viernes, 29 de diciembre de 2017

Gualicho




Te llevo conmigo, en cada terminal nerviosa, te agradezco todo el amor y todo el dolor que me diste. Me mostraste muchas cosas de mi que hasta ahora no quise ver (mi cobardía mis contradicciones, hasta mi falta de ética y de palabra) espero poder cambiarlas.

Todo lo voy a entender, tu silencio, tu odio, tu desprecio. Solo espero que vuelvas a Buenos Aires para poder vernos y poder conversar de lo que pasó. No sé qué me hiciste, pero te extraño mucho más de lo que pensé que podía extrañar a alguien.

Así termina la carta, una carta que me llena de contradicciones. Las cosas ahora en mi mente se confunden. Vuelvo a leer el último párrafo como si la letra formara parte de su cuerpo y al leerla pudiera abrazarla. Lo leo cinco o seis veces seguidas. Por momentos los trazos cambian, parece haber sido escrita en forma discontinuada y en diferentes estados de ánimo.

-¿Qué te pone?- me pregunta Ulises, con su sonrisa ladina, al verme concentrado en las hojas cuadriculadas (me llama la atención que a alguien se le ocurra escribir una carta de amor en hojas cuadriculadas).
-Nada- hay ciertas cosas que prefiero guardarme -que me extraña y esas cosas- le digo, solo para dejarlo contento. Intenta arrebatarme la carta de las manos, lo evito con un movimiento rápido.
-¡Qué reflejos!- dice, siempre sonriente. -¿Y vos la extrañas?-.
-Sí, claro que la extraño- le digo. Hay algo que me hace imposible dejar de pensarla. Vuelvo a leer la frase no sé qué me hiciste, y un sentimiento recíproco atraviesa mi mente. Pienso en alguna clase de gualicho o amarre, me pregunto si es normal extrañar a alguien así.

La habitación permanece en penumbras, por la ventana se filtran los últimos rayos de sol de la tarde. De vez en cuando entra una brisa que hace que las cortinas se eleven. Pasan algunos minutos. Ulises se para a encender la luz y vuelve a sentarse sobre la cama. Ésta hace un sonido seco, como de maderas que se quiebran, nos miramos. Desde abajo proviene un murmullo de risas y voces, pienso en los alemanes, sentados en torno a la mesa, con sus cervezas, a esta altura del día el edificio de latas debe tener por lo menos treinta centímetros.

-Yo también extraño a mi ex- dice Ulises.
-¿Y Loescha? -.
-Loescha es otra cosa...-.

Su cara se pone más seria. Me cuesta reconocer cuando habla seriamente, trato de no bajar la guardia pensando que puede ser una broma. Sin embargo, en sus ojos algo refleja cierta verdad. Me cuenta la historia con su ex, me habla de un bar por Flores, donde se conocieron. De alguna manera me siento identificado, cualquier historia de una u otra forma me haría sentir identificado. Pienso en Buenos Aires, algunas imágenes se cruzan por mi mente.

-¿En qué calle?-.
-¿En qué calle qué?-.
-¿En qué calle quedaba el bar?- le pregunto, cuando me cuentan alguna historia necesito la mayor cantidad de datos posibles para poder imaginarme concretamente el escenario -donde la conociste...-.
-Ah, sobre Rivadavia-.

Ulises camina hasta el baño y sale con el pelo lleno de crema. Me causa gracia verlo así. Nunca conocí a nadie tan pendiente de su cuerpo. El griterío de abajo se escucha aún más fuerte.

-¡Cómo gritan!- le digo.
-Los alemanes- responde.
-¿Crees en los gualichos?-.
-¿Qué gualichos?-.
-Los que se hacen para que las parejas vuelvan-.
-Sí, mi ex novia mía me hizo uno-.
-¿La que conociste en el bar sobre Rivadavía?-.
-La misma-.
-¿Cómo sabés que te hizo uno?-.
-Porque me lo contó-. Vuelve a mostrar su sonrisa. Me descoloca.
-¿Me estás hablando en serio?-.
-Claro, ¿por qué no te hablaría en serio?-.
-Porque te estás cagando de risa-.
-¡En serio!- dice nuevamente riendo.

Se abre la puerta de la habitación. Entra un tipo alto, rubio, con unas bermudas color crema y unas zapatillas de trekking. De unos veintiocho o treinta años. Por su aspecto debe ser alemán o austriaco. -¿Está libre?- pregunta señalando la cama más cercana a la puerta, justo al lado de la de Ulises, y apoya su mochila. Sus movimientos son algo toscos. Una vez que deja sus cosas se acerca a nosotros. -Hi, my name es Ricardo- dice, seguramente traduciendo su nombre, usando un español forzado, exacerbando la r y la d. Lo saludamos sin demasiado entusiasmo, lo percibe y vuelve a su cama a terminar de acomodar sus cosas. Ulises me señala sus bermudas con la mirada y nos reímos.

-¿Cómo fue eso del gualicho?- le pregunto mientras vuelvo a mirar la carta de Clara. Escribe la letra d de una forma muy extraña, se confunde con una a.
-Hace dos años- dice -¿por qué querés saber eso?-.

El austríaco se saca las bermudas y se mete entre las sábanas y en menos de cinco minutos está roncando. Lo miramos asombrados. Su cuerpo se eleva y desciende con cada respiración como si fuese un globo. Estos gringos, suspira Ulises. Se escucha nuevamente el griterío proveniente del salón, hoy están particularmente ruidosos. Desvío la mirada por la ventana, afuera el cielo ya está totalmente negro. Las cortinas se elevan nuevamente. Leo una vez más el último párrafo de la carta y su imagen se reconstruye en mi mente. Pienso en su cuello descubierto, sobresaliendo de una musculosa blanca. Una de las cosas que más me gusta de las mujeres es el cuello, y ella tenía un cuello largo, elegante. No puede ser que me gustes tanto, le dije, la última vez que nos vimos, y se rió mostrándome sus dientes y tomándose el pelo. Tenía el pelo negro, casi por la cintura. Me gustaba cuando se lo dejaba crecer. Después se abrió la cabeza con el marco de la ventana y se puso como una loca y sobrevino una situación completamente desagradable.

-¿Funcionó?- le pregunto.
-¿Qué cosa?-.
-¡El gualicho!-.
-No funcionan los gualichos-.

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