lunes, 25 de mayo de 2015

48. Amante.

La calle estaba desierta. El farol del alumbrado público no funcionaba y la cuadra se encontraba totalmente escura. No sabía donde había dejado sus llaves, ni siquiera encontraba la cerradura. Aprovechó la ráfaga lumínica que dejó el paso intempestivo de un automóvil para sacar el manojo de llaves de su bolso. Tuvo que probar varias veces hasta dar con la correcta, algo que no le pasaba nunca. Abrió la puerta intentando no rozar los marcos de la cerradura para hacer el menor ruido posible. Un pequeño temblor aún se extendía desde su vientre hacia las extremidades, una extraña sensación que mezclaba la alegría con la culpa se había apoderado de ella. Se sentía plena al mismo tiempo que vacía. Sensaciones difíciles de describir en un mundo que sólo acepta los antagonismos. Su cuerpo aún estaba caliente y en su entrepierna sentía una especie de ardor que la regocijaba. A los treinta y siete años había comprendido el verdadero significado del goce, y la forma en que éste es capaz de funcionar independientemente de todo el resto. Y quién sabe el resto no sea más que una mentira.

Mi amante. Recordaba esas palabras y una leve sonrisa se le asomaba en el rostro. Se le cruzó por la cabeza el significado de la palabra amante. Su ser se fundamenta en la acción de amar, no tiene otro sentido ni otra función, contrariamente a cualquier otra relación de pareja, que no invoca al amor como necesidad, y corre el riesgo de transformarse en un vínculo parasitario. Su rostro asomó una vez más y volvió a sonreírse. Todo eso pensaba mientras abría la puerta, siempre sigilosa, a oscuras, sin prender una luz para pasar desapercibida en ese rito que ya se hacía una costumbre. Arrojó la campera en el sillón, se quitó los zapatos, uno a uno, soltándolos como si con estos se fueran las penas, y subió las escaleras en puntas de pie. Maldecía al escuchar crujir la madera bajo el peso de sus pies, se sentía cargada. Respiró profundo y se metió en el baño usando sólo la luz de su teléfono celular en el que aún podía ver aquellas palabras. Se tomó cinco segundos contemplándolas antes de pulsar ok, luego de eliminar. Un amante no debe dejar rastros, se dijo. Se enjabonó la cara, pensó en limpiarse íntegra pero era como borrar los últimos rastros del goce y prefirió no hacerlo. Prefería convivir con ambas sensaciones. Se soltó el pelo, que estaba más oscuro que nunca. Del otro lado de la puerta podía escuchar esa respiración honda pero atenta, expectante. Cada exhalación era una especie de tortura. Hubiese deseado que él hiciera lo mismo para no sentirse tan culpable. Indirectamente lo había alentado a eso pero no había caso.

Se secó la cara y caminó, siempre en puntas de pie, ya sin medias hasta el extremo opuesto de la cama, no el que usaba siempre, por alguna razón a él le había dado por cambiar de lugar y ocupar el suyo. No opuso resistencia, era casi un capricho, una revancha infantil. Levantó las sábanas y metió su cuerpo -todavía trémulo- entre éstas. Se acostó de espaldas a su marido, mirando hacia la pared y se llevó ambas manos a su entrepierna, apretando fuerte. Aún guardaba ese sentimiento vivo y no quería desprenderse de aquella sensación. Su cuerpo aún mantenía una temperatura superior a la normal, sus recuerdos todavía estaban a flor de piel. A su lado escuchaba esa respiración profunda que se le cavaba hasta el estómago. Deseó callarlo, que la dejara un poco en paz. Un impulso furioso recorrió sus entrañas, pudo haberse levantado de la cama y gritarle ahí mismo que se callara y que se durmiera de una vez por todas, que ya la tenía cansada con esa queja silenciosa que más parecía la de un perro que la de un hombre. Sin embargo, no lo hizo, no era su forma, prefirió aguantarse. Después de todo se sabía en falta y no hacía demasiado tiempo que se habían casado.


Pasó más de una hora. Infinidad de imágenes se le cruzaban por su cabeza, en cada una de ellas se reconocía en una vida distinta, paralela. Incluso se vio en escenas de su infancia que deseaba hacer desaparecer para siempre. Esperó a estar preparada, a que la temperatura de su cuerpo disminuyera un poco para que la confluencia entre ambos cuerpos no fuera tan trágica. Se quitó las manos del vientre y se las apoyó debajo de la cabeza, como si con ese gesto pudiera eliminar un recuerdo que aún se mantenía vivo. Finalmente juntó fuerzas, giró ciento ochenta grados y lo abrazó, juntando su respiración a la suya. –Sabes que te amo- le dijo, ya dubitante, sin saber demasiado lo que decía.

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