miércoles, 29 de abril de 2015

33. Signos.

Una mañana, después de mucho tiempo, desperté en mi cama, con los ojos pegados llenos de lagañas. No podía saber cuánto tiempo había dormido, mis ojos se encontraban hinchados y mis sábanas totalmente revueltas. Índice de que probablemente no haya sido un sueño fácil, y de que seguramente haya soñado bastante. El problema de los sueños es que no se sabe donde empiezan y mucho menos dónde terminan. Después vienen esas metáforas pseudosolipsistas de la mariposa y cosas por el estilo, y las discusiones entre Hume y Berkeley con respecto a los carros que pasan y a los sentidos en las que preferiría no adentrarme. 

Mi cama estaba totalmente deshecha y mis músculos entumecidos. Lo segundo que encontré fue la mirada de mi perro con sus ojos melancólicos, los perros heredan la mirada de sus amos. ¿Otra vez solo? No podía expresarlo pero su  mirada me interpelaba de esa forma. Me sentía agotado ¿quién puede decir que soñar no cansa? Hacía muchos años que no dormía de esa manera. Sueños eternos que parece que no van a terminar nunca y que terminan confundiéndose con un coma. Si toda muerte es un suicidio encubierto según Freud, el coma sería algo así como la indecisión del suicidio o un suicidio a mitad de camino. Por la ventana de mi cuarto entraba esa luz grisácea del otoño que no se decide a llover, pero tampoco deja ver el sol. Las nubes cubrían todo el cielo, y no parecían dubitantes ni pasajeras. Lejos de mí ese discurso.

Algunas imágenes del infierno todavía se esparcían por mi mente. La Vuelta de Rocha, el puente transbordador Avellaneda, el Café Margot, la Maldita Milonga. Recordé también aquellos personajes semidesnudos, con sus cuerpos gozantes bebiendo de ese líquido verdoso. Él metiendo su verga dentro de la copa, sacudiendo su contenido y salpicando para todas partes y ella gozándolo, llenándose de él, orgullosa. Luego refregándose y abrazándose intensamente, como gusanos, como conejos, como debe ser. Después de todo qué se les podía criticar, eran la imagen del amor y de la calentura. El amor cortés de la edad media, contracara del amor arreglado y el casamiento por intereses dinásticos. 

Busqué mis pantalones tajeados, único testimonio de aquella odisea nocturna casi eterna y mi bajada al hades, eso y la mirada cómplice de mi perro cuál Argos al borde de mi cama esperando la lluvia que nos sacara del letargo. La maldad es inexistente por sí misma, se manifiesta efimeramente, y en su mayoría de las veces como actos en apariencia involuntarios. Después de todo la maldad generalmente es ejercida contra sí mismo y nadie es malo de por sí; los peores actos se terminan cometiendo por inocencia. Un perro no puede ser malo.


La luz del día había comenzado a inundar mi cuarto y a lo lejos se escuchaba un taladro neumático, signo de la ciudad moderna. Mi perro me seguía mirando fijo con sus dos patas sobre la cama, posiblemente buscando explicaciones que yo no podía darle. Mi única certeza es que el amor es como un bolero que se renueva cada veinte años, y que sirve para nombrar todo lo que se nos escapa. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario