martes, 27 de septiembre de 2016

Ausencias

Nada hay en la ausencia más que el signo que la revela. Los lugares son investidos por la proyección y el recuerdo funciona como índice de la misma. Una bicicleta, un sillón, un portal... una palabra no son más que el orden simbólico que representan.

Alguna vez  estuvo ahí o pudo haber estado.

Este es el fundamento dialéctico del lenguaje, el signo como presencia revela al mismo tiempo la ausencia. 


Nélida
Su estatura era pequeña y su cuerpo más bien ancho. Nunca estuvo conforme con su figura, las dietas no le funcionaban. Es que sos grandota, le decían, pero ella no entendía bien a qué se referían. Ahora tenía casi setenta años y ni siquiera era capaz de mirarse al espejo. 

Esperaba a que su marido se durmiera para llenar su vaso de Whisky, a él no le gustaba que tomara, no era bueno para una mujer. Pero a ella no le importaba, además nunca supo qué significaba eso de ser una mujer. A los trece años tuvo que salir a trabajar y desde ahí que el mundo se le detuvo. 

Se sentaba en el comedor, con las luces apagadas, y se perdía entre recuerdos, imaginando su infancia o cuando era una adolescente y aún tenía energías o soñaba con una vida que no tuvo. El silencio de la noche la regocijaba, lo que más le molestaba del día era tener que escuchar esa voz que repetía su nombre una y otra vez. 

Daba sorbos pequeños, le gustaba mirar el hielo descomponerse de a poco hasta mezclarse totalmente con el whisky. Su mente se ponía en blanco y así se estaba hasta que comenzaba a amanecer. Cuando el resplandor matinal penetraba por las rendijas de la persiana miraba aquellos rayos de luz hasta que sus ojos se cegaban. Casi al mismo tiempo sonaba el despertador desde la pieza y podía escuchar aquel cuerpo sigiloso, desperezándose, caminando hacia el baño antes que se encendiera la ducha. 

Seis y media en punto, preparaba el desayuno y ambos compartían la mesa casi sin decir palabra. Es que tengo insomnio, respondía a sus reproches mecánicamente, antes de que él se fuera a trabajar, el whisky me ayuda a no pensar... en nada, prefiero no pensar... ¡Paf! sonaba el golpe seco y ofuscado de la puerta que hacía temblar hasta las ventanas. Era una puerta pesada y maciza, le había pedido a su marido que la hiciera blindar a causa de la inseguridad, aunque a ella lo que realmente le importaba era el ruido de la calle, prefería no tener contacto con el mundo exterior. Aún así se filtraban las bocinas de los autos. Nunca había aprendido a manejar. 


Mercedes
Su retrato reposa sobre la mesa de luz, es una foto vieja. A pesar de su corta edad ya puede observarse el gesto resignado en su mirada.
Frunce el ceño y arruga la frente, la mirada es opaca, desafiante. 
No confía en el tiempo. 
El sillón aún guarda el peso de su silueta y sobre los apoyabrazos la felpa se encuentra desgastada. Nadie entra o sale de ese cuarto.
El cabello le llega hasta los hombros, es castaño, y en la foto el flequillo se recorta hasta la altura de las cejas. 

Las paredes de la casa se van oscureciendo, ¿para qué pintarlas? se pregunta, el tiempo es igualmente cruel con las paredes blancas. 

Sus manos son huesudas, sin vida, los dedos largos y delicados se vuelven amarillos de tanto sostener el cigarrillo. Mantiene la persiana baja, sus pupilas sufren con la luz del día. Espera. 
Sus ojeras se pintan sobre las mejillas de tanto estudiar. Lee intensamente como si en los libros encontrara el secreto de una sobrevida. El tiempo se acorta, no se puede hacer nada. Aquellas palabras se replican una y otra vez en su cabeza. 

La piel es una lámina rugosa, la voz áspera y ronca. Su retrato al costado del sillón, encima de la mesa. Las ansias por aprender. Una foto desteñida que la interpela.

Es ella, alguna vez, un fragmento de lo que fue o lo que pudo ser. Alguna de las tantas. 

Se mira en esa imagen, esos ojos alguna vez tuvieron cierto brillo. No se puede hacer nada.
Ya no se reconoce.


