domingo, 19 de noviembre de 2017

Guitarra




Abandonó el campo y empezó a correr 
por le caminito de cemento y 
siguió corriendo hasta que se perdió de vista. 
J. Salinger.




-Acá está- me dijo, y me dio la guitarra toda empastada en una especie de brea que había utilizado para cubrir los agujeros. Para disimular los golpes se había tomado el atrevimiento de dibujarle una iguana y unos motivos tribales casi al borde inferior de la caja. Aún recuerdo el destello de sus ojos. Se lo notaba orgulloso, como si me estuviera entregando una obra de arte, faltaba que la firmara. Era inglés -no recuerdo su nombre, pongamos que era John-, y por alguna razón el resto de los ingleses que se habían amotinado en una habitación del hostal que no pagaban hacía tres meses, lo habían tomado de punto. Su rostro era más bien redondo, sus ojos marrones y unos pelos rubios enrulados le salían descontrolados hacia ambos extremos de la cabeza. En el centro era calvo. Tenía una mirada ingenua y la sonrisa tonta del que se ríe sin motivo. -¿Está bien, no?- preguntó. Yo no lo podía creer.

La guitarra ni siquiera era mía. Era mexicana -la marca era Jom-, me la había prestado Ana María -la novia de mi viejo-, que la había heredado de su padre o de su abuelo, por lo que su valor no solo era económico sino sentimental. John me la pidió para pasar el rato mientras cubría su turno en la recepción del hostal -una mesa sucia que siempre estaba llena de comida y cerveza- con un anotador en el que se registraba a la gente que se hospedaba. Primero me negué, "las guitarras no se prestan", pero ante su insistencia y mi constante temor a ser mal mirado -o ser mirado como un egoísta-, se la dejé.

-Cuando vuelvo me la devolvés- le dije.


Coincidió con el desfile de Ulises. Lo pasé a buscar a Pablo a eso de las seis -ese día tenía franco- y fuimos hasta el local de Loesha en Beverly Hills. Todo el camino lo pasé pensando en la guitarra, como si intuyese que algo iba a sucederle. -No te preocupes- me dijo Pablo cuando se lo comenté -que es solo una guitarra, y no le va a pasar nada-.

Al llegar a Beverly Hils ya estaba oscureciendo. El local quedaba en una galería, la puerta era de vidrio y estaba empañada a causa del monóxido de carbono. Rebalsaba de gente y apenas podíamos movernos. Sonaba música tecno y estaba oscuro, sólo unos reflectores apuntando hacia la pasarela y unas luces psicodélicas que trepaban por las paredes como puntitos de colores. Estaba tan lleno de humo que apenas se podía respirar. Todos vestían glamorosamente, aunque sin demasiado estilo, no hay mayor mentira que la supuesta frescura con la que se pinta Los Ángeles: la mayoría en lo único que piensa es en plata y de acuerdo a lo que tengas es lo que vales. Era más que obvio que ahí no encajábamos (ciertamente no encajábamos en ninguna parte), Pablo con los pelos largos y disparados para todos lados, unos jeans celestes apretados y una camisa leñadora, parecía un rockero recién llegado de Woodstock, y yo una mezcla entre un surfista y un barbudo latinoamericano. Posiblemente lo más extraño de todo fuera la combinación entre ambos.

Llegamos justo en el momento en que Ulises cerraba el desfile vestido con unas bermudas y una camisa abierta que dejaba al descubierto sus abdominales. Una vez en el extremo de la pasarela debía pararse frente al público y decir aquello de i´mucho macho. Era el toque exótico que había planeado su novia y no nos lo queríamos perder por nada del mundo. Como era previsible, simplemente pasó, se paró canchero frente al público, y nunca dijo nada.

Cuando terminó el desfile lo fuimos a buscar y lo encontramos discutiendo con Loesha (a la que no le había gustado que obviara su toque y ya se la notaba un poco cansada de sus actitudes -lo del macho latino dura lo mismo que la novedad-) por lo que apenas nos llevó el apunte.

-¡Hey tío que yo pagué mi entrada y no te vi actuar!- le dijo Pablo en tono de broma.
-Después los veo- nos dijo Ulises secamente y desapareció junto a Loesha detrás de una puerta que daría a alguna clase de vestidores.
-Estos se van a terminar matando- me dijo Pablo riéndose. Cuando Pablo se reía abría los labios y dejaba sus dientes juntos, lo que resultaba muy gracioso.
-Vamos al café Maurice- le dije.

