miércoles, 10 de junio de 2015

La nube.

(De sentir el frío, novela).



Caballo criollo dónde te has quedado
si no es en la valla
'lo mejor al tablado..


En mayo del cincuenta y dos ocurrió un hecho extraño y significativo. Observándolo detenidamente, bien podría haber servido de profecía. Posiblemente eso sea lo único que diferencia a los grandes, quienes tienen esa visión que logra destilar los hechos realmente trascendentes, del resto de los hombres. Puede sonar simple pero se requiere de una intuición muy aguda. Sin embargo, esas habilidades no duran para siempre y esa es su principal desventaja, quien adquiere esa destreza lo asume como un don eterno y ya no puede notar su desaparición. Entonces es capaz de lanzarse al vacío como quien minutos antes tenía la capacidad de volar y se estrella ridículamente contra el suelo. Ni siquiera es una caída violenta y veloz, sino aletargada, en cámara lenta, que puede durar diez, quince, quien sabe veinte años. 

Los signos estaban ahí, dispuestos para ser leídos, pero él ya había perdido esa capacidad, o los supo leer mejor que nadie.

El hipódromo estaba repleto, la élite porteña colmaba las tribunas y no escatimaba elogios hacia su persona, aunque sólo unas semanas atrás se regodeara encantada junto a Rosas. Una nube pequeña, con una forma heterogénea que asemejaba a una U, circundaba solitaria un cielo celeste, buscando diferentes formas mientras la pista era el sortilegio de un sueño que se avecina. Una pesadilla. Urquiza había marchado sobre Buenos Aires, su única marcha, fatal. Todos miraban en la misma dirección dejando traslucir cierto asombro ante lo exótico, a los ojos de la oligarquía no dejaba de ser un provinciano. Carneiro Leao era uno de los invitados ilustres, su propio invitado, representante del imperio comandado por Pedro Segundo quien, luego de Caseros, esperaba ansioso el cumplimiento de un pacto conflictivo. Pronunciar ese nombre era un dolor de cabeza, cuatro mil de los veintiocho mil hombres que habían peleado pertenecían al imperio y no se podía faltar a la palabra.

Un frac azul con botones dorados, chaleco blanco y pantalones claros, escondían el cuerpo robusto del general. Calzaba botas de charol y el cabello peinado hacia el costado, tapándole una calvicie que comenzaba a pronunciarse. Por alguna razón mostraba el ceño fruncido. Como si el germen del tango ya estuviera presente, todo en este país se inicia con una carrera de caballos.

Sonó el tiro y su yegua arrancó primera, en sólo tres segundos había logrado sacar una diferencia importante. Su cuerpo lozano y oscuro superaba largamente al resto de la caballada. Las sonrisas complacientes acompañaban las miradas en torno a su figura. Su porte era el de un mecías, aunque más pretencioso. 

La expectativa era grande, los golpeteos sobre las barandas demostraban ansiedad, el murmullo constante. La yegua corría como el diablo, sin embargo todos lo miraban a él, complacidos. Aquella nube, deforme y solitaria, se cernía sobre su cabeza, acompañando el espectáculo. Su rostro carecía de emoción, resultaba difícil comprender las causas. Su pose era seria y adusta, y sus ojos apuntalaban el paso del caballo –que aún permanecía lejano en el primer puesto- con una frialdad pavorosa.

Resulta significativo la cantidad de emociones que puede condensar una milésima de segundo, y mucho cuando esta condensa la historia íntegra de una nación, una historia que se abría a su paso con mayúsculas y quedaría ligada a su nombre eternamente. No podía desconocerlo. El tiempo corría y la distancia comenzaba a acortarse, quienes venían detrás se le iban acercando y algunas sonrisas ya comenzaban a traslucirse, aunque sin dejarse notar. 