Alberto.
Acostumbraba leer en el sillón del living. Abría una botella de vino y devoraba página tras página mientras su copa se iba vaciando hasta quedarse dormido. Cuando escuchaba el despertador corría al baño a ducharse y salía para el estudio.

No sé ni para qué tiene la cama, le decía su empleada doméstica de vez en cuando, si no la usa. Era cierto, ya no recordaba lo que significaba dormir en una cama. A usted le gusta mucho el vino, le reprochaba también, cumpliendo el rol de una esposa que no tenía. 

Las botellas corrían al ritmo de la lectura -era lo único que hacía durante la noche-, y se iban apilando en un rincón de la cocina. Sólo salía de su casa para ir trabajar ¿Quiere que las tire? le preguntaba. No, está bien, déjelas ahí. Un litro por libro, decía riéndose -mostrando sus dientes consumidos por el cigarrillo-, como si fuera una cuestión proporcional. Quiero recordar cuántos llevo leídos. 

Entonces apuraba la lectura para poder tomar, o tomaba para poder leer. Las botellas se iban apilando hasta alcanzar el mismo tamaño que su biblioteca.  


Elena
Prende la radio y espera ansiosa la cortina del programa. Quince segundos de música que no se pierde nunca. Leo Dan es su cantante preferido y su voz acaramelada, casi hablándole al oído, le recuerda los bailes en el club. Despedimos a Leo para dar las noticias, dice luego el presentador y ella se pierde entre la nebulosa de sonidos sin prestar mucha atención, nunca le importó demasiado estar informada. 

De la cabecera de su cama cuelga un crucifijo de plata hecho por Bellgiorno. Desliza los eslabones de la cadena entre sus dedos, lentamente, le gusta sentir el calor de la plata. Reza durante algunos segundos. Agradece estar viva. A sus años cada día que pasa es una bendición. Hace casi cuarenta años que le diagnosticaron un cáncer terminal y aún recuerda la cara del médico gozando al darle la noticia. Intentaba mostrarse compungido pero ella podía notar un dejo entre sus ojos que lo delataban, al mismo tiempo que se decía, no me va a matar, no me va a matar, no me va a matar... Al año seguía tan viva como ahora y nadie podía creerlo. Esto es inusual, repetía el mismo médico, inexpresivo, contrariado por la noticia, quizás hasta triste, ella era la causa de su error. 

Camina hasta la ventana y apoya sus codos sobre el marco, siempre con el crucifijo en la mano. Es delgada y liviana, casi una pluma, su figura apenas se delinea. Mira la calle, el tránsito de la avenida Cabildo, los motores rugiendo ansiosos.

Se equivocó, vio doctor, se equivocó, sentía deseos de decirle aquel día, pero su marido -aún vivo y tan sano que estaba según el médico- le daba golpecitos con el codo a la altura de las costillas para que no abriera la boca -a los médicos se les debe respeto le diría una vez afuera-. Entonces escuchó por primera vez la voz de Leo Dan que se filtraba por una de las ventanas del consultorio y sintió como si su cuerpo se elevara. Esto es algo extraño seguían comentando el doctor y su marido pero ella ya había desaparecido.

Deja el crucifijo sobre la cama y sube algo más la radio, la voz del presentador le recuerda a la de su marido, tan sano que estaba según el médico. Vuelve a apoyarse contra la ventana para aprovechar los rayos del sol.  



Julián
No sabía moverse sin ella. Una podía verlo ir y venir, de un lado a otro, escurridizo, clanch, clanch, se escuchaba el pedal haciendo juego. A esa bicicleta hay que cambiarle la estrella, o las palancas, o algo así decía mi marido, que algo entiende de eso y que de joven fue bicicletero. 

Yo salía a la ventana para verlo pasar. Era tan lindo. Su bicicleta siempre apoyada en el árbol, a toda hora, le gustaba andar por el bosque. Era alto, dicen, y alargado, como una lombriz. Yo mucho no me acuerdo, salía a la ventana pero siempre llegaba tarde, cuando ya había pasado. Podía ver su espalda, angosta, o imaginarla.

Su bicicleta siempre contra el mismo árbol, a la entrada al bosque. ¿Cuándo comienza el bosque? me pregunto. Alguna vez lo vi, creo que lo vi, no recuerdo ya cuándo. Fue hace mucho. Lo vi pasar por la ventana de mi casa, sentí el chirriar oxidado de la cadena, clanch, clanch... pobre, necesita aceite, pensé, mientras mi marido me hablaba de palancas y platos y las partes de la bicicleta. Corrí a la ventana para verlo pasar, aunque no recuerdo si lo vi, o solo alcancé a escucharlo. A lo mejor de espaldas lo vi, algo recuerdo, o me lo invento, no sé. Más tarde caminé hacia el río y ahí estaba su bicicleta, eso lo recuerdo bien, una bicicleta verde agua, con la pintura saltada, el asiento alto -podía adivinarse que él era muy alto-, apoyada contra el árbol. 

Era muy delgado, eso decían, sus piernas eran las de un pájaro, finitas y largas, eso se decía, y que era muy buena persona también. Sus cabellos oscuros, verlo pasar por mi ventana... ¡ese chirrido! O imaginarlo, porque no sé si lo vi alguna vez, aunque tengo su imagen tan clara. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Cotorras

Una cotorra da de comer a sus crías mientras el resto del grupo sobrevuela la palmera. Sus plumajes son verdes, casi amarillos entre los que se entremezcla el azul, sus patas grisáceas. La Cotorra Monje es una especie común en esta ciudad. Según Daniel, un amigo avistador de aves, Buenos Aires tiene una de las colonias más grandes no sé bien si en el mundo o en Latinoamérica. Al igual que las palomas, son casi una plaga.

Son tres palmeras que crecen casi en el centro de la plaza. Los días de semana las plazas suelen estar casi vacías, el clima es apasible. Apenas algunos murmullos llegan hasta mi balcón. El roce agudo de los engranajes de una hamaca -una madre empuja a su hija con una mano mientras con la otra mira su teléfono celular- marca un sonido regular que en otro contexto sonaría disonante o disruptivo. Sin embargo, en éste resulta una melodía armónica que acompaña el transcurrir matinal. Una abuela pasea con su nieta de la mano por uno de los senderos de ladrillos enseñándole, quién sabe el nombre de algunas plantas o inventándole historias de cuando era tan chica como ella. Una pareja de adolescentes también pasean tomados de la mano, sus cuerpos tienen a imantarse.

Me siento una especie de James Stwart observando, como un voyeur, cada movimiento allí abajo. El cielo está casi celeste, cruzado por algunas nubes que pasan de cuando en cuando. Las palmeras resguardan una fauna imprevisible para quienes están debajo. Las palomas se mezclan con las cotorras que protegen sus huevos en sus nidos. Los preparan con ramas secas, según Daniel esa es la única especie de cotorras que hacen sus nidos con ramas. Sus vidas también se observan apasibles, tranquilas, haciendo lo que se debe hacer, lo que manda la naturaleza. 

Repentinamente un aguilucho -uno de los tantos que fueron importados para regular la población avícola de la ciudad- se acerca hasta el árbol. Su vuelo es majestuoso, contrasta con el vuelo torpe de las palomas, juega con el viento, blandiendo sus alas, con la misma elegancia que nada el tiburón en el mar. Entonces el aguilucho arremete contra la palmera, atacando uno de los nidos. La tranquilidad deja espacio al horror; el revoloteo, los gritos -alaridos secos, punzantes- desesperados. Algunas plumas se desprenden y caen al vacío en cámara lenta. 

El aguilucho flamea satisfecho, con los huevos en la boca, su pico es infalible, voraz y mortal, sin embargo, mantiene los huevos intactos en su interior. Una vez más sus alas extendidas, apropiándose del viento, su color es de un gris ceniciento, salvo por por los extremos que se tiñen de blanco. Su vuelo es digno de apreciar. 

El peligro cesa y los gritos de las cotorras poco a poco se pierden, ya resignadas abandonan su nido y se alejan para buscar un mejor lugar. Abajo nadie puede observar lo que acontece, nadie mira para arriba en Buenos Aires. 

La abuela continúa enseñándole los nombres de las plantas a su nieta, o contándole historias de cuando era tan chica como ella. Los adolescentes cada vez más cercanos, sus cuerpos se funden y arremeten uno contra el otro sobre un monolito que guarda un busto de Sarmiento. Una de las plumas cae a los pies de la pareja, ni siquiera tienen tiempo para notarla. El chirrido de la hamaca continúa meciendo la mañana a intervalos regulares. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Profecías...


3.
Miró el reloj del celular y daban casi las siete. El viaje se le hacía eterno. Sabés que esto no está bien, fueron sus últimas palabras y reflexionó en lo absurdo de las mismas. Claro que estaba bien, de lo contrario ahora no estaría metida en ese taxi camino a su casa con sus pulsaciones revolucionadas. 

¿Querés que baje por Lacroze? le preguntó el taxista. La pregunta se le hizo ridícula, anda por donde te dé la gana, le respondió y abrió la ventanilla. Necesitaba aire. En su pecho podía sentir los golpes producidos por sus latidos, Freud localizaba el foco de la libido como un punto a la altura del vientre, sin embargo para ella debería concebirse como una línea recta que se extiende desde el bajo vientre hasta la altura del corazón. Juntó sus piernas y presionó una contra la otra. El viento dándole de lleno en la cara le hacía bien. Pensó en el deseo y en las descargas eléctricas que éste le producía sobre su cuerpo, la manera en que erizaba su piel. El mismo roce del tapizado le causaba placer y tenía que cerrar los ojos para no delatarse. 

Otro auto se puso a la par en un semáforo, manejaba una mujer. La miró fijo durante unos segundos, era una mujer mayor, rondaría los cincuenta pero aparentaba ser mayor. Notó la tristeza en su mirada. Sus ojos eran grises, cenicientos y en ellos entrevió un vacío inconmensurable. Reconstruyó su vida en un instante y se estremeció, no llegaría a eso. Juntó las piernas nuevamente y emitió una sonrisa. Se sentía contenta y su deseo crecía a medida que avanzaban. El tránsito era un infierno, hubiese deseado tomar el subte.

Muchos autos, dijo el taxista, ella seguía con los ojos cerrados, imaginando. Prefirió no contestar, no tenía por qué suponer que le hablaba a ella. Un mechón se le escapaba por la ventana abierta, se preocupó, pero enseguida pensó en lo mucho que a él le gustaba su pelo y lo dejó volar. Imaginó sus ganas, nunca nadie la había mirado así.  

  
Llegamos, le dijo el taxista, ni siquiera había notado que el automóvil se detuvo. Volvió a mirar el reloj, pensó en la relatividad del tiempo, una eternidad que había transcurrido casi efímera. La contradicción le resultó divertida. Antes de abrir la puerta del taxi hizo una pausa y respiró hondo. ¿Estás bien? le preguntó el chofer. Muy bien, respondió antes de bajarse. Cruzó la calle como si caminara por una cuerda, una fuerza ajena se había apoderado de su cuerpo y la llevaba como una especie de autómata. ¿Quién es? se oyó por el portero, las piernas le temblaron y su corazón aumentó más sus pulsaciones. Nunca se había sentido tan viva.   


1.
Entonces la empujó sobre la cama y, sin importarle lo que le estaba diciendo, le arrancó la ropa. Su deseo adquirió la potencia de un maremoto arremetiendo con todo lo que se interponía a su paso y se acrecentó hasta tomar dimensiones inconmensurables. Sus cuerpos se entrelazaron como serpientes y en su oído -nada le gustaba más que sentir su boca en su oído- podía sentir su respiración quemante entre el murmullo de un diálogo entrecortado. 

Vos te aprovechaste de mis inseguridades, le había dicho, o aún le decía, y cosas por el estilo. Él apenas retornaba de su exilio y había cosas sobre las que prefería no reparar. Dejé mi corazón en tus manos y lo destrozaste, podía haberle respondido, aunque sonara cursi, o cosas por el estilo que hubieran aniquilando fácilmente sus argumentos. Sin embargo, ahora no tenía ningún sentido. Por eso eligió no prestar atención a sus palabras -tras las que no veía más que su eterno miedo a perder el control- y dejarla hablando sola al tiempo que la empujaba sobre la cama y le arrancaba la ropa, para comprobar que ese deseo de ambos aún se mantenía intacto, que las ganas que arrastraban sus cuerpos -su piel erizándose tras semejantes descargas eléctricas que podrían alimentar a una ciudad entera -no se habían perdido y que por ahora y, más allá de las palabras, por mucho tiempo les iba a ser imposible superar esa sensación.   

