domingo, 21 de junio de 2015

50. Recuerdos.

3.




Tomado en su conjunto, 
el erotismo es una infracción
 a la regla de las prohibiciones:
 es una actividad humana.
George Bataille.



Las imágenes se mezclaron, intenté recordar y repentinamente mis recuerdos habían sido robados. Se me ocurrió que la cabeza funciona igual a una computadora, con sus compartimentos adónde uno recurre en busca de información. Los recuerdos no son ni más ni menos que eso donde uno hurga, revisa archivos hasta encontrar, y comienza a desentrañarlos. Sin embargo, no había nada de lo que yo buscaba. Revolvía carpetas desenfrenadamente y en lugar de estos aparecieron otros; una infancia que no tuve, imágenes de familias ajenas, y el baile, una y otra vez. Repetía el procedimiento y cada vez éstos se hacían más claros. Primero una forma borrosa, imperceptible, con sus líneas difusas, que de a poco se iba delimitando y se hacía más clara. 

Muchas veces me había imaginado bailando, impecablemente, pero era una imagen abstracta, parte de una imaginación vacía, que puede tener cualquiera. Estas imágenes estaban vivas, eran el fruto de la experiencia, como si cada movimiento partiera desde algún lugar del cuerpo. Volví a pensar, ya no en los recuerdos anidando en las manos, sino en todo el cuerpo, donde anida la experiencia, en cada terminal nerviosa, como el circuito, la memoria de un ordenador que ya no tiene su central en un solo lugar. Tenía la certeza viva de que podía bailar. El recuerdo habitaba mis pies, mis manos, mi pecho, principalmente mi pecho. Bailar un tango como se debe, alguna vez me había dicho esas palabras y se me presentaron como el recuerdo de otra vida.

Sin embargo, en ese momento ni siquiera me podía mover. Volví a mirar esa habitación, intentando reconocerla, poco a poco todo se me iba haciendo familiar. Las paredes, la mesa ratona junto a la cama, el marco de una fotografía en la que estaba ella, con su vestido blanco y su pelo suelto y esos ojos que yo era el único que veía siempre tan negros como los de una gitana. Pero no era yo el de la foto, o sí...

Entonces el recuerdo de su cuerpo se unificaba al mío como si hubiese estado siempre. Podía sentirla pegada a mí, bailando. Siempre bailando. El baile ya era parte de mi vida. Sin embargo, todo era un recuerdo lejano, un recuerdo en tiempo pasado que me era imposible traer al presente. Todo era demasiado extraño. Volví a escucharla exhalar, inhalaba y exhalaba cada cinco segundos, como si aún estuviese en movimiento. Pero su respiración era distante. Se había metido entre las sábanas, su cuerpo desnudo aún jadeaba y cada tanto podía escuchar el sonido áspero de sus manos pegarse al mismo, reconociéndolo. Un cuerpo nuevo, se me ocurrió. Su calor llegaba hasta mi, su cuerpo era un hervidero y eso me inquietaba. Una vez más, intenté moverme pero me fue imposible.

Un escalofrío, acompañado por un leve ardor recorrió mi piel. La imaginé y me imaginé. Volví a hurgar entre las carpetas, buscando cosas que no encontraba y topándome con recuerdos cada vez más claros. Un casamiento. Una despedida. Una infancia que no tuve. Y ella, quince años atrás, llegando, joven, tímida, sin saber moverse.
La sentí cambiar de posición, una vez más fueron sus manos que entraban y salían y acariciaban esas formas nuevas. Poco a poco se fue enfriando y eso me tranquilizó un poco. Pero el tiempo no pasaba y yo seguía anclado en el mismo instante, moviendo mis ojos para todas partes, jugando a reconocer cada rincón, cada forma que alcanzaba a vislumbrar en la oscuridad. 

Faltaba poco, muy poco, semanas, días... 

Se movió una vez más, ahora en un movimiento brusco, casi un salto. La sentí acercarse, ya fría, sentí su brazo tímido recorrer mi cuerpo, a la vez que se montaba sobre mi espalda.


-Sabes que te amo- me dijo.

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