La nube seguía en lo más alto de ese cielo diáfano que no le mostraba resistencia, ya no había dudas que su papel era el de testigo. Los gestos fueron mutando. Uno de sus escoltas dio un paso al costado -alejándose de él-, un paso ínfimo, imperceptible sin embargo, significativo. Su yegua perdía ventaja, poco a poco la iban alcanzando. Su cuerpo ya no sobresalía, comenzaron a pasarla, primero uno, luego otro y otro más, como si le hubieran perdido el respeto.

–¡Más cuidado, que esta es la yegua del general!- tuvo las ganas pero no era el modo. ¡Qué va! Después de todo sólo pensaba en San José, con sus pájaros, la laguna artificial y las fiestas en sus jardines. Un oasis en medio de la nada, en donde podía sentarse durante horas y disfrutar sin que nadie lo molestara. 

Los rostros se ensombrecían a medida que la iban superando. Uno, dos, tres, cuatro caballos al frente y adelante sus ojos, que ya sabían, cinco, otra vez en San José y esa paz, seis, ya no quedaba nadie detrás y sus ganas de volver eran inmensas. La historia tiene esas cosas, una vez que se detona no para. Las sonrisas aún eran veladas, pero ahí estaban, expectantes, esperando el momento apropiado. Todos delante de la yegua que minutos antes era una ganadora indiscutida. No llegó segunda, ni tercera, no hubo quien se apiadara, cruzó el disco varios metros detrás del resto. Algunos suspiros y palmadas condescendientes en la espalda colmaron un escenario que ya se hacía demasiado incierto.

Repentinamente la nube ya no estaba, quien sabe había sido empujada por un viento inexistente o se había disuelto en ese cielo limpio a la búsqueda de alguna de esas formas heterogéneas. Se escuchó un sonido seco y agudo, como el chasquido entre dos maderas golpeándose. Un “crack” que dejó entrever el desarrollo de los acontecimientos futuros, que dividió su propia historia al mismo tiempo que la de este país. ¿Un anticipo? ¿Una profecía? De ahí a los tratados con Brasil, el puerto, la constitución, los ríos, tus hijos naturales poblando el territorio. ¡Un verdadero argentino! 

Nadie puede imaginar que el general no haya escuchado ese chasquido, acostumbrado como estaba a leer los signos. Los grandes escuchan eso y mucho más. Sin embargo ¿qué podía hacer?

Los tiempos comenzaban a cambiar, lo sabía de sobra. La economía regía el destino de la patria. La sanción de una constitución, la federalización de la aduana y todas las causas que llevaron a la batalla de Caseros. Demasiados frentes abiertos, los mismos motivos que ponían en jaque a las provincias y a los ganaderos entrerrianos, de los que formaba parte. Sin el puerto de Buenos Aires la confederación carecía de rentas de carácter general. La aduana de Rosario era un reemplazo inservible para un tráfico a gran escala. La libre navegación de los ríos internos, pactada con las grandes potencias comerciales, no sirve si no se tiene un puerto y sin capitales para la compra de cargamentos valiosos y frutos del país para que los barcos no regresaran en lastre.

Aspiró hondo y emitió un suspiro, casi hastiado, sin perder la compostura. Todo eso pasaba por su cabeza. Se limitó a mover un brazo, y bastó para torcer el destino. Por dos pesos cualquiera se vende, si no pregúntenle a ese gringo -John Halstad Coe-, en qué pensaba cuando vendió la flota entera de la confederación al gobierno mitrista. Y como ese había muchos, más de lo que se piensa. Las insignias ya no valen, no más de lo que permiten los capitales extranjeros. El mundo cambiaba, los grados ya no se ganan en el campo, vayan a preguntarle a Mitre ¡cómo carajo llegó a ser general! ¡Si casi no sabía montar...! Todo eso pasaba también por su cabeza.

Su yegua, tan promisoria, aún respiraba agitada cercana a la línea de llegada, acompañada por el rostro manso de su jockey. Carneiro Leao le estrechó la mano, condescendiente, siempre con doble intención. La marcha era una afrenta a los porteños que -a pesar del posterior triunfo en Cepeda- no se repetiría. La tarde se apagaba, y con ésta los signos y la historia. La nube había desaparecido por completo. 

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