jueves, 5 de octubre de 2017

Fuego


La noche se astilló de estrellas
mirándome alucinada.
A. Pizarnik



-A ver- dijo -abrila que quiero mirar lo que hay adentro-. 
-¿Cómo podes tenerme tanta desconfianza?- le pegunté. La abrí y dejé escapar algo del contenido que se dispersó con el viento.
-¿Querés que siga?-. 
-No hace falta, nos vamos a quedar sin nada- respondió frunciendo el ceño. -Vamos a tomar un café que todavía falta-. Sus cambios de ánimo nunca dejan de asombrarme.


Caminamos un par de cuadras por Federico Lacroze, ella caminaba lento, dando pasos cortos. Nos metimos en un café, justo en la esquina con Roseti. Era un típico café de barrio, el más sucio de la zona, con las paredes de un blanco amarronado producto de la falta de pintura, y algunos manchones de humedad en los ángulos superiores. La hice entrar a propósito.


-Esto es un asco- dijo. Estaba segura de que iba a decir eso.
-Sentate que es un rato no más. Cuando sea haga la hora nos vamos-.


Pasó la mano por el respaldo del asiento intentando limpiar el polvo de la silla. Sus actitudes estaban llenas de ritos, necesitaba demostrar al mundo lo sofisticada que era. Todavía no entiendo cómo es que salimos tan distintas. 

-¿Vos estás segura que Mamá no anduvo con otro?- le pregunté, mientras apoyaba la urna en una de las sillas.
-Ay, callate Soledad- dijo, torciendo la comisura de los labios hacia arriba. Era su forma de reírse. -Yo quiero un café- le dijo al mozo, mientras miraba las paredes exagerando la incomodidad con afán de que el éste lo notara. -No, mejor una gaseosa, las tazas deben estar roñosas. Tráigame una coca ligth, pero fíjese que el vaso este limpio por favor-. Sus actitudes me daban algo de vergüenza. 
-¿Usted?- me interpeló el mozo, sin ninguna clase de protocolo, fácilmente podía estar teniendo una conversación en la tribuna de un estadio de fútbol. 
-Un cortado- dije -que no salga muy aguado-.
-Vos también tenés tus mañas, ¡eh!- dijo mi hermana, como si se estuviera cobrando una pequeña venganza.
-¿Seré hija del amante también?-. Ana frunció nuevamente la comisura de sus labios, mientras se tomaba el pelo y se lo ataba con una gomita. 
-Me encanta ese sonido- dijo al escuchar el soplido de la máquina de expreso -¿Por qué no haces una canción con eso?-. 
-¿Y cómo sería?-.
-No sé, algo se te tiene que ocurrir-.

La idea no me disgustó, me abstraje durante algunos segundos imaginando cómo incluirla en algún tema. Sin embargo, se me hacía algo melancólica, demasiado tanguera.

-Si, tenés razón- dijo Ana cuando se lo dije. -El tango siempre me pareció un poco sobreactuado-. 

El mozo se acercó con mi café y la coca ligth, y depositó ambas cosas sobre la mesa. 

-¿No me la piensa abrir?- le preguntó Ana cuando se estaba yendo.

El mozo dio media vuelta, sus ojos denotaban cierto fastidio. Me llamaba la atención la transparencia de su mirada, podía leerse cada una de sus emociones. Tomó la botella -era una botella de plástico de 600 ml, con tapa a rosca-, le dio un par de vueltas hasta que se escuchó escapar el sonido abrupto del gas, y la dejó nuevamente sobre la mesa. 

-No vaya a creer que le voy a dejar un centavo de propina- me dijo Ana, una vez que el mozo se había ido. -¿Qué tal el viaje?- me preguntó, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había estado tratando de evitar esa pregunta. 
-Normal- respondí, y me quedé callada. Sólo atiné a mirar la urna de reojo.
-¿Normal? ¿te acabás de recorrer medio país en auto, tardaste como tres días, y no tenés nada más para contar?-.

Era cierto, había tardado tres días en recorrer mil quinientos kilómetros. Salí de Salta el Miércoles a la mañana y llegué recién a Buenos Aires el Sábado por la noche. No es que no tuviera cosas para contar, más bien lo contrario, pero Ana era demasiado solemne y si le decía la verdad lo podía tomar pésimamente.  

-En Tucumán aproveché para visitar a un amigo- le dije, -y viste cómo son los Tucumanos, de acá para allá y cuando te diste cuenta ya no sabés ni qué día es-.  
-Ah, mirá, debe haber sido un amigo importante. Acá todos te estábamos esperando-.
-No me jodas Ana por favor-.

