viernes, 20 de octubre de 2017

Hollywood



Estos actores pueden ser muy difíciles. 
Si están descontentos desde el principio
 pueden arruinar toda la película. 
Bukowski




-¿Adónde querés ir?- me preguntó. Celine se llamaba y era francesa. Nos comunicábamos en inglés. Si bien había estudiado algo de inglés en la primaria, no era demasiado lo que recordaba, y cuando intentábamos profundizar nuestras conversaciones sólo terminaban en intentos. 
-A la colina donde está el cartel que dice Hollywood- respondí. Supongo que no era muy original pero realmente era un lugar que me intrigaba. Quería mirar Los Ángeles desde arriba, qué se yo, quizá era una forma de sentirme en una película. 
-Está bien- dijo. Estábamos en Venice, teníamos que atravesar media ciudad. 

Nos conocimos ese mismo día, en la playa. Estaba terminando el verano y todavía hacía bastante calor. En realidad, hacía días que la veía, llegaba temprano, a eso de las nueve, y se recostaba sobre un pareo que sacaba de una mochila. Cuando se hacían las once recogía sus cosas y se iba. Celine era diez o quince años mayor que yo. Era delgada -quizá demasiado delgada-, su pelo era castaño y tenía un corte estilo carré. Si bien no me gustaba demasiado físicamente, había algo en ella que me intrigaba. Algo en su mirada creo, o en su caminar, como si no encajara con aquel escenario. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que le dije al acercarme, pero enseguida nos pusimos a conversar y antes de que se fuera quedamos en vernos esa misma noche. 

Aún no había oscurecido cuando pasé por su casa. Fuimos a tomar algo por ahí mismo, en un bar sobre la Pacific Ave en el que hay un muñeco gigante de decorado que aparece en varias películas. En Los Ángeles es imposible evitar que tu vida se transforme en un clisé, por eso no me molestó demasiado mi respuesta cuando me preguntó adónde quería ir. La mayoría de los lugares son o fueron escenarios fílmicos en los que uno, consciente o inconscientemente, comienza a representar un papel. Resulta inevitable, la ciudad te predispone a eso.

Celine tenía treinta o treinta y cinco años y una piel dorada extraña para una francesa. Era una mujer interesante aunque sin demasiadas ambiciones, no sé si a causa de su escasa voluntad o su excesivo escepticismo, que es lo único que hace interesante a alguien que vive en los Estados Unidos, sea o no norteamericano. Las personas en ese país se dividen en dos; los que se creen el cuento americano y los que no, y estos últimos son los menos. Tenía una mirada intensa y me hacía sentir que me prestaba atención al hablar. 

Me preguntó aquello de adónde quería ir y fuimos en busca de su auto, un modelo japonés, pequeño y compacto, ya entrado en años -la puerta del acompañante no andaba bien, por lo que me tuvo que abrir desde adentro-, con el que hicimos el trayecto hasta el Monte Lee. Tomamos el Santa Mónica Bulevard. 

En algún momento el camino comienza a elevarse, se hace algo sinuoso y se llena de vegetación. Llegamos al mirador y paramos al costado del camino para contemplar. Ya se había hecho de noche y debajo se veían las cuadrículas luminosas formadas por las manzanas y las calles que las cruzaban. 

-¿Contento?- me preguntó. Respondí afirmativamente. Sin embargo, me sentía algo desilusionado, posiblemente a causa de eso que produce el cine de Hollywood, que siempre hace que los escenarios sean mejores que la realidad. 
-Desde acá se ve todo tan estático- dije en español, esa era la sensación, el contraste con una ciudad tan vertiginosa. 
-¿Qué cosa?- preguntó, pero cuando intenté traducirlo al inglés no pude. 

Nos subimos al auto y anduvimos unos minutos más camino arriba, hasta la entrada al Parque Nacional Griffith. Los Ángeles tiene una naturaleza muy basta que se entrevera en la ciudad, algo que no aparece tanto en los imaginarios que produce el cine. Un pequeño estacionamiento con piso de tierra lindaba con un alambrado que demarcaba el parque. Acá se acaba el asfalto, pensé. Celine me tomó de la mano y me hizo mirar el cielo. 

