sus palabras me produjeron cierto orgullo. También recordamos la segunda vez en el bar Los hijos de puta sobre la calle Córdoba y Ravignani, donde no tenían cerveza negra- ambos nos reímos-. 

Eran las ocho y afuera ya era de noche, me detuve en las ramas de una Acacia Blanca que iba perdiendo sus hojas. El otoño hace que todo se vea distinto. Cantidad de cosas se cruzaban por mi mente, posiblemente toda nuestra relación, ese año de idas y vueltas, el sexo, nuestro cuerpos agotados en mi cama, nuestros paseos, aquella noche en Notorius… Las imágenes se amontonaban una sobre otra en forma de videoclip, sin dejar espacio al desarrollo, posiblemente producto de la ansiedad. 

Nos atravesó un silencio prolongado, habrá durado unos seis o siete minutos, esos silencios anteriores a la tormenta en los que el mar se calma, claramente anticipatorios. Sus ojos guardaban algo que pujaba por salir, era evidente que buscaba el momento oportuno. Una pequeña imagen que adivinaba sus palabras se disparó en mi conciencia. Hice el esfuerzo por reprimirla -alcancé a pensar en el otoño, para impedir que siguiera desarrollándose, y la forma en que esta estación lo transforma todo, el paisaje, los rostros, los humores. Volví a mirar las ramas de la Acacia, abriéndose como brazos desnudos, las seguí una por una, pero nuestros cuerpos se conocían demasiado bien. 


-Estoy saliendo con alguien- lanzó, ya sobre el final, casi con vergüenza. En el aire pudo escucharse un sonido agudo y seco, como de algo que se quiebra. Posiblemente el sonido de mi alma que se partía. 

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