sábado, 25 de abril de 2015

28. Performance


Seguí escupiendo hasta quedarme sin saliva, sin embargo eso no me quitó el asco que sentía. Mis rodillas cedieron y caí rendido a sus pies. El piso estaba sucio y podían verse las cucarachas correr libremente. Pocas cosas me resultan tan desagradables como las cucarachas. Ellos se habían confabulado y se reían a carcajadas de mi, haciéndome sentir como un estúpido. Hubiese querido salir corriendo pero mi cuerpo se encontraba inmovilizado.

-¡Querés irte!- dijo él -andá, rajá, turrito, rajá si podés-. Cada cosa que decían era motivo de festejo y ambos estallaban en una carcajada unísona que retumbaba por todas partes.

Por más que lo intentara mis músculos no reaccionaban y ella continuaba apoyándose sobre mí. -Vamos, vamos, deme un besito, acere, deme- y me acercaba esa boca horrenda, nauseabunda y sin dientes. Lo único que podía hacer era cerrar la mía para que no pudiera introducir su lengua. Paseaba una de sus manos entre mis piernas e inexplicablemente mi pene seguía tan erecto como durante la fantasía anterior. Eso la alentaba a seguir –estás duro papi, durísimo, ven y témplame, quieres, sí…-. Se sacó la blusa y su torso quedó desnudo. Asomaron unas tetas flácidas que colgaban de su pecho como podían colgar dos pedazos de carne muerta en  el mostrador de una carnicería. Sus pezones eran negros y desparejos, uno grande y ovalado y el otro mucho más pequeño y en el centro se hundía como el cráter de un volcán. –Mira, ¿te gustan, eh, papi?- decía exhibiéndolas alegremente.
–Sí, sí- gritaba él, desaforado –¡sí, me gustan!-. Comenzó mover su cintura y a bailar y haciendo que sus tetas colgaran y siguieran ese ritmo diabólico. 
-¡Mira, mira, te gustan, eh!- seguía diciéndome. 
-Sí, me gustan- le respondía él cada vez más excitado. 

Entonces él se quitó los pantalones, se tomó la verga y comenzó a agitarla para todas partes como si estuviera haciendo un número frente a un gran público. No contento con eso, la metió en el vaso que aún contenía aquel líquido verdoso y continuó agitándola salpicando para todas partes y manchando incluso las paredes con gotas color verde. El espectáculo era siniestro y bizarro, digno de un circo, hasta podía haberlo disfrutado de no ser por el terror que sentía frente a ellos.
-Yo soy Helena- decía ella, siempre a carcajadas y a los gritos mientras él seguía metiendo su verga en el vaso y sacudiéndola para todas partes -ven, no querías a tu Helena, ¡acá me tienes, acere!-.

Él se acercó a ella y le refregó su entrepierna por esos senos espantosos. Con un esfuerzo sobre humano logré escabullirme contra una pared y los vi amarrarse como dos parásitos, en un movimiento que podían haber hecho dos gusanos o dos ratas, cuando pensé que ya se habían olvidado de mí, ella sacó unas tijeras de la nada que levantó como si tuviese una espada a la vez que ambos me miraban. Mi cuerpo se estremeció y de ahí lo único que recuerdo es que desperté apoyado contra un banco de plaza en el Parque Lezama, cerca de la estatua de Ceres, sin remera y sin zapatillas, y con los pantalones cortados como si los hubieran tajeado. No recuerdo cómo logré zafarme o quién me llevó hasta ahí. Aún con las imágenes de la noche anterior me desabroché asustado los pantalones y miré entre mis piernas y afortunadamente comprobé que estaba todo bien. Suspiré aliviado y recién entonces pude relajarme un poco y volver a reflexionar sobre cómo había llegado hasta ahí y qué estaba sucediendo con mi vida. Me sentí como un bote a la deriva en un lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas.

Apenas estaba amaneciendo. Volver a ver el Sol me hizo feliz, era como abrazarme a la ilusión o a una fantasía ya perdida. Sus rayos se esparcían sobre mi cuerpo y lo calentaban a medida que avanzaba hacia su cenit. Una bandada de golondrinas atravesó ese cielo celeste majestuoso que se abría para todas partes. L´hirondelle et le prisonnier, pensé. Como un sueño o un recuerdo lejano, aún se esparcía sobre mi mente su imagen metiendo y sacando la verga de adentro del vaso, y me provocó una sonrisa. Hacía poco tiempo había vivido un episodio semejante con Alejandro -uno de mis mejores amigos, el único de mis amigos capaz de hacer una cosa semejante, producto de los excesos. El inconsciente tiene sus vueltas, pero aún no me explico por qué mis pantalones se encontraban así. 

  
Las barrancas del Parque Lezama se extendían hacia Paseo Colón, donde doscientos años atrás llegaba el Río de la Plata. Pensé en Martín y Alejandra y en ese amor imposible. Finalmente amor y límite parecieran ser una misma cosa, el número tres representa lo no asimilable, lo que siempre sobra. Ella nunca iba a poder ser suya y eso es lo que lo hacía gozar de esa forma y a la vez sufrir tanto. El amor es una paradoja, sólo es posible en su imposibilidad. 

Una vez más esa imagen se cruzó por mi cabeza, él, exhibiendo su cuerpo desnudo y desgarbado, en la pileta pelopincho, ante la mirada atónita de los presentes, excepto su mujer que se lo festejaba. Y no contento con eso metiendo y sacando sus partes de su copa de vino a carcajadas. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario