jueves, 21 de mayo de 2015

46. Baile.





La angustia es el vértigo de la libertad.
S. Kgd.



-Quisiera verte- me dijo. Me tomó completamente desprevenido. Dormía, soñaba intensamente, soñaba con ese río y ese fluir como metáfora de un mundo aparente. Podía estar en el río como en cualquier otro lado. Un mundo Deleuziano, sin identidad. Si hay algo que no soporto es la cobardía, me decía en el mismo sueño. La comodidad como el germen de la putrefacción. En ese mundo la comodidad era abolida, era un mundo en el que no se podía retener, en el que todo se encontraba en permanente transformación, no había lugar siquiera para los nombres y las palabras eran un continuo deslizarse sin fijamiento. Pensé también en lo difícil que se hacía soportar un mundo semejante, un mundo en el que la convicción de los actos primaba sobre la especulación y donde no se pensara en lo que viene después, gobernado por el deseo.

Su voz sonaba algo contrariada, como si no estuviese segura de lo que hacía, y como si su decisión hubiese sido tomada luego de grandes cavilaciones, o como si pudiese intuir parte de mis sueños. Aún no despertaba. 

-Soy yo- dijo, temiendo no ser reconocida. Uno puede olvidar rostros, imágenes, cosas, pero lo que nunca se olvida son los tonos de voz, singularidad negada gracias al imperio de lo visual. 
–Hola- dije, retraído, dudando también, sin saber bien cómo reaccionar. Sus últimos actos se me aparecían incomprensibles, contradictorios. Todavía sentía cierta molestia en todo eso. 
–¿Estás bien?- me preguntó. Las frases eran intermitentes y estaban separadas por ese silencio infinito que sólo puede producir la expectativa. Tenía esa sensación de que en cada frase uno arriesga su integridad.
–Acá estamos- le dije, en plural, como si ello sirviera para aliviar los ánimos. Volvimos a hacer otro silencio, todavía más largo que los anteriores en el que se colaban todos los fantasmas. Escuchaba su respiración, algo entrecortada.
-Me gustaría verte- dijo nuevamente, y me hizo dudar. Mi cuerpo todavía recordaba todo eso y se tentaba. Ya habían pasado muchos años, sin embargo algo no desaparecía.

Restaban en mi mente los resabios de ese mundo onírico, ese mundo sin contradicciones, perfecto, movido por el deseo puro en el que los sentimientos se delineaban claramente. Donde no se confundía el deseo carnal con el amor, el cariño con la pasión, el amor platónico de todo el resto. Dioniso y Apolo enfrentados en esa lucha cruenta, sin confundirse nunca, el último justificando la conservación y el primero destruyéndolo todo a partir de la pasión, el deseo y las formas. Había pasado mucho tiempo y aún guardaba cierto rencor a causa de sus manejos, esa última aparición, velada, sin saber qué es lo que quería, manifestando esas remembranzas como si fuese un tango que nunca acaba, yendo y volviendo, desdiciéndose, una y otra vez.

Dejar de pensar. Voces, fantasmas. Casi el rugido de un león y un silencio que no terminaba nunca, en el que nuestras voces jadeaban una vez más, como lo habían hecho durante años. El río eterno, el tigre y esos cuerpos deseantes que se manifestaban en todas partes y cada uno de los rincones que habíamos recorrido. Qué otra cosa es el baile sino la manifestación de todo eso y las ganas de terminar en el goce pleno. Qué queda de éste cuando todo eso se acaba y se estiliza transformándose en una danza vacía, para mostrar al otro, vaciada de contenido. Pensé en el baile de Casimiro Aín frente a Pío XI y en lo aburrido que debió haber sido, y todo para demostrar al mundo entero que no se era tan salvaje. Penetrar Europa, ser aceptados, como buenos salvajes. El tango y su doble moral, la forma en que claudica en cada viaje frente a los deseos ajenos, volviéndose una mercancía, moneda de cambio. Acabando con ese deseo que le dio vida, que da inicio a todo baile, las ganas que ese abrazo perpetuo culmine en la horizontalidad de un lecho, un catre, un montículo de tierra semiaplanada en medio del monte, o un colchón en el cuarto más roñoso de Buenos Aires. Por alguna razón todo eso venía a mi mente como ráfagas de un aire frío que no cesan, y entre ambos sólo quedaba ese silencio y esas respiraciones que se manifestaban como rugidos.


¿Sentís mi respiración? me preguntó, o pudo haberlo hecho, pero no lo hizo. Se limitaba a respirar hondo con su boca pegada al teléfono mientras yo escuchaba ese sonido grave producido por las ondas eléctricas que ni siquiera viajan entre los cables, sino a través del aire. Volver a un estado primitivo podía significar el lecho permanente, el goce pleno entre los cuerpos deseantes. El mundo como fenómeno estético. Pero no había nada, no había eso, sólo un simple conservar, ni siquiera montado en la palabra, en el que ni siquiera Apolo había triunfado. 

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