2.
Lo primero que vi fueron sus ojos, esos dos grandes ojos negros, intensos, con ese brillo melancólico, que me gustaban tanto y últimamente se replicaban hasta en los lugares más inciertos. Estaba ahí, en el aula, mi aula, la 205. Sabía que dabas clases los jueves, me diría después, y te dije que alguna vez iba a venir a tu clase. Se había sentado al fondo, con su espalda erguida, como una esfinge, como era natural en ella. La luz que se filtraba por la ventana enmarcaba su cuerpo en una sombra negra, dándole un halo especial, y aumentando su belleza, que sobresalía inevitablemente entre el resto. 

Sentí ganas de terminar la clase en ese instante o de hacerla lo más corta posible, pero a la vez sentía deseos de seducirla, de marearla y hacerla perderse entre los intersticios del pensamiento, jugar con el lenguaje y hacerla disfrutar cada concepto. De recordarle las razones por las que se había enamorado de mí. Fui de un lugar a otro, conquiste nuevamente su mirada y hasta la hice sonreír. Pude notar cómo el brillo de sus ojos se hacía aún más intenso, note también las figuraciones de su rostro, esa figuraciones que mutaban de la emoción al interés, que nadie conocía mejor que yo. Busqué su sonrisa y entreví sus dientes entre sus labios. 


Entonces los conceptos se agotaron, la espera devino en recompensa. Ella esperó a que todos salieran, algunos alumnos se acercaron a preguntarme cosas y yo apenas les contesté, deseando que se fueran lo más rápido posible. Yo la miraba de reojo, mientras ella seguía ahí sentada, con su espalda estirada, haciéndose la distraída, siempre esperando, mirando por la ventana. Finalmente quedamos solos, se acercó, nos rozamos las manos, fue un roce que prendió fuego el universo, una vez más ese big bang que se presumía extinguido. No pensé que te podía extrañar tanto, dijo, nuestros cuerpos se prensaron en un abrazo, a la vez que nuestros labios se comprimían, nuestro deseo recuperó su fuerza...


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Tiempo y forma

Entonces Céfiro descargó una brisa sobre toda la isla y ella despertó y yo descubrió que su corazón latía. Los cielos se cubrieron y el mar embraveció con el aliento de Poseidón. Unió sus partes y poco a poco fue recobrando su forma. Así era ella, como una roca.

Él la contempló y sus ojos se te llenaron de lágrimas. El tiempo se detuvo repentinamente y comprendió que voy entre el marfil lo que corría era sangre. Por primera vez observó a el negro real de sus pupilas en el blanco donde antes sólo podía imaginarse. Su deseo creció y suspiró su belleza tímidamente, cuidándose de no volver desafiar a Afrodita. Creció como nunca, creció como acostumbraba crecer cada vez que la veía, desde la primera vez. 

Soy tu obra, dijo ella, sonriente, aún recostada sobre el pasto de Chipre, mostrando sus dientes blancos, también deseosos -dientes deseosos-, aún de marfil, a lo que él contestó a con un gesto afirmativo enamorar admirando sus formas que habían cobrado vida. 

martes, 6 de septiembre de 2016

Galatea

Pigmalión eligió el hueso más grande y homogéneo, lo movía una premonición. Llevó el hueso de inmediato a su taller para poder admirarlo. Se había propuesto hacer la más perfecta de sus esculturas, de aquel bloque debía surgir la mujer más hermosa que se hubiera visto. 

Pigmalión, ayudado por Hefesto, hizo forjar el juego de cinceles más precisos que se viera en todo el Mediterráneo. Pasó sin dormir semanas enteras, primero observando el bloque, buscando en silencio las formas que éste develaba. Sus golpes debían adivinar lo preexistente, encontrar la razón que escondía. Trabajó día y noche, y cuando Morfeo apenas lograba tomarlo entre sus brazos por algunas horas, sus sueños eran la excusa para depurar sus formas. 

Pigmalión rechazó infinitas mujeres que rogaban sus favores. Ninguna rozaba siquiera la belleza que escondía un solo grano de marfil de su escultura, a la que había decidido nombrar Galatea en honor a la nereida. Su cabello sería lacio y llegaría casi hasta la cintura. Sus ojos podrían adivinarse negros y oscuros, su busto y su cintura tan simétricas que despertarían la envidia de Némesis. Sus piernas fuertes, musculosas, desembocando en unos tobillos delgados seguidos por sus pies perfectos.

