sábado, 16 de mayo de 2015

45. Culpa.



Su paso era sigiloso, como si no quisiera ser escuchada. Entraba en puntas de pie, se descalzaba antes de subir. Se sacaba el abrigo y lo tiraba en cualquier parte como si con él se desprendiera del peso que traía a cuestas y pudiera descargarse de la culpa. Sabía que él la esperaba despierto, escuchando cada movimiento que hacía. Sabía que era una cuestión de formas, casi un ritual que pese a todo no se podía romper. Ambos lo sabían. Él se retorcía de celos en su cama, no lo podía evitar y ella se desvestía en el baño, se limpiaba la cara, intentando eliminar todos los rastros y luego levantaba las sábanas y se metía en la cama sin decir una palabra, haciendo de cuenta que su esposo estaba dormido, escuchando su respiración, una respiración honda, entrecortada, mezcla entre bronca y resignación. Pasaban veinte minutos, quizás una hora y ella se daba vuelta y lo abrazaba, con lágrimas en los ojos. -Sabés que te amo-, le decía en el oído -no lo puedo evitar-. El escuchaba, sin darse vuelta, sin decir nada, pero aceptando el abrazo que lo contenía, resignándose. Me ama, se decía, después de todo quién sabe lo qué es el amor. Entonces se debatía entre soliloquios infinitos, inagotables, respecto a la diferencia entre el amor y el sexo. No podía dejar de imaginarla, en esas situaciones, con él, gozando de esa forma con él. Sentía impotencia, y a la vez cierto goce que no podía explicarse. Imaginaba ese cuerpo desnudo que tanto amaba, siendo ultrajado, de mil formas diferentes en las que se detenía queriendo encontrar en esas imágenes alguna explicación.

Hubiese deseado darse vuelta, arrancarle la ropa interior y ponerla de espaldas, y demostrarle lo que era capaz. Que también era capaz de penetrarla como un toro o un perro en celos. Pero la misma impotencia se lo impedía, lo hacía sentir menos. Era preso de su propia imagen, era una proyección de su mirada, siempre lo había sido. Por alguna razón se sentía femenino, por momentos lo aceptaba, por momentos eso no lo conformaba. El tango tiene su lado femenino, guarda eso en común con el bolero, no es más que el discurso del hombre que no puede realizarse en su rol masculino. Ambos demarcan la tensión entre el macho que no soporta las consecuencias de su lugar. A eso se suma lo trágico, el dolor, la culpa, la infidelidad como un rasgo necesario. Sin sufrimiento por amor no hay tango ni bolero. Ambos nos dicen todo lo que no queremos escuchar. No podía hacer más que aceptarlo como un destino que había elegido, después de todo ya no podía hacer otra cosa, estaba apresado en eso, y sin ella no era nada.

-Te amo- le decía ella una vez más -te amo-. Lo decía en serio, con lágrimas en los ojos y una voz aguda, como atragantada, como de alguien que no puede liberarse del todo y que necesita contenerse porque tiene miedo hasta de sí misma. Pero también soy una mujer, un cuerpo, y necesito gozar, lo pensaba pero no lo decía, para no lastimarlo más. Porque se sabía presa de sus instintos, y era algo que no iba a resignar. Entonces ambos recordaban el diálogo de Erdosain con su mujer, y la humillación ante su partida con el capitán. Yo vuelvo, si el mundo es como vos decís, yo vuelvo. Cuando alguien se encarga de poner el hecho singular en imágenes resulta mucho menos soportable, por eso había comenzado a odiar la literatura, deberían abolirla. Cuando alguien es capaz de explicar la propia humillación se torna mucho más dolorosa, e imperdonable. Por eso quería quemar todos los libros, después de todo nunca había sido un gran lector, más allá de cierta imagen que lo satisfacía respecto a eso, la imagen que se vive ajena, como un imaginario, como lo que se debe ser. Ahora la odiaba más que nunca, había que prender fuego a todos los escritores si era necesario.

Pero tarde o temprano esas diferencias afloran, el diálogo profundo es como la merca, una necesidad que se transforma en sexo, en un sexo enorme y puntiagudo que pincha y penetra hasta lastimar, dejando marcas imborrables y generando una especie de adicción, que tarde o temprano regresa. Que puede esperar años, veinte, treinta quizás, pero que finalmente regresa.

Ella lo abrazaba detrás, queriendo abarcar todo su cuerpo, y hacerlo sentir cuidado. Él se dejaba, con esa espina clavada. No mentía, lo amaba, era cierto, no podía despegarse de él, había sido su padre, vos sabes lo que pasa con los maestros, le había dicho alguna vez. Y ahora esas palabras se presentaban como pájaros de rapiña, gigantes, y monstruosos. Como una anticipación, un oráculo maligno. El mundo le quedaba chico, había construido un mundo que parecía derrumbarse como un castillo de naipes, un mundo que ahora había que reconstruir, cambiar las reglas intentando que los cimientos soportaran el movimiento sísmico y no terminara por derrumbarse definitivamente. Sabía que iba a volver, que ella lo necesitaba, que no se lo podía impedir. Que incluso era mejor así, si quería mantenerla.


Entonces regresaba en puntas de pie, intentando no hacer ruido, jugando ese juego que ya compartían, dejando su abrigo en el sillón como si ese gesto sirviera para eliminar el peso de la culpa. Levantando las sábanas y metiendo su cuerpo en la cama, mientras escuchaba su respiración profunda y entrecortada. No hay cosa que genere más culpa que el goce pleno. 

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