sábado, 9 de diciembre de 2017


-¿Cuando soy yo?- me pregunta.
-¿Cómo?-.
-Claro, es decir, siempre soy yo...- me mira y levanta las cejas, dubitativa -soy yo con diferentes procesos, pero...-. Se lleva una mano a la boca, luego a la cabeza y comienza a enrollar un mechón de pelo entre los dedos. Sus ojos se humedecen.
-¿Pero qué?-.
-Hoy no me importaría morirme- dice repentinamente. Enseguida se avergüenza, quizás a causa de mi gesto. -No es que me vaya a matar, ni que me quiera matar ni nada parecido, eh- dice intentando ahorrarme las preocupaciones. -Sólo eso, que me da igual, podría estar o no... quizá morirse no sea tan malo-.
-¿Estás bien?-.
-La verdad que no, en realidad no sabía que estaba así hasta ahora que...-.
-¿Qué...?-. De la misma forma que un muro de concreto ante el desborde de un río y la presión del agua comienza a agrietarse y termina cediendo, sus ojos comienzan a enrojecerse hasta transformarse en un llanto incontenible que culmina en un mar de lágrimas. Verla de ese modo me hace sentir algo incómodo, no sé bien cómo reaccionar ante estos casos. Siento que debo abrazarla pero no puedo, en lugar de eso le pongo una mano en el hombro y lo acaricio con el dedo pulgar. -Disculpá- dice -no sé qué me pasa-.
-No tenés que disculparte-.
-Ya sé, es que a veces siento que todo se me viene abajo...-.

Trato de buscar una servilleta o algo que funcione como un pañuelo y tengo que pedirle a la moza. La mesa está casi vacía a no ser por los dos pocillos de café, me resulta extraño que en un lugar semejante las mesas se encuentren tan despojadas. Apenas el lustre del roble y el recipiente con los sobres de azúcar. Quizá sea una forma de dar cuenta de que no hace falta más. El lugar es maravilloso, puede observarse la costa recortada por los acantilados desde Malibu hacia el sur. Son casi las ocho y falta poco para la puesta del sol.

-¿Te gusta el lugar?- me pregunta.
-Es increíble-.

Ella lo eligió, queda entre el mar y la Pacific Coast, adonde termina el Sunset Boulevard. Es otro de esos lugares algo escondidos que tiene Los Ángeles.

-Acá tienen- dice la moza, alcanzándonos la servilleta. Es Argentina, cruzamos miradas como diciéndonos somos paisanos o algo así. De no ser por el llanto de Carmen y lo incómodo de la situación posiblemente nos preguntaríamos de qué barrio somos y cosas por el estilo, es claramente porteña, igual que yo.  

Carmen se limpia los ojos. Es española, estudió actuación en Madrid y también trabaja en el Gaucho Grill, un par de días a la semana. Forma parte del contingente que se instala en Los Ángeles a la espera del llamado milagroso de algún casting que les abra las puertas de la fama, y finalmente terminan trabajando de mozos, baby sitters, etc.

-Perdóname- dice una vez más y saca un delineador y un espejo de la cartera. Aquel gesto me resulta extraño en ella. -No lo esperabas, eh- dice al notar mi sorpresa, esboza una sonrisa. -Bueno, que también soy una mujer-.

El sol se encuentra justo encima del horizonte, a punto de ser tragado por el mar. Al lado nuestro hay una pareja de gringos, ella sostiene un cigarrillo en su mano izquierda, sus dedos son largos y huesudos, su rostro me resulta familiar, pero no puedo adivinar de donde, posiblemente sea una actriz. Ambos usan lentes oscuros. Comienza a soplar algo de viento y mi piel se tensa. Carmen apoya su mano sobre mi brazo y lo acaricia.

-¿Tienes frío?-.
-Un poco- le digo.
-Lo bueno del frío es que nos hace sentir que estamos vivos- dice. De no ser porque sus ojos aún se mantienen algo colorados, apenas quedan rastros de su llanto. -Acá estamos todos solos y no podemos darnos el lujo de dejarnos caer- dice. Sus palabras me causan cierto escalofrío. Se me viene a la mente la imagen de un trapecista haciendo figuras en la altura sin red debajo. -Sé lo que estás pensando- dice. Sus pupilas son enormes, quizá dos veces el tamaño de lo normal. Resaltan entre sus iris azules.
-¿Qué estoy pensando?- le pregunto.
-Yo sé- dice, jugando, y se queda callada, sigue acariciando mi brazo. Mueve su mano más arriba, recorre mi brazo y la mete debajo de la manga de mi remera. -¿Querés que te muestre mis dibujos?- dice después. Salta de un tema a otro sin intervalos.
-¿Te parece?- le respondo. Sin dudas no es la respuesta que espera. Abre más sus ojos.
-¿Por qué no?-.
-No sé, es algo comprometido-. Cuando alguien te muestra su obra espera inevitablemente una respuesta, y no es una situación que me produzca demasiado placer. 
-Si no te gusta me dices, no me ofendo-. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario