sábado, 18 de abril de 2015

23. Deambulador Nocturno.

Deambulé durante horas, con esa sensación de mareo, producto de la cerveza negra o del shock emocional. No es fácil distinguirlo, tampoco me importaba hacerlo. No puedo recordar por qué calles anduve, sólo tengo la noción vaga de algunos barrios, algunos momentos en estado casi amnésico, un blanco total, hasta terminar frente al Riachuelo. Nunca había caminado tanto por Buenos Aires.

Nadie puede negar que no lo supiera. Pero no podía evitar sentirme un idiota. Siempre lo había sabido, desde el principio, y ella también, "lo supe desde que entré y te vi" Esas fueron sus palabras. Era más que evidente, es casi una ecuación. Una relación de números impares. Además, siempre supe que mi función es la de un decantador. Casi como una misión, cristalizar, dejar el claro, poner el mundo patas para abajo. Develar. Una vez que eso sucede, que se pone blanco sobre negro, recién entonces se puede seguir adelante. El paciente está curado y yo debería seguir mi camino, solitario, errático e incierto. Desde una perspectiva histórica es casi una función social, hasta altruista. Obviamente a mi eso no me conforma. Lejos estoy de los fines altruistas, yo sólo quiero ser amado de la misma forma en que soy capaz de amar o intento hacerlo. Pero por alguna razón siento que mi destino es otro. Sus palabras resonaban una y otra vez como martillazos en mi cabeza. Estoy saliendo con alguien, se mezclaban con una impotencia infinita que no podía manejar. Quisiera poder cuidarte, cocinarte y ayudarte a concretar lo que sé que podes dar. Recordé esas palabras también, ya viejas, perdidas en el tiempo, tan irreales como el lenguaje mismo y a la vez tan presentes como la fantasía y la ilusión. Pensé en el infinitivo como un tiempo verbal traicionero. Con el infinitivo nunca se sabe, deberían abolirlo del uso castellano.

Las imágenes se amontonaban una vez más, como un pilón de figuritas repetidas. Me vi otra vez en el colegio, con mi melancolía eterna, reconstruí una imagen solitaria, en un rincón del patio, sentado, mientras el resto de mis compañeros jugaba al fútbol o hacía cosas de chicos. Es un melancólico incurable, una maestra alguna vez le había dicho eso a mi madre, graciosamente, sellando mi destino. Figuritas repetidas. Pilones de figuritas repetidas. Pensé en Werther, en Sorel, en toda esa runfla de héroes trágicos cuya única finalidad en este mundo pareciera ser amar. Yo no quería amar, sino ser feliz, el amor trágico no me conforma, y me parece una mierda. Se me vino la imagen de Travis, en París Texas y su relación con Natasjja Kinsky, tan hermosa, presa de esa soledad incurable, escuchando historias tras los vidrios blindados de esos sitios que sólo pueden existir en lugares tan distintos como Estados Unidos o Japón. Se va y la deja sola con Hunter, mientras los mira abrazarse desde el estacionamiento, en esa escena memorable que sólo podía haber escrito Sam Sheppard, de la misma forma que Bogart la deja Ingrid Bergman, en Casablanca. ¿Para qué hacer feliz a los espectadores?  


Boedo fue apenas una ilusión que se desvanecía, San Cristóbal me sirvió para visualizar el hecho como una traición, en Constitución pensé en el desamor, fuertemente, recuerdo haberme tropezado con una baldosa mal puesta y caer en los brazos de un travesti que me miró con esa sonrisa tan trágica de travesti, (y algo debe haber intuido en mis ojos, porque me dejó seguir como si nada, -¿estás bien?- me preguntó cuando me alejaba). En Barracas volvieron las ilusiones y en La Boca pensé en La Venganza como el único modo de expiación. Siempre deambulando. Adoro esa palabra. Amanecí en Vuelta de Rocha. Una vieja imagen se me vino a la cabeza, junto a un amigo de la infancia, tirados sobre el capot de un Ford Falcon gris que había decidido dejarnos a pie ahí mismo. Sin embargo, éramos lo suficientemente jóvenes como para que no nos importara nada. El sol trepaba iluminando ese espejo negro mugriento formado por el Riachuelo y a nosotros lo único que nos preocupaba era conseguir otra cerveza. 

Lejos estaba ahora de esa sensación, mis venas ardían como si por ellas circulara ácido. Por alguna razón pensé en mi padrastro, ya olvidado, y en sus últimos tratamientos oncológicos que finalmente habían terminado de exterminarlo. Los tratamientos contra el cáncer tienen esa función, aniquilar el alma, terminar con los últimos deseos de vida. Me senté en uno de los bancos de piedra mirando al puente trasbordador Avellaneda, como si este pudiera trasladarme a otro lugar. 

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