domingo, 19 de abril de 2015

25. Ojos brujos.

-Vos debes ser muy valiente- me dijo. Lo miré, desencajado, no terminaba de comprender qué quería decir, el alcohol todavía corría por mi sangre sin dejarme divisar del todo las formas. Me pregunté si no sería uno de mis fantasmas. -Sí- repitió -vos debes ser muy valiente para meterte ahí, sin permiso, con todo...-. Juntó los labios, sin terminar la frase, de su boca chorreaba una baba espesa que caía como un hilo delgado hasta el cuello de su camisa. Me ofreció de su cerveza, me dio asco pero no me atreví a rechazarla. La apoyé sobre mis labios e hice que tomaba. -Tomá tranquilo, que ni para pestes tengo-. Se rió, echó un estruendo, potente, que le salió de las entrañas, y yo me reí con él. Estaba apoyado sobre una de las barandas que dan al riachuelo. Tenía un pantalón marrón y una camisa blanca con manchones negros por todas partes. Estaba tan cubierto de mugre como ese riacho quieto que se abría debajo nuestro. Su estado era calamitoso, algo nos igualaba. Repentinamente comenzó a cantar.

Mi madre, la ramera, me dio muerte. Mi padre, el bribón, me comió. Mi tierna hermanita guardó los huesos en un sitio fresco, y allí convertíme en un bello pajarito del bosque...

Podía ser cualquier cosa menos un bello pajarito del bosque. Lo pensé pero no quise decírselo para no herirlo y por miedo a que se enojara. La escena tenía algo teatral, y algo grotesco al mismo tiempo, imaginé un cielo rojizo con un sol abrazador sobre nuestras cabezas. Miré para todos lados y no vi a nadie. Era casi de madrugada y podía observarse el brillo de la humedad de la noche sobre el empedrado. Ni siquiera había luna.

-Vos debes ser muy valiente- volvió a insistir. No tenía idea a qué se refería ni me interesaba indagar. 
-Pongámosle...- le respondí. 
-Sí, sí- dijo seguro, -mucho, yo sé mucho, yo sé...-.  

Me miró fijo a los ojos durante unos minutos, tenía una mirada intimidante. Me causó algo de temor. Se despegó de la baranda, dando un salto, como un equilibrisa, y caminó en dirección sur, hacia Barracas. Mientras se alejaba seguía cantando, la melodía sonaba a tonada de alta mar, su música me recordó una vieja canción jamaiquina que cantaban los marineros. Mi madre, la ramera, me dio muerte... Podía ser alguno de mis fantasmas, volví pensar, después de todo no éramos tan diferentes. Estuve a punto de seguirlo pero me daba algo de recelo. -Muy valiente- dijo a los gritos, entre su canto -muy valiente.... nadie hace eso... nadie- y se escuchó el estruendo de su risa como un eco antes de perderse en la noche. 

Llegando a Almirante Brown había una fila de colectivos esperando su horario para salir. Pensé que ya podía ser momento de volver. Contemplé una vez más el riachuelo y ese negro intenso me recordó sus ojos, tan oscuros. Podían ser los de una bruja o una gitana. Se me vinieron los  versos de ese tango, ¿qué mágicos poderes encierran en tus ojos...? El bolero y el tango son primos hermanos. 

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