El café Maurice era un lugar medio afrancesado sobre la Avenida Melrose, al borde de Beverly Hills. El salón era algo oscuro y rojizo a causa de unas lámparas con las pantallas de tela coloradas y un deck que daba a la calle. Yo lo conocía gracias a Eric, que me había llevado un par de veces. Se comía bien y había un ambiente algo snob, pseudointelectual, para el que Eric era perfecto pero en el que Pablo definitivamente no encajaba. No estuvimos más de diez minutos y terminamos tomando unas cervezas en el auto. Luego lo llevé hasta su casa.

Cuando volví John aún cumplía su turno frente al recibidor que estaba justo en la desembocadura de la escalera (el hostal estaba en un primer piso), de modo que uno subía y lo primero que veía era su cara. Curiosamente, el salón lateral estaba vacío y oscuro, en todo el hostal había un silencio sepulcral. Al verme abrió la boca, sorprendido, y levantó las cejas, su rostro era fácilmente previsible. -Hola- dijo y me sirvió para advertir que algo había pasado. Cuando uno vive en un hostal junto a otras personas cada vez que se cruza con éstas se habla como si se hubiera visto cinco minutos antes, nunca nadie dice hola.

-¿La guitarra?- pregunté. Abrió la boca como si fuese a decir algo pero se quedó un silencio. -¿La guitarra?- tuve que repetirle.
-Desapareció- dijo, nervioso, casi tartamudeando. Las palabras que usó fueron, It must have desappeared, lo que lo tornaba más extraño.
-¿Cómo debe haber desaparecido?- le pregunté en español, cuando me enojo o me pongo nervioso me cuesta hablar en inglés. Su cara fue de completo desconcierto. Tuve que repetírselo en inglés. Al parecer dejó la recepción unos minutos para ir a la cocina y en ese lapso alguien se la llevó.
-Fueron sólo unos minutos- dijo -te lo juro- como si me importaran sus explicaciones. Sospechaba de los ingleses que se habían amotinado, de uno en particular: su nombre era William (pongamos), también rubio, tenía unos ojos celestes con un fulgor extraño y usaba un pañuelo rojo en la cabeza que ayudaba a resaltarlos. Era raquítico y caminaba algo encorvado. Cada vez que lo veía no podía dejar de asociarlo a los viejos piratas que recorrían el caribe. Su gesto era sagaz, medio perverso, era difícil no desconfiar. -Debe haber sido William- dijo, rascándose la nuca. Parecía un chico al que sus compañeros de colegio lo toman de punto y decide ir a quejarse con el director. Lo miré fijo, no puede ser más estúpido, pensé.
-A mí no me importa si fue William o cualquier otro, ni los problemas que tengan entre ustedes- le dije -yo te presté la guitarra así que conseguila o conseguime otra que pase por la misma-. John volvió a rascarse la nuca, era obvio que en su juventud habría sufrido bullying, pensé.

La imagen de Ulises con la camisa abierta al frente de la pasarela cruzó por mi cabeza. Cuando las cosas se me complican tiendo a esconderme tras alguna imagen extrapolada, como si eso me permitiera viajar o abstraerme de la situación. A eso siguieron Ulises y Loesha y sus miradas resentidas entrecruzándose antes de entrar a los vestidores, y las palabras posteriores de Pablo, éstos se van a terminar matando. Quizá ella ya esté muerta, pensé, y no pude evitar una sonrisa que produjo un nuevo desconcierto en el inglés que me miraba sin terminar de entender. Luego visualicé el interior rojizo -a causa de las lámparas y el decorado rococó de sus paredes- del café Maurice. Lo que más me preocupaba era lo qué iba a decirle a la novia de mi viejo cuando me pidiera la guitarra de su abuelo.

-La guitarra no era mía John- le dije -así que mejor que la encuentres-.
-Está bien- respondió. La única esperanza era que William o quien fuera todavía la tuviera adentro del hostal.


Dos días más tarde apareció con la guitarra, su cara de felicidad no podía ser mayor. -Tomá- dijo -la encontré en la rambla-. Era impensado que una guitarra robada pudiera aparecer así como así en algún lugar de Venice. Estaba toda golpeada, parte de la tapa de la caja estaba saltada y tenía un agujero en uno de los laterales, sin embargo la cara de John era la de quien hubiera realizado una proeza. Me costaba entender cómo alguien con semejante torpeza podía desenvolverse en este mundo. -¿Me la pensás dar así?- le pregunté. Mi respuesta fue como un cross a la mandíbula que le borró la sonrisa de manera fulminante Era tan idiota que esperaba que me pusiera feliz, y hasta me hizo sentir culpable. ¿No ves cómo está?- le dije. Estiró el brazo y separó la guitarra de su cuerpo, dio la impresión de que necesitaba tomar cierta perspectiva para poder mirarla íntegramente. Entonces actuó como si recién notara que la guitarra estaba parcialmente destruida.

