viernes, 15 de mayo de 2015

44. Volver.

-Este país es un pozo- me dijo -no se puede salir, si te quedas no se puede salir más-. Era la primera vez que la escuché decir algo así, fue antes de irse. Estaba enferma, sus nervios le estaban jugando una mala pasada y una fiebre intermitente la había tomado desprevenida.
-No sé, puede que tengas razón- no sabía qué decirle. 

Despertar así, iracundo en la irrealización de los sueños. Extraño. Sin embargo una señal de alivio crecía dentro de mi estómago. Hace mucho que no dormía en mi cama, días que parecían meses, meses que parecían años,  y no hay nada mejor que eso. Todo era como una niebla que se iba difuminando como un fade out en una mala canción. Ninguna buena canción culmina con un fade out. No entiendo por qué siempre todo me queda tan lejos, o si es que la lejanía es lo único que me atrae. Nada mejor que un paseo en bote por el delta para curarse. Ellos con sus cuerpos y los límites. Qué es el amor es una pregunta que no tiene respuesta, eso no lo sabe nadie.

Sus palabras se abrían en mi cabeza y se repetían como una especie de tortura. ¡Qué te pasa! ¡Qué te pasa! Su voz sonaba de fondo como una melodía de Mussorgsky, Una noche en el monte calvo, o quién sabe. Me desperté babeado, con la boca abierta y una línea húmeda que se dibujaba sobre mi almoada. Últimamente las mejores cosas me pasaban durante mi vida onírica. Una mujer, un paseo, una buena conversación, incluso una hija que me aparece de la nada en una casa abandonada y con la que no sé bien qué hacer. Desperté con esa sensación de vacío, buscando un hueco en mi cama que no podía encontrar. Estiré un brazo una y otra vez, aún en estado de vigilia, pero sólo pude tocar algo de ropa que se había ido acumulando en los bordes de la cama que daban la impresión de un cuerpo. 

-No sé- dijo, somos muy distintos, no sé si se refería a él o a mí. Juntó sus labios, resignada. No quise preguntar, prefería dejar las cosas así. -Lo tuyo  me movilizó mucho-, volvió a decir -es como la merca, primero te levanta, te eleva hasta hasta el cielo, y luego te deja caer, te arrastra y te deja llorando y con culpa-. Fue un gran halago, no hay mejor piropo para un escritor. Después de todo para qué sirve la literatura.  No se la veía bien, estaba algo desencajada, como si no supiese del todo qué hacer y ello la estuviera alienando un poco.

Bajé a la calle y caminé nuevamente, caminé mucho, en dirección norte. Vicente López, Olivos, San Isidro. Volví, caminé hasta Munro, Villa Martelli hasta terminar en Santos Lugares, frente a la catedral. Existen ciertos lugares en los que uno condensa su propia historia por razones vivenciales o -la mayoría- selectivas. Esa iglesia significaba mucho para mí, no me canso de repetirlo, al igual que El tigre o lugares más lejanos como Humahuaca o Cuenca. Sitios a los que necesito volver cada cierta cantidad de tiempo, que por alguna razón me permiten saber quién soy. Quisiera conocer su casa, por lo menos saber cómo es su fachada, en qué calle queda, etc. Es un misterio estar con alguien tanto tiempo y ni siquiera saber eso. 

Me quedé vacío, por primera vez en mucho tiempo no tenía nada para decir, ni para escribir. por eso caminé, caminé hasta agotar mis últimas energías, hasta que mi cuerpo ya no pudo sostenerse. Entonces me apoyé nuevamente en mi cama y quedé dormido sin siquiera recordarlo. Eso es lo más extraño que tiene el sueño. Uno jamás recuerda el momento en que se durmió. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario