lunes, 4 de mayo de 2015

38. Yo vuelvo...





Todos los dioses deben Morir.
F. Nietzsche.




-¿Ya te vas?- recuerdo que le pregunté cuando volvimos a tierra.
-Ya me voy- dijo -sabes que me tengo que ir-. 

Por dos días habíamos olvidado nuestra situación, pero ahora esa brecha se habría y un aire amargo nos rodeó nuevamente. En sus ojos podía reconocer por lo menos dos clases de brillo, uno cuando estaba contenta -sus  ojos se encendían como dos faros que alumbraban todo lo que había alrededor- y otra más opaca -no menos hermosa- pero con un alcance más limitado.

Recordé a Eduardo y a Mariana en el ramal Roca, rumbo a Quilmes y esa condición que los apresaba, pero que a la vez los mantenía unidos. Ellos no podían salir de ese vagón y a la vez no existían como tales fuera del mismo. Su amor estaba condicionado a eso, y el nuestro lo parecía también. Las relaciones son eso, no "cosas" como pretendía Durkheim, sino la nada misma, compuestas por hilos invisibles y atravesadas por el deseo. Uno es preso de sus palabras y yo me había encargado de comunicárselo en varias oportunidades. Ahora me arrepentía de eso, pero posiblemente ya fuese tarde. 

El miedo condiciona, uno estructura un tipo de relación y luego se arrepiente. Cambiarla era un modo de romper las reglas. Los sistemas se encuentran regulados- por lo general en forma tácita- por éstas, y lo que se piensa como una falla puede ser lo mismo que los sostiene. En algún momento una de las partes que lo componen descubre que ya no es la misma, y que necesita nuevas reglas. Eso genera un sismo que puede devenir en la destrucción total o en su reacomodamiento. Esto es lo que Bateson y la psicología sistémica denominan como sismogénesis. Hace un tiempo que yo intentaba destruirlo o pasar a una nueva fase.

-Ahora te vas, no nos vamos a ver por tres meses o más- le dije -y cuando vuelvas posiblemente seamos otros-. Me miró con ese brillo opaco, algo entristecida. -Quién sabe no nos necesitemos más...-.
-O nos demos cuenta de que no podemos vivir sin el otro- dijo. 

Volví a pensar en Chet Baker y en esa melodía y en las distintas formas de perderse. Después de todo, y por cursi que suene, qué es la música sino un modo de perderse y de encontrarse al mismo tiempo, sino ese hilo invisible que por momentos puede ser tan grueso como un cabo de altamar capaz de sostener un crucero de seiscientas mil toneladas. Hacía tanto que había dejado de pensar en Sartre y sin embargo ahí estaba, una vez más, en ese destruirse y reconstruirse al mismo tiempo, en esa continua negación de sí mismo. Perderse no es más que eso, y reconocerlo es la única forma de crecer. 

Finalmente uno qué sabe del otro, más allá de lo que hace o lo que escribe. ¿Vos sos vos? me preguntó una alumna una vez, con problemas psíquicos, sin embargo bien podía haberle respondido negativamente sin mentirle. Ya no. Somos tan desconocidos para el otro como lo somos para nosotros mismos y ahí está el otro para templarnos y darnos cuenta de lo que somos. Pensé en las palabras de Elsa a Remo Erdosain al abandonarlo con el Capitán. La literatura tiene eso, la capacidad de volver maravilloso lo que puede ser espantoso. ¿Qué es la luna sino un cascote en medio de la nada? Si la vida es como siempre dijiste yo vuelvo, te juro que vuelvo

Quién sabe cuántas veces más nos despediríamos...

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