-Ok, I can fix it- dijo.
-Arreglala entonces- le dije, completamente desconfiado de que pudiera hacerlo.


Por esos días Pablo se había separado y Ulises y yo nos mudamos junto con él al Morrison Building. Solo pasaba por el hostal para ver qué había hecho John con la guitarra. -Ya casi, ya casi- decía cada vez que me veía, y por momentos me encendía alguna ilusión de poder recuperarla. -Acá está- me dijo uno de esos días, orgulloso, y me dio la guitarra toda empastada con esa especie de caucho que más parecía brea otra cosa. Ya estaba resignado y si siquiera le reclamé, ese era su límite, además no sé si había mucho más por hacer.

-Muy bien, John- le dije -deberías dedicarte a esto-.
-Gracias- dijo, con su eterna sonrisa, sin comprender la ironía. Faltaba que me quisiera cobrar.

Salí del hostal con la guitarra y caminé un rato por la rambla. Era Sábado y estaba plagada de artistas callejeros y turistas que se paraban a verlos realizar sus proezas. Mientras miraba a un tipo haciendo malabares con tres sierras eléctricas encendidas pensaba qué excusa le iba a dar a Ana María cuando la quisiera de vuelta; no se la podía dar como estaba y tampoco podía decirle que se la presté a un idiota al que se la robaron. Eran ya las seis de la tarde y el mar estaba algo bravo, había pocas olas y mal formadas. Se sentía una brisa fresca, era invierno y la temperatura por la tarde baja bastante. Me dieron ganas de destruir la guitarra contra algún poste de luz.


Pablo y Ulises conversaban sentados sobre unos almohadones en el piso, la alfombra estaba regada de cenizas y quedaban cuatro cervezas de un six pack. Pablo estaba vestido con camisa y corbata.

-¡Qué estás chulo eh!- le dije en broma.
-Es para no dar ventaja respondió-.
-¡A ver cómo quedó!- me preguntó Ulises algo exaltado al verme llegar con la guitarra. Se la mostré y ambos estallaron en una carcajada. Lo que más les llamó la atención era la iguana en el extremo inferior.
-Es su toque- dijo Pablo en referencia al inglés -¡Este tipo es un genio!-.
-Estuvo en la selva- dijo Ulises -debe ser amigo de Tarzán- Volvieron a reírse.
-¿Y qué le vas a decir a la novia de tu viejo?- Me preguntó Pablo, ya algo más serio.
-Voy a tener que buscar por las casas de empeño a ver si consigo alguna de la misma marca- respondí.
-¡Ostia! Toma- dijo Pablo, alcanzándome una lata de cerveza. En ese departamento todo se arreglaba con cerveza.
-Decile que...- dijo Ulises, e hizo una pausa -...que estuviste en la selva y se llenó de bichos-.
-¡El menda debe ser amigo de Tarzán!-. Volvieron a estallar de risa. Tomaban y se reían, era un acto casi mecánico, no podían evitarlo. Era casi imposible que se tomaran algo seriamente.

Pablo prendió el tocadiscos y comenzó a sonar el disco IV de Led Zeppelin. La mayoría de los discos en el departamento eran suyos y en general eran de Santana, Frank Zappa o de Led Zeppelin, quizás alguno de Jimmy Hendrix. Prendimos un porro y se produjo un silencio que dejó escuchar la voz chillona de Robert Plant intercalada con la guitarra de Jimmy Page. Más allá de sus estallidos de risa, la cara de Ulises estaba especialmente contraída, tenía un aspecto sombrío que no era habitual en él. Pasaron dos temas más (Rock and roll y The battle of evermore) sin que nadie dijera una palabra. Cuando comenzaba el cuarto Pablo apagó el tocadiscos.

-Este ya me hartó- dijo. Dio la última pitada y se metió la camisa adentro del pantalón. -Bueno, me tengo que ir a trabajar. Mas tarde nos vemos- dijo cuando ya estaba en la puerta.
-¿Qué pasó con Loesha?- le pregunté a Ulises una vez que nos quedamos solos.

De su sonrisa anterior ya no quedaban rastros. Dejó pasar unos segundos. Ninguno había prendido la luz y afuera ya se había hecho de noche, por lo que estábamos casi a oscuras. Finalmente juntó los labios y levantó las cejas, su gesto daba cuenta de cierta resignación.


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