lunes, 27 de abril de 2015

30. Lo demoníaco.


-Lo demoníaco es aquello que no puede resolverse por entendimiento ni razón- decía Goethe –no reside en mi naturaleza; pero estoy sometido a ello… Se manifiesta de las maneras más distintas en la naturaleza entera, tanto en la visible como en la invisible. Algunas criaturas son por entero de condición demoníaca; otras, sólo en parte-.
-Entonces Mefistófeles- le preguntó Eckermann -¿no tiene también rasgos demoníacos?-.
-No– replicó –es un ser demasiado negativo, y lo demoníaco se manifiesta siempre en una actividad totalmente positiva. Esta cualidad se encuentra en los artistas, más entre los músicos que entre los pintores-.

Nunca terminé de comprender a qué se refería con actividades pasivas, pero de haber existido los psicoanalistas en ese entonces posiblemente a lo demoníaco le hubiesen puesto el nombre de inconsciente, y hubiesen buscado otro para mostrar el pasaje de eso mismo otrora inefable a la razón y el entendimiento a través del método de la asociación libre.

Sin dudas que el amor bien puede tener estas características, te atrapa sin más y te retiene el tiempo que desea sin que uno pueda hacer mucho al respecto. Cuando se aburre te suelta, en el mejor de los casos cuando se siente amenazado, en las personas “sanas”, volviendo al psi, y en otras los ahoga hasta la muerte. Después de todo, podríamos decir que el amor es sólo una excusa para otras cosas. Aunque esto ya lo definió Engels, y más adelante Sartre, de algún modo. Lo que gusta del período romántico literario es precisamente eso, la fantasía del amor que todo lo puede, como único valor, por el que aquellos protagonistas estaban dispuestos a dejarlo todo, incluso a emprender las batallas más complejas y a dejar su vida en éstas. La liberación de los pueblos era equivalente al amor.

And when convulsive throes denied my breath 
The faintest utterance to my fading thought - 
To thee -to thee - even in the grasp of death 
My spirit turned - Ah! oftener than it ought.


Thus much and more - and yet thou lov'st me not, 
And never wilt - Love dwells not in our will - 
Nor can I blame thee - though it be my lot 
To strongly - wrongly -vainly - love thee still.



Hoy una literatura semejante sería impensada, defenestrada por la mayoría de los críticos de turno, a no ser que fuera escrita en términos cínicos o irónicos que es el gran disfraz de la actualidad literaria. El “amor” no es más que un resabio de lo que alguna vez quiso ser, aunque no haya funcionado ni más ni menos que como fantasía. Como dice Marx en la introducción a Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte parafraseando de Hegel, la historia se repite dos veces, una como tragedia y otra como farsa. Frase por demás trillada, pero no menos cierta. Hoy nadie muere por amor, ni emprende una cruzada con su nombre, en todo caso será montada con otros rótulos, ya sea libertad, democracia en el mejor de los casos, y estricta relocalización geopolítica, en el peor -como los casos más vistos-. Una obra literaria que postulara al amor como última razón sería fácilmente rebajada al cajón de los desperdicios por parte de la crítica y en la vida real el producto de una psicosis o una malformación genética. Entre una vida tranquila, sin altibajos, y un buen pasar económico, cualquier psicoanalista nos diría se transitamos por la senda correcta –a pesar de la negativa de algunos ezquizoanalistas ya pasados de moda-. 

De la misma forma que Nietzsche supo esbozar que a Dios le han dado muerte los hombres, a Julián Sorel le pasó lo mismo; lo degollaron entre el Docke y la Isla maciel para sacarle los quince pesos que le quedaban en la billetera.   

La golondrinas habían desaparecido y yo había vuelto a perder el rumbo hacia donde quería ir.

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