domingo, 5 de noviembre de 2017

Loesha



Abro los ojos y los veo a los dos acurrucados en la cama al costado de la mía. Ulises sin remera, con un brazo sobre la espalda de ella que es casi la mitad de la suya. Al otro lado, el único gringo que queda (la habitación es de cinco pero sobran dos camas) ya está despierto y me cruza una mirada algo desconcertada. Levanta las cejas, su rostro es infantil. Se para enseguida, con ese apremio que tienen los gringos al levantarse (creo que es alemán o austriaco) y en cinco minutos se viste como si se fuera de safari. Chaume dice, levantando apenas la mano y echando una última mirada a la cama de Ulises, y abandona la habitación.

Apoyo la cabeza sobre la almohada. La habitación tiene unos ventanales enormes que dan a la esquina de la Pacific Ave por los que se filtra una gran cantidad de luz que no me deja dormir. Ulises se despierta.

-Viniste acompañado- le digo al ver que abre los ojos.
-Ella quería venir- responde -viste cómo son-. Ambos nos reímos, Ulises siempre tiene ese gesto cómplice, algo ladino. No puede tomarse nada demasiado en serio. 
-Estuviste silencioso- le digo. 
-No grita mucho-. Volvemos a reírnos. -Tengo partido -agrega -si dormimos en su casa no llegamos. Vive cerca de Malibu-. Ulises juega en un equipo de Softball en el Orange County, a treinta o cuarenta minutos de Venice por el 405, y para ir usa el auto de Loesha (su novia), un Lexus color gris, convertible, último modelo. 
-¿Qué hora es?-.
-Casi las nueve-.
-Tarde- dice y se levanta de un salto. 


Loesha abre los ojos y me mira. Hola, dice, aún con voz de dormida, estira la mano en la cama buscando a Ulises y se sorprende al no encontrarlo. Está algo desconcertada, como si no terminara de ubicarse. Espero un instante, solo para incomodarla. Está en el baño, le digo unos segundos después. Su gesto se ablanda, parece más tranquila. Se hace un silencio algo incómodo, no sé bien qué decir, ella tampoco dice nada. Una de las cortinas de la habitación se levanta a causa del viento. Es un lindo día, le digo, ella asiente con la cabeza. Sus ojos son color miel.

El sonido de la ducha cesa y Ulises sale del baño aún con la toalla en la cintura. Se acomoda el pelo detrás de las orejas. 

-Hey- dice, cruzando miradas conmigo y con Loesha, -¿ya se conocieron?-. Se ríe, no puede evitar reírse para todo, nunca se sabe si habla en serio, si quiere dar algo a entender, etc. Ulises es un buscavidas de lo más exótico, una noche puede dormir en casas de mujeres como Loesha sobre Pacific Palisades (pocas veces conocí a alguien que tuviera tanto éxito con las mujeres) y al otro día en la calle o en algún banco de plaza. No tiene problema y poco le importa lo que pueda venir. Además tiene el físico marcado de un deportista, y eso a las mujeres las vuelve locas.  
-Sí- dice ella, sonriente -already-.
-Bueno, vestite porque llegamos tarde- le dice.
-¿Ya?- pregunta, algo irritada. 
-Es tarde. Pablo dijo que venía- dice mirándome -¿querés venir?-.


Loesha (ni siquiera debe ser su nombre real) es una chica de clase alta californiana con ganas de experimentar la vida de un latino pobre, algo que en Los Ángeles puede resultar bastante normal. Posiblemente sufra alguna clase de hastío existencial. Es de estatura media y tiene rasgos orientales -sus abuelos eran coreanos, nos cuenta, supongo que del sur-. Su pelo es castaño -hacen juego con sus ojos- y tiene un cuerpo delicado. Para ella todo parece una aventura; despertar en la habitación de un hostal con dos latinos y un alemán, luego salir desesperados hacia el Orange County mientras su novio maneja su auto como un loco, etc. 


Pasamos a buscar a Pablo (el español). Ulises está disgustado con Loesha a causa de que estuvo casi media hora arreglándose en el baño. Son casi las diez y media y el partido empieza a las once. No llegamos, repite maniáticamente cada dos minutos mientras maneja el Lexus en zig zag por la autopista, no llegamos, dice con enojo y pisa cada vez más el acelerador esquivando autos en medio del tránsito de domingo. 

-Nos van a hacer una multa- dice Loesha, bastante tranquila teniendo en cuenta que es a ella a la que le van a llegar. 
-No hubieras tardado tanto- le reprocha él. Pablo me mira y se ríe.
-Este tío- me dice. 
-¡Te escuché gallego puto!- dice Ulises mirándolo por el espejo retrovisor. Pablo vuelve a mirarme y a reírse esbozando un gesto infantil.
-¡Hey tío que nos vas a matar a todos!- le responde.





Es casi el mediodía y nos agarra hambre. Loesha se queda mirando el partido y nos presta el auto a Pablo y a mi para que vayamos a comer algo.

