martes, 28 de abril de 2015

32. Viento otoñal.


Ese era el último recuerdo que guardaba. Eso y una frase: cuánto mediocre escribiendo sobre el amor, o algo así, que me había dedicado. Quizá sonara a despecho, quizá realmente lo sintiera de esa forma. Uno se embarca en la mayor de las ingenuidades, luego descubre cosas que siempre estuvieron o que por algún motivo se desarrollaron así. No sé si era una mala persona o es que no sabía cómo procesar su fracaso matrimonial. O si directamente lo había heredado de un padre psicópata completamente amoral. Pero ahí había aparecido yo como chivo expiatorio. En algún momento expliqué que la de cristalizar era una especie de misión en mi vida, lo que no se dona es la valentía. El resto son excusas. 

El problema de dejar que las cenizas se extingan solas es que en un descuido pueden acabar con todo lo que hay alrededor. Nada más peligroso que las decisiones que parecen tomarse solas. Nada más peligroso que la costumbre para confundirse. Siempre es mejor apagar el fuego de un saque que dejarlo librado al azar; uno puede terminar consumido por éste. El mandato nos libera de la angustia existencial diría Sartre, pero no de la decisión. Estamos condenados.



Casi estábamos en Mayo y había comenzado a soplar un aire frío otoñal, algo rezagado, que parecía traer nuevos vientos. Mi piel se estremeció y tuve que pegar mis brazos al cuerpo para calentarme. No siempre es tan malo estar solo, pensé, mejor eso que la compañía compulsiva. Lo peor había quedó atrás.  

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