sábado, 20 de junio de 2015

50. Cama.

2.
Entonces pude divisar mejor el marco de la puerta, un marco marrón, de madera gruesa y oscura que no reconocí. Entre éstos vi aparecer su figura esbelta y ligera mientras cruzaba como un fantasma delante de la cama e ingresaba al baño cerrando nuevamente la puerta. ¿Era el baño? ¿Cómo podía estar tan seguro de que entraba al baño? ¿Me pareció o sus cabellos se veían totalmente revueltos y enmarañados como si hubiese estado revolcándose o quién sabe dónde? Mi corazón aumentó sus latidos y sonaba contra mi pecho dejando escuchar un sonido duro y seco. Desesperado. Sabía todo y a la vez no, donde estaba cada cosa, sabía qué iba a encontrar al mirar sin haber estado nunca ahí. Era muy extraño. Quise gritarle o moverme, pero una extraña fuerza me retuvo, la misma que me impedía emitir un solo sonido, como si mis cuerdas vocales hubiesen sido anuladas o extirpadas de mi laringe. Me sentí habitando un cuerpo ajeno, un cuerpo que no me pertenecía y sobre el que no tenía dominio. Volví a mirar a mi alrededor y dudé nuevamente que ese estado entre la vigilia y el sueño no me estuviese engañando. Ni siquiera pude frotarme los ojos.

Por debajo de la puerta del baño se filtraba un haz de luz delgado a la vez que se escuchaba el agua correr sin freno y mis dudas acecharon nuevamente. Me costaba comprender lo que estaba pasando. Diez, quince, tal vez veinte minutos, mucho tiempo, y a la vez se podía escuchar un sonido áspero, como de manos frotándose. Se me ocurrió que los recuerdos anidan en las manos.


El sonido del agua cesó y el resplandor que se filtraba por debajo de la puerta también. Un silencio que pareció infinito y me mantuvo expectante. Entonces la puerta se abrió, emitiendo un leve chirrido producto de las bisagras, y alcancé a ver nuevamente su silueta en penumbras, totalmente desnuda, volver a cruzar. Otra vez sentí el empuje de mi corazón que se escapaba, frenético, casi pateando sobre mi pecho como si fueran caballos. Apenas divisé sus cabellos revueltos a contraluz -más oscuros que de costumbre- y no tuve dudas. Sentí un deseo apagado, casi imposible de explicar. Un deseo coartado, impedido de llegar a su fin. Pensé en la belleza y en lo maldito como un conjuro o una combinación imposible de deshacer, en el comienzo y el fin de lo que nunca acaba. En todas las vueltas y las rondas, en los fantasmas, en el tango y en la primera vez, etc. 

Dio tres, cuatro o cinco pasos, dio la vuelta a la cama y la perdí de vista. Quise darme vuelta pero una vez más me vi impedido. Entonces sentí su cuerpo desplomarse al otro lado, casi tirarse sobre la misma cama que estaba yo pero muy lejos, a diez mil años luz de distancia. Mis deseos se intensificaron pero no podía hacer nada, sólo se manifestaron en una respiración honda y apresurada. Estaba exhausta. No la veía, y apenas la escuchaba pero podía intuirlo. Su respiración era de goce, no la conocía y a la vez la conocía plenamente. Sus pensamientos eran tan intensos que casi parecían gritar en su cabeza. 

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