domingo, 3 de mayo de 2015

37. Paraná.

El río contaba con esa palidez producto del Sol otoñal. Sobre sus márgenes la vegetación se abría seca dejando entrever las precarias construcciones de madera. Navegábamos río arriba, hacia el Paraná, posiblemente para escondernos acostumbrados ya a la condición de fugitivos. Ser amante es la forma menos arriesgada de vivir a lo James Bond. Habíamos aprendido a jugar ese juego y ya era muy difícil salir de él. El río estaba calmo y podíamos sacar nuestros cuerpos por la borda y ver reflejados nuestros rostros dibujados en el agua en forma casi perfecta.

Al cruzar el Abra Vieja, donde se abren las tres bocas, no pude evitar pensar en Roberto Arlt y en su último deseo; que sus cenizas fueran desparramadas en ese lugar. Lo mismo deseamos para mi padrastro -aunque no tuvo ni tiempo ni la intencionalidad de sugerirlo, ya que nunca aceptó su condición de moribundo- a quién luego de casi dos meses de su deceso, aún no habíamos podido cremar, a causa de la inexistencia de familiares directos. Tampoco pude evitar pensar en Lugones, Sarmiento, Xul Solar, Haroldo Conti y en todos aquellos visitantes "ilustres" que habían tenido estas aguas. El Tigre aún guarda ese aire a misterio, como si sus aguas encerraran secretos que no pueden ser revelados. 

-No conozco el tigre- me dijo aquella vez, en uno de nuestros paseos, y desde ahí me surgieron las ganas de hacerla conocer, con la fantasía de ganarme su deseo. Estaba encantada, su sonrisa era constante y sus ojos oscuros se abrían maravillados.

A nuestro lado cruzaron dos isleños que navegaban en una piragua. El sonido del pequeño motor fuera de borda contrastaba con el roce silencioso que producían los juntos acomodándose al movimiento de las aguas. La expresión en sus rostros era tan semejante que, de no verlos juntos, difícilmente pudiera pensarse que se trataba de personas diferentes. Uno de ellos cruzó una mirada con ella, y esbozó una leve sonrisa. Algo en esa sonrisa le hizo dar un pequeño salto y pude sentir cómo su cuerpo se estremecía. –¿Qué te pasa?- le pregunté y se limitó a mirarme. Ese momento tan particular me sirvió para recordar nuestra situación, que por momentos se me olvidaba, aunque preferí seguir sumido en ese ensueño que me traía semidormido desde hacía unos días y no pensar más. Siguió contemplando una geografía que le era totalmente extraña y desconocida pero que había comenzado a encantarla. 

Una calandria revoloteaba cerca de la orilla del Río Capitán, acercando y alejando su pico, siguiendo el vaivén de los juncos que acompañaban el movimiento de las aguas. La lancha colectiva formó una ola enorme que chocó con fuerza contra la empalizada. Ella seguía maravillada y no dejaba de repetir lo lindo que era todo. Yo sentía cierto orgullo, me sentía una especie de Cristóbal Colón haciéndola descubrir mundos que hasta el momento le eran desconocidos, asumiendo que con esa clase de gestos lograría algún tipo de dependencia hacia  mi, o que me tomaría por su mentor.

Poco a poco habían ido descendiendo todos los pasajeros de la lancha, en su mayoría isleños. Éramos los últimos quedábamos a bordo. Finalmente llegamos a un hotel sobre el arrollo El estudiante, al otro lado del Paraná. 

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