Pigmalión rezó sobre los pies de Afrodita, vertió infinidad de lágrimas, sus ruegos a la diosa provocaron la burla general. Con cada día que se sucedía su deseo se acrecentaba. Afrodita lo vio sufrir frente a Galatea, observó sus labios apoyados en el frío marfil buscando un calor que aún no existía. Lo vio pasar sus noches admirándola, tanto que se apiadó de él. Sus rezos comenzaron a hacer efecto provocando la sonrisa de la diosa, que hizo elevar tres veces el tamaño de la llama del altar que él había construido en su honor. 

Pigmalión eligió la época en que las Pléyades se ponían a medianoche. La luna estaba llena, también a punto de retirarse. Afrodita esperaba paciente, ansiosa por dar aquella sorpresa. El Rey de Chipre no supo leer los signos que le daba la mujer de Zeus. Buscó una masa, la que tenía la cabeza más ancha y poderosa. Sus brazos se hincharon y sus venas se llenaron de sangre. Desde su taller se escucharon los golpes secos, el sonido cruento del hierro incrustándose en el marfil. De su obra no quedaron rastros. 

Pigmalión siquiera se enteró de los designios que Afrodita le tenía reservado y la diosa prefirió nunca revelar sus intenciones. Galatea fue cubierta por el polvo y luego por la tierra húmeda de su jardín en Chipre donde sus pedazos descansan desperdigados. 

domingo, 21 de agosto de 2016

La trampa

Los fardos secos. El olor  y el amarillo opaco tiñendo la oscuridad. El silencio. 
Los recuerdos. La curiosidad. El deseo y lo inevitable. 
Caminar hasta ese lugar, poder llegar. 
Las paredes, rejunte de tablones apilados entre los que se filtra la luz incendiaria de la luna. Un sendero de piedras. 
La incertidumbre.
Lo oculto, la noche una vez más.

-Vení, yo te voy a hacer conocer-. El secreto y su sentido. El juego encubierto. Clandestino. -Sólo hay que seguir las piedras. Vení que yo te cuento...-. 

La promesa, escabullirse en el más allá. Escapar al hastío. 
El juego y la noche. En juego en la noche. La noche y la nada.
Infancia disfrazada de experiencia y la curiosidad permanente. La soledad. La ausencia de sentido y la luna distraída jugando con las equivalencias de la libertad. Liberté, igualité, laissez faire... 

-Yo te voy a hacer conocer. Vení, ya vas a ver cómo es el juego. Seguí las piedras-. La oscuridad, la noche y el hastío. El sendero que se acaba y las maderas. -Parecen estrellas, ¿ves? Las piedras...-. Su voz delicada, tramposa. 

El olor seco que producen los fardos apilados, falsa hipóstasis que conduce a ningún lado. Rejunte de tablones, la luna una vez más, que no se acerca, poderosa. El silencio sorpresivo y la confianza que se quiebra.

-Vení, entrá, ya vas a ver-. Su voz calma, complaciente, certera. -Las estrellas, se parecen a las piedras, ¿no? vení que yo te cuento-. Convincente, siniestra. 

El recinto, los recuerdos, una sonrisa blanca, blanquísima y lejana. El consejo que no aparece. Liberté... Laissez faire, laissez passer. La autoridad. El hastío una vez más. Alicia cayendo por el pozo.

Lo perverso, el sufrimiento. El aburrimiento y el deseo de otra cosa. 
El aparecido, el apareamiento, el terror. Temor. La luna que también desaparece. La oscuridad. Las lágrimas.

El escape, el dolor. La memoria. Las cosas que no encajan. El olor. La fuerza, el embrutecimiento, el silencio de la noche y su siniestra voz. El exilio.

La luz filtrándose, los tablones de madera acumulados entre los que aparece una luna temblorosa. La angustia que perdura y el sendero de piedras diagramadas. La trampa tan certera. 
El olor seco que producen los fardos de paja ahí apilados, testigos de una historia que no cierra. El odio, el desamor y la traición. La duda. La huida y el rechazo.

La sorpresa.

Lo inefable. Volver a ningún lado, ser de nadie. Ser de todos. 
La presión y la posesión.
La tristeza, el llanto desmedido, inacabado. La cicatriz que no existe, que no cierra. La lágrima que no se manifiesta.
El enmudecimiento, el vacío permanente, eterno. La consecuencia. Su voz grave, menos suave, horrenda. 