Echó una nueva mirada a las paredes y localizó una cucaracha trepando casi a la altura del techo. 

-Esto es definitivamente un asco. ¡Se puede saber de qué te reís!- me preguntó enojada. Volvió a tomarse el pelo, deshizo y rehizo la colita. 

Confieso que las cucarachas me resultan bastante repugnantes, sin embargo, sus gestos me causaban tanta gracia que hacían mi repugnancia a un lado. 

-Mozo, hay una cucaracha- dijo, señalando la pared. Nuevamente me hizo sentir incómoda. El mozo respondió dubitativo, sorprendido ante semejante reclamo pero sin poder desentenderse del todo de la atención a su clienta. 
-Ahora veo qué se puede hacer- dijo, y se acercó hasta la caja registradora donde mantuvo un pequeño contrapunto con el encargado. Ambos nos miraban como si fuésemos dos marcianas. 

El mozo volvió con un tarro de Raid y roció toda la pared haciendo que las gotas de vapor del desinfectante cayeran encima nuestro. La cucaracha ni siquiera se movió, pero mi hermana se paró como un resorte y se puso a toser, siempre exageradamente. -¿Qué hace?- dijo. El mozo abrió los ojos, su gesto era de total incomprensión, igual al que podría haber puesto un chico de cinco años. Me produjo cierta ternura. Se había producido una conjunción entre dos universos completamente opuestos, entre los que no cabía mediación posible.   

-¿No quería que hiciera algo?- preguntó, ingenuo. Mi hermana ni siquiera le respondió. En lugar de eso apartó su vaso lleno de coca cola hacia un costado. -Ni piense que voy a tomar esto todo contaminado. Lléveselo, por favor-.

El mozo se encogió de hombros y acató la orden. Adentro del bar se hizo un silencio que duró algunos segundos. En ese momento entró una pareja de adolescentes tomados de la mano y se sentaron en una mesa enfrente nuestro. Aún permanecía el olor a Raíd, pero estaban demasiado ocupados besándose y no pareció importarles. 

-¿Y qué hiciste en Tucumán entonces?- volvió a preguntarme.

Casi por inercia miré nuevamente la urna y recordé el accidente. Se me vinieron a la mente las cenizas flotando y esparciéndose adentro del auto mientras intentaba estacionar contra la banquina para evitar que se vaciara por completo. Fue entonces que decidí entrar a San Miguel a verlo a Pedro, más para pedirle ayuda que otra cosa. Estaba desesperada y no sabía bien qué hacer. 

-Pedro me llevó a Tafí a ver cómo quedó la casa y...- dije. En aquel momento sonó el celular de Ana y suspiré aliviada, mientras recordaba nuevamente las cenizas desparramándose en el interior del auto. 
-¿Ya están ahí? bueno, ahí vamos-. Cortó el teléfono. -Ya están- me dijo, y luego al mozo, en voz alta -¿nos cobra por favor? Me imagino que no nos va a cobrar la gaseosa- le dijo cuando éste se acercó con la cuenta. El mozo frunció el ceño, juntando las cejas. Sus gestos se me hacían cada vez más infantiles. Se lo notaba amedrentado. Dio media vuelta, con intención de consultar al encargado.
-Deje, deje- le dije y tomé la cuenta -no se preocupe-.
-No te olvides la urna- dijo mi hermana -a ver si nos olvidamos a Mamá en el café- y echó una sonrisita cómplice. -Los primos nos están esperando sobre la calle Guzmán-. 

Antes de salir Ana miró una vez más la pared comprobando que la cucaracha seguía en el mismo sitio. 

-¡Un asco!- dijo en voz alta y miró a la mesa de los adolescentes, buscando una complicidad que no encontró. Éstos seguían besándose. Me reí y mi hermana me echó una de esas miradas fulminantes.



Caminamos por Federico Lacroze, había comenzado a nublarse y a correr un viento fresco. Era domingo y apenas circulaban autos. Yo iba con la urna bajo el brazo.

-Dejame llevarla un rato- dijo. 
-No te preocupes- dije, temerosa de que notara algo. 
-Dame, que quiero despedirme-. No me quedó más remedio que dársela. -¿Y qué hicieron en Tafí entonces?-. 
-Un fuego- respondí. Un cúmulo de saliva hizo que me atragantara y comenzara a toser.
-¿Un fuego?-.
-Sí, un fuego a la luz de la luna, viste cómo brilla la luna en Tafí-.

No hay comentarios:

Publicar un comentario