sábado, 9 de mayo de 2015

40. Índices.

Los días fueron pasando de la misma forma que pasan los años y las generaciones. Las cosas empiezan donde acaban y finalmente nunca se sabe nada. Menos donde terminan. El futuro es un hecho incierto, y donde no se quiere ver no hay más que hacer. Después de todo, la ceguera es un estado mental y finalmente uno termina por cansarse. El amor sólo se da entre iguales, guste o no, y no es necesario leer a Hegel o a Lacan para saber eso, ni ser un intelectual. El resto es una forma de necesidad que vaya a saber uno por dónde corre, que se liga más al sometimiento que a otra cosa. A veces los lazos necesarios son mucho más fuertes que el amor, y la culpa o la misma necesidad hace que se justifiquen con lo segundo.

La piragua corría entre la maleza, habíamos decidido salir a navegar. Los mimbres se veían por todas partes, con sus copas como cabezas de brujas abriéndose hacia todas partes. Ella señalaba los árboles y las plantas y yo le decía sus nombres, a veces a sabiendas y otras inventándolos. Había tanta calma que podíamos observar algunos peces que salían a la superficie y formaban círculos sobre el agua que se abrían como ondas sonoras. Nada mejor que los arroyos del Tigre para observar la calma y lo esencial. El resto son artificios de una vida social que se necesita crear. Volvimos a ver esa calandria merodear entre los juntos, jugueteando de rama en rama, como si fuese siempre la misma, la única calandria. Sus movimientos eran pausados y entrecortados semejando la escena de una filmación que necesita cortarse y repetirse varias veces. El río se abría a nuestro paso formando una v corta que dejaba la huella de nuestro recorrido. Desde aquella primera vez hasta la última, siempre estuvo la sangre presente, como un indicio de que la cosa no iba a ser fácil o de que iba a dejar sus consecuencias. Como un círculo que necesita cerrarse de la misma forma que comienza. Eduardo y Mariana seguían atrapados en ese vagón de tren, sin poder salir e iban a seguir de ese modo por la eternidad, si querían seguir viéndose. Yo casi que los miraba de lejos, apenado. El caso de Florentino Ariza era distinto, él estaba ahí porque quería, porque se había salido con la suya luego de cincuenta y tres años y tantos meses con sus días de esperarla. Pensé también en Yesica, maravillada con esos paisajes totalmente nuevos, como si el mundo le mostrara todo lo que podía contener más allá de lo visible. Sin embargo, optó  por lo conocido, a través de la traición, que como dijo alguna vez Sarlo -refiriéndose a la obra de Roberto Arlt- pareciera ser la única posibilidad de sobrellevar la angustia. A Dostoievsky con la angustia existencial le bastó, Arlt le agregó la traición.

Hay quienes saben leer el destino en una planta o en el tallo de una flor, de la misma forma que un rastreador puede saber qué características tenía el caballo que había pasado por ese sitio una semana atrás. Los rastreadores eran una pieza fundamental de los ejércitos, aunque sus capitanes nunca pudieran confiar plenamente en ellos. Los rastreadores no provienen de la oligarquía. Nuestra relación con los signos es ambigua, por momentos los usamos y en otros pueden traicionarnos; la verdad es algo particular y difícil de generalizar. Bueno para todos, malo para todos, lejos de mí ese discurso. Posiblemente Yesica necesitara eso, uno finalmente termina reproduciendo la misma lógica a través de la que fue engendrado.


Nuestro bote seguía su curso a través del río mientras esa v corta nos seguía, dejando huella de nuestros movimientos. Fácilmente uno podía imaginarlo siguiéndonos de cerca, sin perdernos pisada, dejándonos hacer mientras nos regodeábamos en deseo pleno, a través de nuestros cuerpos que casi se incendiaban. ¿Existe prueba más irrefutable? El atardecer en el tigre es hermoso, el sol va dejando su malla metálica sobre el río y a sus márgenes se van abriendo los muelles como abanicos. El silencio sólo es cortado por el canto de los pájaros, en marzo todavía está muy cálido y no hace falta abrigarse, da la sensación de que uno podría permanecer así toda la vida. 

La primera y la última estuvieron signadas con sangre. Si uno busca índices los encuentra por todas partes. Escribir no es más que hurgar en ese tejido incierto. 

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