-¡Qué te pasa! ¿Que no viste las estrellas? Vení que yo te cuento-.

La noche, la curiosidad, el deseo reprimido, inarticulado, las piedras reposando en el camino hacia la nada. 
Lo perverso sobre los tablones apilados entre los que reposa la luna que se llena.
El mutismo. El dolor, el vacío que se extiende, y que no ceja, que no deja, que no se queja, que se estrella en una noche que no llega.

 El sendero de piedras se consuma.

El recinto que se llena de vacío, la censura. El lenguaje que se acaba y las congoja que se agranda, que no alcanza. El camino, la distancia entre esa voz inacabada y la luna que filtra su luz robada sobre los fardos de paja que se extinguen.  

-Veni, seguí, el camino que se acaba. Yo te cuento-. Lo siniestro.

Las piedras, los tablones apilados.El odio, la traición y las palabras que no existen. La mentira y todo eso que no encaja. Las estrellas, la distancia.

jueves, 11 de agosto de 2016

Perros


-Si yo blanqueo la cosa voy preso, ¿entendés?- le dijo con una sonrisa, antes de dar una pitada profunda y exhalar el humo del cigarrillo como si acabara de tener un orgasmo.

Atilio no sabía bien qué responderle, nunca se había considerado un moralista pero sentía como si su amigo lo estuviera probando. Siempre le había costado reconocer los límites, tanto se había ufanado en cuestionar las convenciones sociales que ahora le costaba trazar cualquier razonamiento entre lo que estaba bien y lo que estaba mal.

-Si el hombre es un ser indeterminado significa que le está permitido todo- dijo su amigo, casi leyéndole la mente y metiendo una pitada tan honda como la anterior. Atilio lo miraba atento, le costaba comprender que un simple cigarrillo pudiera producirle tanta satisfacción, se le hacía que no era más que una pose.
-El hombre es un ser limitado- le contestó, recostándose sobre la silla y apelando a sus escasos conocimientos psicoanalíticos -eso es lo único que lo define-.

No era una mala respuesta, sin embargo volvió a sentirse un moralista, al fin y al cabo era una respuesta demasiado trillada, o simplemente endeble. Trataba de imaginarse incondicionado, sin embargo algo en todo eso lo hacía sentir incómodo.

-Vos y tu moral- le reprochó el Turco, dándole donde más le dolía.
-Vos y tu cigarrillo-.

Ambos rieron. Se alzó un silencio que dejó en primer plano los sonidos de la calle. Las bocinas de los autos penetraban por la ventana abierta del café. Un perro se trenzó con otro y un bebé que paseaba en un cochecito rompió en un llanto agónico. Era una tarde celeste con un sol radiante como no asomaba hacía meses y todo el mundo había decidido salir a aprovecharla.

-Vos te confundís- volvió a decir -pensás la libertad como un concepto abstracto y te olvidás que la libertad siempre es limitación. Pensás demasiado en los derechos y te olvidas de las o-bli-ga-cio-nes-.
-Atilio, a vos te cagaron la cabeza los psicoanalistas-. Rieron nuevamente. -Esa sarta de pelotudeces se la podés decir a otros, pero yo te conozco-.

Era cierto, se conocían de sobra, habían crecido juntos y, más allá de que sus vidas habían tomado rumbos diferentes, les bastaban esos simples gestos para poder entenderse. Atilio sintió que su amigo tenía razón y eso lo hizo sentir en desventaja, de pronto era como si el diálogo se hubiera transformado en una competencia en la que cada uno iba acumulando tantos. Quiso salirse de ese juego pero no podía dejar de sentirse interpelado por lo que el Turco le decía, sentía que sus palabras se encontraban encorsetadas, que hablaba a través de libros o conceptos por momentos vacíos, que no eran más que la excusa para justificar su propia parálisis y lo dejaban a merced de la nada. Si las palabras realmente crean cosas, tenía que esforzarse en mejorarlas. Pensó en combinarlas de diferentes maneras, darles un nuevo sentido, cambiando las articulaciones. Quién dijo qué, dijo qué quién, dijo quién qué, yo qué dije, etc. Pavadas. Se sentía cercado por el lenguaje. A vos te falta humor, le dijo su psicoanalista en la última sesión, y de algún modo aquello lo había afectado bastante.