-¡Estoy manejando un Lexus!- me dice Pablo entusiasmado como un colegial. -A mi no me gustan los autos, ¡me gusta el Lexus!-. Se ríe, su gesto es el de un chico con un juguete que nunca soñó que iba a poder tener. 

Pablo es de Asturias, hijo de campesinos más bien pobres, y prácticamente se escapó de España para no tener que hacer la mili. Recién en diez años puedo volver, dice. Vino con su novia, una chica atractiva, morocha, con la que tiene unas agarradas tremendamente violentas. Cuando salen juntos parecen dos marginales a los que les llama la atención cualquier cosa que denote cierto lujo a la vez que se mofan de éstas. Hace como dos años que vive en Los Ángeles y aún no habla más que algunas palabras en inglés.

Paramos en un Taco Bell. Pablo se pide un burrito con pollo, yo cruzo al Subway y me pido un sandwich con no sé cuántas cosas. Comemos en el auto, al rayo de sol. Vamos a pasear, dice Pablo, y sale casi arando del estacionamiento. El sol está casi en su cenit y el viento nos pega de frente. No es una zona con muchas construcciones y al costado de la autopista puede apreciarse el verde. Saco la mano por fuera del parabrisas haciendo distintas figuras, me gusta jugar con la aerodinamia del viento.

-¿Dónde estamos?- le pregunto.
-No sé-.
-¿Y cómo vamos a volver?-.
-No sé- responde, me mira y sonríe. -¡Hey tío, que tu nunca te calmas!- me pregunta. Pienso que el partido ya debe haber terminado y que deben estar esperándonos, pero prefiero no decir nada. Pablo sigue concentrado manejando, ni siquiera pestañea, realmente parece disfrutarlo. -¡Este auto sí que responde, eh!-.
-Hey tío- digo, imitándolo, -ya deberíamos volver, Loesha va a pensar que somos tres ladrones-.
-Pero por qué siempre me tienes que estar rompiendo los cojones! Déjame divertirme un rato, que ya volvemos-.



La cancha de Softball está en medio de un parque. Algunos arbustos crecen cerca de las esquinas y en el centro hay algunos árboles no demasiado altos. Cuando nos fuimos había varios autos estacionados y chicos correteando por todas partes, ahora se encuentra completamente vacío. Estacionamos al costado de un Quillay. 

-Parece que se fueron todos- me dice Pablo.
-Y claro que se fueron, si el partido debe haber terminado hace dos horas-.
-Me dices así, ¡y yo qué culpa tengo!-.

Encontramos a Ulises y Loesha sentados en una de las gradas de cara al sol. Ulises está descalzo y sin remera, todavía tiene los pantalones cortos del partido. Ella se aferra a él como si estuviera con tarzán o algo semejante. Disfruta la idea del macho latino.

-Pensé que se habían afanado el auto- dice Ulises al vernos, siempre sonriente y acomodándose el pelo detrás de las orejas (su pelo es largo y oscuro) -a mi no me hubiera extrañado, pero a ella sí-. Habla en español, Loesha no entiende y lo mira algo desconcertada. -Rob- dice Ulises, que tampoco habla demasiado inglés, -they rob the car- al mismo tiempo que le hace un gesto con la mano para explicarle mostrándole su sonrisa ladina.
-El auto está asegurado- dice Loesha, tratando de disimular su preocupación, evitando quedar como una norteamericana ingenua. 
-Nos perdimos- dice Pablo.
-Te perdiste- le digo.
-¡Cojonudo!-.
-¿Trajeron algo de comida por lo menos?-.
-Pablo se lo comió todo- le digo, también en español. Los tres nos reímos.


Al volver a Venice pasamos por el paseo de autos del Pollo Loco, Ulises y Loesha piden un menú de treinta presas al que se agrega Pablo que le vuelve a dar hambre. Como si no le bastara con ser hija de millonarios, Loesha también es diseñadora de ropa, y nos comenta que está organizando un desfile en un local en Beverly Hills en el que piensa incluir a Ulises. -Mientras paso tengo que decir i`m mucho macho- nos dice Ulises con cierto disgusto. Pablo y yo nos reímos a carcajadas y nos ponemos a burlarlo. ¡I´ m mucho macho! le decimos. Loesha también se ríe, sin comprender del todo. -Ves, se ríen de mi- le reprocha Ulises, en tono de broma -mucho macho-. 

La autopista 405 está demasiado tranquila para ser Los Ángeles y tardamos mucho menos que a la ida. Pablo y yo bajamos en la esquina de la Pacific Ave y la Winward, delante del hostal, Ulises sigue camino a casa de Loesha. Mucho macho, le gritamos a carcajadas. Ulises se ríe antes de acelerar y perderse rumbo a Malibu. -Bueno tío, nos vemos- me dice Pablo, maneja el valet parking del restaurante St. Mark`s, sobre la Windward, a media cuadra de la rambla, y tiene que ir a cambiarse. 

Son las cinco de la tarde, es verano y el sol aún pega fuerte. La marea debe estar alta, pienso, subo al hostal a buscar mi tabla. 


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