-¿Ves?- preguntó. Supongo que quería que viera las estrellas. 
-Sí- respondí, se veían mucho más claras que en medio de la ciudad pero no me pareció un cielo tan asombroso. Me llamó la atención no poder ver la Cruz del sur. Por un segundo me imaginé en el norte de la Argentina adonde las estrellas se cuentan de a millones. 
-Caminemos- dijo después y me hizo cruzar la entrada al parque. 

El alambrado terminaba en una especie de portón abierto de par en par. No había nadie más que nosotros y podía escucharse el sonido de toda clase de insectos. Enseguida sentí la humedad y el paisaje terminó de oscurecerse. Me sentía como si estuviera en la selva. 

-Hay que tener cuidado con los osos- dijo Celine. Al escuchar eso me paralicé. -¿Tenés miedo?-. 
-No- respondí. Tenía y bastante pero me daba vergüenza confesárselo-No estoy demasiado acostumbrado al contacto con los osos- le dije irónico. No sé si comprendió mi ironía pero en aquel momento nuestros cuerpos se unieron y quedamos frente a frente. 
-¿Tenés miedo?- repitió, y antes que le respondiera nos estábamos besando. Caí en la cuenta respecto a nuestra diferencia de edad, me sentí algo ingenuo. -Volvamos- dijo y me llevó hasta el auto. Para ese momento controlaba totalmente la situación. 

El trayecto de vuelta se hizo mucho más corto. En escasos metros apareció nuevamente el asfalto, los semáforos, los edificios, etc. No había demasiados autos por la calle. El único lugar en donde había algo de movimiento era en West Hollywood adonde hay una enorme comunidad gay que parece que siempre estuviera de fiesta, hay una gran cantidad de bares uno al lado del otro desde los que se ve entrando y saliendo gente a cualquier hora. En el bolsillo de la campera tenía un casette de Serú Giran, lo metí en el estéreo de su auto, quería que escuchara algo de música argentina por la que sentía alguna estúpida clase de orgullo. -¿Qué dice?- me preguntó, justo en el momento en que la letra de Eti Leda dice la ciudad se nos mea de risa. Me imaginé una traducción al inglés y me sonó horrorosa -hay cosas que mejor no traducir (pierden su sentido)-, o quizá fuera simplemente a causa de mi ineptitud idiomática, pero opté por cambiar de tema. El orgullo que sentía anteriormente se había disipado y hasta sentí algo de vergüenza. -¿Qué dice?- insistió no una, sino dos o tres veces más hasta que mis evasivas la hicieron renunciar, no sin notar que había algo que quería evitar. Ni yo mismo supe bien qué me puso de ese modo. -Está bien, si no me querés decir...- dijo. La tomé la cintura y la besé mientras manejaba, solamente para evitar el mal momento. No hay peor final para una conversación.

Regresamos a Venice. Celine vivía en una planta baja. Su casa era muy cálida, la cocina estaba conectada al comedor y había motivos hindúes por todas partes. La luz era tenue, emanaba de una lámpara baja con la pantalla de vidrio de diferentes colores. Nos tomamos una cerveza y no recuerdo en qué momento terminamos en su cuarto sobre un colchón a la altura del piso. Desnudo su cuerpo me parecía aun más delgado, quizá hoy me hubiese costado lograr una erección, pero tenía dieciocho años y prácticamente me hervía la sangre. Le hice el amor a los tumbos, torpemente, como puede hacerlo un chico de esa edad. No recuerdo si acabé antes o después que ella, supongo que antes. Una vez que nos vestimos me invitó un te de hiervas y nos quedamos en silencio. Le pregunté si le había gustado y me respondió que sí, pero que pudo haber estado mejor. 

Ya eran las dos cuando salí a la calle. Caminé algunas cuadras, la noche estaba cálida y sólo podía escucharse el silencio. Tenía una sensación agridulce. It could be better, así me dijo, en inglés, la frase aun rondaba en mi cabeza. Cuando llegué al departamento Ulises y Pablo aún estaban despiertos. Encima de la mesa había diez o quince cervezas vacías y conversaban a los gritos echando carcajadas para todas partes.  

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