miércoles, 27 de diciembre de 2017

Café Maurice

Eric era hijo de Cintia, una abogada argentina amiga de mi viejo que había hecho una pequeña fortuna trabajando en juicios por accidentes de tránsito con latinos. Nos conocíamos de chicos, de cuando él pasaba algunos veranos en Buenos Aires, había nacido en Estados Unidos pero hablaba español bastante bien. Tenía el aspecto de un dandy de los años cuarenta o cincuenta. Vestía con chaleco, zapatos Oxford con algunos ornamentos en la puntera y usaba un bastón con una cabeza en forma de pato. Nuestras conversaciones generalmente terminaban en discusiones políticas, yo naturalmente de izquierda cuestionando el rol de su país como gendarme mundial, y él adscribiendo a una especie de teoría hobbsoniana a través de la que naturalizaba aquel rol como un leviatán necesario para imponer orden al caos general.

Uno de nuestros intereses en común siempre había sido la política, soñaba con ser presidente de los Estados Unidos u ocupar algún cargo importante, algo que se desvaneció cuando asumió su condición sexual. Estábamos en el patio de la casa de mi viejo, tendríamos catorce o quince años, cuando me lo contó; Mariano, dijo seriamente (hasta para eso era tremendamente solemne) soy gay. No supe bien qué decir o qué cara poner, de todos modos algo venía imaginándome -todos sus relatos respecto a salidas con mujeres eran estrictamente platónicos-, y opté por el silencio. Seguido a eso me comentó su desilusión respecto a su carrera política -el sistema político norteamericano no acepta gays- dijo en forma neutral, como si estuviera hablando de botánica, botánica, o algo similar. 

Yo pensé que tomar consciencia de ello le haría cambiar la visión respecto de la hegemonía política de su país, como si de alguna manera -y como ingenuamente pensaba Foucault-, los relatos minoritarios tendieran a unificarse naturalmente cuestionando el orden general. Sin embargo, supo mantener aquello en una dimensión paralela, casi silenciosa, que poco o casi nada modificó lo otro, y tuvo que conformarse con apoyar al partido demócrata en asuntos legales (en ese momento estudiaba derecho en una universidad de Boston en la que su madre hacía grandes aportes). Hoy es fiscal general de no sé qué distrito.


Cuando se enteró que estaba viviendo en Los Ángeles pasó a buscarme por el hostel -tenía un Alpha Romeo color rojo descapotable de los ochenta- y me llevó al café Maurice. Éste era un lugar medio afrancesado sobre la Avenida Melrose, al borde de Beverly Hills. El salón era algo oscuro y rojizo a causa de unas lámparas con las pantallas de tela colorada.

Nos atendió una chica flaquita, de estatura media, y pelo corto. Me hizo acordar a Winona Ryder. Nos llevó a una mesa aislada, contra la pared. Seguramente pensó que éramos pareja.

-¿Qué te parece Los Ángeles?- me preguntó Eric. Yo había estado un par de veces antes, una cuando era chico, a los nueve o diez años, en la casa de un socio de mi viejo en el valle, Burbank. Me había comprado un skate y me despertaba apenas amanecía para poder tirarme por una barranca que desembocaba en un gran parque antes de que comenzaran a pasar autos. Mi imagen que me había quedado era la de un conjunto de calles entre las sierras. La siguiente fue en otro viaje que hizo mi viejo por trabajo y nos llevó a mi hermana y a mi, en el que recorrimos los parques de diversiones típicos: Disneylandia, Los Estudios Universales, etc. En ninguno de los dos viajes había visto el mar, por lo que la imagen que me había quedado era muy distinta a la que tenía ahora.
-Me gusta tener playa cerca- le respondí. Me miró como si hubiese cometido un perjuro o le estuviera hablando de la composición del suelo de Marte. Para Eric que el mar estuviera o no le daba completamente lo mismo, si hubiera podido transformar Los Ángeles en Londres o París, lo hubiese hecho sin remordimientos, peor que eso, consideraba la playa algo vulgar, reservada al ciudadano medio. Entrecerró los párpados y me miró seriamente, quizá esperando que le dijera que era un chiste o algo así. De alguna forma lo había decepcionado.
-¿No te gusta la playa?-.
-Tanta arena junta- respondió poniendo cara de asco.


