martes, 21 de abril de 2015

26. Gato negro.





Por esta falta, 
no por ningún otro crimen, estamos condenados,
y nuestra única pena es vivir con un deseo,
sin esperanza de conseguirlo.
Dante.



Ya estaba a punto de subirme al 152 cuando me detuvo. Me apoyó una mano en el hombro y me hizo señas para que la siguiera. Su piel era oscura y el pelo -que parecía no sentir los efectos de la gravedad- le crecía como alambres delgados hacia todas partes. No son estos los ojos que yo esperaba ver, pensé. Ojos brujos. Una pollera ancha le llegaba hasta el piso y su color era irreconocible a causa de la suciedad. Sus globos oculares eran amarillentos y en su mano tenía un cigarrillo del que pitaba cada tanto haciendo un movimiento frenético y estirando sus labios hacia afuera dejando ver su rostro aún más escuálido. De sus pupilas emanaba ese fuego interno capaz de quemar todo a su paso. Me recordó a la medusa y a Perseo en esa lucha a contratiempo por salvar a su amada. Un olor desagradable se desprendía de su cuerpo, como si hubiera pasado varios años sin bañarse. Me inspiró desconfianza apenas la vi, sin embargo, no pude evitar seguirla. Había perdido toda voluntad.

Caminamos hacia el sur por Pedro de Mendoza, dejando atrás la cara turística y maquillada de La Boca y adentrándonos en la zona más hostil, donde la pobreza pierde ese carácter pintoresco y recupera su identidad siniestra. 

-¿Adónde vamos?- le pregunté. 
-Veng, veng- me respondió, acentuando la ene final de tal modo que parecía acompañada por una ge. Volvió a dar una pitada, aspiraba y exhalaba el humo sin digerirlo. Su acento no era porteño, ni siquiera argentino, parecía más bien cubano o dominicano, recién entonces pude asociarlo con lo negro de su piel y recalé en una serie de collares con piedras verdes y amarillas que colgaban de su cuello. Recordé a los brujos que habían pasado por mi casa durante mi infancia y me asusté aún más. -Veng, niño, veng- repetía a la vez que me arrastraba tras ella. El brazo que sostenía el cigarrillo era totalmente escuálido y estaba recubierto por una capa microscópica de piel que marcaba hasta las irregularidades de sus huesos.


Me encontraba totalmente perdido, nunca había estado en esa zona de La Boca. Sin embargo nada podía hacer para impedirlo. Ella iba delante de mí y cada vez caminaba más a prisa, y yo la seguía como si fuese su perro. Me señalaba cuando avanzar y cuando parar, yo no oponía resistencia. Un gato negro cruzó delante nuestro e hizo un maullido clavándome el amarillo de sus ojos felinos. Mi abuelo me había enseñado desde chico a no mirar a los gatos a los ojos, menos a los negros. A los fines metafísicos había roto con todas las previsiones. 

Caminamos, tres o cuatro cuadras más, quien sabe quince o veinte –había perdido toda capacidad numérica-, finalmente me hizo entrar por un pasillo angosto, apenas del ancho de un cuerpo humano, que desembocaba en un galpón oscuro y sólo iluminado por algunas velas. Tan lóbrego y profundo era todo, que por más que intenté penetrar en el fondo con la vista, no conseguí distinguir objeto alguno. Aspiró una vez más, a diferencia de las anteriores, esta fue una pitada honda y profunda que culminó con un gemido de goce.

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