domingo, 10 de mayo de 2015

41. Lo prohibido.

Entonces llegamos a un muelle abandonado de los tantos que hay en el Tigre, frente una casa en ruinas. Amarramos la piragua y bajamos con cuidado para no caernos, tanteando los escalones de madera podrida que a cada paso parecían a punto de partirse al medio. Cuando se abandona una casa lo primero que desaparece son sus puertas y sus ventanas, seguido de sus muebles, los elementos del baño como calefones y cocina, si la hubo, y finalmente se llevan hasta las tejas de los techos. La mayoría de las casas del tigre son construcciones precarias, de madera, y más sobre la segunda sección. Esta era de cemento, bien construida, montada sobre unos pilares anchos elevados por lo menos un metro de la superficie. En algún momento fue una casa confortable, sin embargo de lo que había sido ya no quedaba nada. La pared trasera no existía y por zonas ni siquiera tenía techo por lo que los rayos de sol entraban a chorros iluminando su interior. Subimos una escalera sin barandas y atravesamos el límite, ya simbólico, que separaba su interior del afuera. Una bandada de pájaros se elevó desesperada como si hubiésemos invadido su territorio. El piso era de baldosas blancas y las paredes que quedaban en pie estaban descascaradas y habían sido pintadas con aerosol rojo, negro y azul. En el baño aún restaba una parte del espejo del lavatorio que posiblemente se haya quebrado cuando intentaron llevárselo. La mayoría de las inscripciones hechas con aerosol eran símbolos o dibujos incomprensibles, o formaban parte de un código sólo descifrable para los miembros de alguna pandilla. Letras estiradas, simulando motivos góticos, amontonadas unas sobre otras, etc. Entre todas ellas había una frase apenas legible debido a la acumulación de motivos sueltos que culminaba reflejo de lo prohibido.

Supuse que era una proyección mía, es común ordenar los signos de acuerdo a ideas previas y encontrar significados donde no existen. Uno no espera encontrar algunas cosas en sitios tan recónditos o apartados. Dudé, lo releí lentamente, posteriormente al golpe de vista inicial, siguiendo sus letras una a una. Analizándolo seriamente qué es lo más extraño que uno puede encontrar en un lugar como ese, dónde la gente acude para aislarse o esconderse de la civilización, incluso para suicidarse o esparcir sus cenizas. Nos miramos una vez más, a través de sus ojos podía leerle el pensamiento, de la misma forma que ella a mí. La relación entre los hechos es misteriosa.

Recuerdo una de esas conferencias magistrales que Louise Bourgois grabó, poniendo en escena objetos tan distantes como una bola colgando de un cordel y un oso de peluche, situando en entre ambas un metrónomo para demostrar cómo ese simple objeto que a través de su tic tac marcaba la temporalidad, bastaba para situarlos en un mismo universo. Una palabra inscripta en una pared perdida, surgida de la nada, servía como un nexo que establecía una relación simétrica entre ambos, dejando al descubierto idea que al parecer veníamos masticando.

Su mirada se había vuelto intensa y frágil, era su forma de desear. La tomé de la cintura y apoyé mi vientre contra el suyo. Se entregó sin oponer resistencia. Pocas veces conocí algo semejante, su forma de entrega era total, se ofrecía completamente al goce dejando que me transformara en el dueño de su cuerpo. En esos momentos podía hacer lo que quisiera. La apoyé en esa misma pared, justo encima de lo prohibido, le levanté la falda y la penetré intensamente sintiendo su respiración potente junto a mi oído. De fondo se escuchaban las chinches y el canto de algunos pájaros. La ciudad y todo lo que ésta significaba quedaba a años luz. Era una situación eterna, una dimensión aparte que se abría para que nosotros pudiéramos vivir lo nuestro. Más allá de todo eso sus gritos desesperados perdiéndose en esa inmensidad.

Un bloque de cemento nos sirvió de asiento para descansar antes de volver al bote. ¿Qué va a ser de todo esto? dijo, suspirando. No terminaba de ser una pregunta ni una afirmación, era más bien un enunciado que servía para describir un estado de hecho. Tampoco necesitó ponerlo en palabras, podíamos comprendernos a través de las miradas. Y a eso me limité, a mirarla sin decir nada. Su frase no esperaba respuesta. Sus ojos se habían cubierto de una lámina húmeda que les daba más brillo y les otorgaba esa intensidad. A diferencia del comienzo, ya casi no hablábamos, nuestras miradas nos servían para comprendernos y cuando emitíamos alguna frase era sólo para dejar en claro alguna transformación.


Solté el cabo y volvimos a perdernos en el arroyo, escoltados por esa v corta que insistía detrás nuestro y por los mimbres que se habrían a los costados. Sus ramas se desprendían anárquicamente para todas partes. 

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