Fijé la mirada sobre las paredes del café. Estaban tapizadas con una tela acolchada y oscura. Ayudadas por unas lámparas cubiertas con pantallas color vino daban a todo el lugar un color rojizo. Seguidamente bajé la vista, miré los zapatos de Eric -de un marrón claro similar al cuero de las sillas de montar- que sobresalían debajo de la mesa y su bastón con cabeza de pato apoyado contra la silla.

Se me vino a la mente la imagen de Morrison caminando descalzo junto a Ray Manzarek al rayo del sol.

-¿Te gustan Los Doors?- le pregunté.
-No los conozco- respondió -bueno, obviamente los conozco pero no los escuché demasiado-. Terminó de armar un cigarrillo y lo encendió. Abanicó la mano para apagar el fósforo. Dio una pitada honda y exhaló el humo apuntando la boca hacia arriba. Sus gestos eran algo sobreactuados. -¿Por qué me preguntás eso?-.
-Una asociación de ideas- respondí. Me miró desconfiado.

Nos quedamos en silencio. El murmullo del lugar se mezclaba con una música de fondo indistinguible, se escuchaba un saxo y de cuando un cuando un piano pero nada más. Winona se acercó con los platos. Era joven, sus ojos eran redondos y brillosos, como de manga.

-¿Te gusta?- me preguntó Eric.
-No me molestaría pasar una noche con ella- le dije. -¿A vos?-. Se rió, tenía una sonrisa muy ingenua que dejaba al descubierto unos dientes muy blancos y bien arreglados.
-A mí me gustan los hombres- respondió.

Se hizo otro silencio. Nuestros diálogos se entrecortaban constantemente, no llegaba a ser un silencio incómodo pero hacía que la conversación no avanzara naturalmente. Más allá de que nuestros padres fueran amigos, no había demasiado que nos ayudara a forjar una gran amistad. Teníamos intereses en común pero en él se me hacía todo algo impostado, su conducta estaba atravesada por una solemnidad exagerada que por momentos me resultaba chocante. Quizá en ello radicara su tendencia a justificar tan fácilmente el statu quo. Para mi la política es algo radical y -por ende- el pensar está inevitablemente relacionado a lo inestable, él era naturalmente conservador, más allá de sus tendencias sexuales, siempre manteniendo una ficción constructiva sobre algo que destruye inmanentemente. 

-¿Te acuerdas cuando te conté que era gay?-. La pregunta me causó cierta incomodidad. 
-Sí- respondí, me acordaba perfectamente aquella vez, casi en la puerta del patio de lo de mi viejo. Vivíamos en un departamento en una planta baja sobre la Avenida Libertador, era un patio escalonado, con una fuente que había hecho construir mi viejo y una serie de enredaderas que trepaban por las paredes laterales. Mi memoria es básicamente visual, y me resulta imposible recordar si no es a través de imágenes -¿Qué pasa con eso?-.
-Me hiciste sentir muy incómodo- me dijo. Era una mezcla de venganza y reproche -Te estaba contando algo importante y casi no le diste importancia-.
-Disculpá -le dije -no supe bien qué decir. No tenía el tema tan resuelto-. Era cierto, era el año noventa, Argentina, y aún tenía ciertos prejuicios con respecto a la homosexualidad. 

La situación volvió a tornarse incómoda. La moza se acercó nuevamente y nos preguntó si queríamos algún postre. Solo pedimos dos cafés. 

-Es realmente muy bonita- le dije a Eric, intentando cambiar el tema, sin embargo el comentario sonó algo extraño. No contestó. 

Pasaron algunos minutos sin que ninguno dejara nada. La moza volvió con los cafés y lo observé a Eric detenidamente tomando el asa de la taza con el dedo mayor y el pulgar. Algo en sus gestos no dejaban de causarme la impresión de estar actuados. Eché una nueva mirada al lugar, había algo que resultaba disruptivo; quizá la oscuridad, en Los Ángeles siempre pareciera ser todo demasiado claro. 

Imaginé nuevamente a Morrison deambulando por la playa con la arena quemante bajo sus pies. No era el estereotipo californiano, su música nada tenía que ver con el rock esterilizado de los Beach Boys, más bien estaba habitada por una sensación traumática. Sin embargo, su autenticidad hacía que la playa fuera su lugar como podía haberlo sido la montaña o cualquier otro paisaje.

-Vos vivís frente al mar- le dije. Su casa estaba sobre Pacific Palisades y tenía una pileta enorme desde la que podía divisarse todo el horizonte y parte de la playa de Malibu. 
-Mi mamá vive ahí, respondió. Se lo notaba algo herido por mi comentario -yo vivo en Boston- agregó. 
  

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