Los perros seguían ladrándose y sus dueños -un hombre de unos sesenta años, calvo y con unos labios angostos, semejantes a los de Scott Fitzgerald y otro de unos cuarenta con una remera apretada al cuerpo, recién salido del gimnasio- en lugar de alejarse se miraban y se reían como si disfrutaran de la molestia que le causaban al resto. Ellos observaban todo desde la ventana como una especie de teatro.

-Entonces seguí adelante ¿si te sentís tan libre por qué no blanqueas la situación y listo?-. 
-Porque no se puede Atilio, el mundo, la vida misma, es una cosa jodida, la realidad te condiciona y uno tiene que adecuarse un poco para que no terminen domesticándote y transformándote en un animalito, como esos perros ahí midiéndose junto a sus dueños-. 
-¿Qué clase de libertad propones entonces, si no podes hacerte cargo ni siquiera de tu propia vida?-. Ahora sentía que el partido se emparejaba, que había marcado un tanto importante y eso lo animó a seguir. Se recostó aún más en la silla, tanto que las patas delanteras se levantaron. -Vos y esas pitadas exageradas no son más que el complejo de culpa que te carcome, exhalas como si fueses el rey de la selva o uno de esos perros y no es más que el síntoma de tu cobardía a afrontar lo que sos-.
-¡Upa! ¡Esa la tenías escondida!- respondió irónico. 
-Sí, vos reíte no más-.

Se hizo un nuevo silencio que fue interrumpido por un bocinazo y el sonido posterior de cubiertas rozando contra el pavimento. Los perros junto a sus dueños habían partido en direcciones opuestas y ya no se escuchaban. El sol seguía alumbrando como si se hubiera estado aguantando de hacerlo todo el otoño y el invierno -que aún no acababa- juntando energías para lanzarlas sobre el mundo en aquel instante. 

-¿Se van a servir algo más?- les preguntó el mozo, un chico de unos veinte años, con un corte moderno, casi rapado en los costados y una melena prominente que crecía en el centro de su cuero cabelludo. 

El Turco ni siquiera lo miró y Atilio se concentró en una de las orejas de la que le colgaba un trozo de madera y le abría el lóbulo como si fuese a reventar. Pero ninguno de los dos le respondió, estaban demasiado concentrados midiéndose el uno al otro, ensimismados en sus cavilaciones. El partido había quedado empardado y posiblemente estuvieran previendo los tantos finales.

-Los gatos tienen un morir mucho más digno que los perros- dijo entonces Atilio y el Turco quedó atónito, lo único que hizo fue abrir la boca y mantener el cigarrillo en su mano izquierda mientras un pedazo de ceniza peleaba contra la ley de gravedad. -Los gatos mueren quietos, se quedan secos de noche y generalmente uno los encuentra al día siguiente, duros como una piedra en alguno de sus rincones favoritos... hasta se esconden para morir, como si les diera verguenza-.
-¿Y los perros?-.
-Los perros empiezan con problemas, generalmente artrosis en las caderas y se van degradando poco a poco, se vuelven totalmente dependientes hasta el punto que se caen sobre su propia mierda y uno tiene que ir por toda la casa limpiando lo que hacen o limpiándoles el culo. Te lo digo porque a mí me pasó, desde ahí que decidí que no más perros-.

Si hubiese un referí que evaluase las jugadas podría interpretar que, o Atilio había metido un tanto fundamental, casi al punto de dejar el partido al borde del match o que -en su intento por arremeter con todo- había desviado la pelota varios metros afuera de los límites de la cancha o directamente fuera de la tribuna. Lo que no podía encontrarse era un punto medio, no lo hubiera encontrado un referí y mucho menos el Turco que seguía mirándolo desconcertado, intentando descifrar algo de sus palabras.

-Escuchame Atilio, ¿toda esta sarta de tonterías respecto a los gatos y los perros, las decís por mí?-. Atilio echó una risotada, en su cabeza aún redundaban las palabras de su psicólogo. Qué yo te dije, cómo te dije, quién dijo qué... a vos te falta humor.
-Te estoy provocando Turco, a ver si bajas un poco la guardia- su amigo lo miró desconfiado, Atilio no hacía más que desconcertarlo y esperaba a ver qué iba a decir ahora. -¿Sabés cuál es tu problema?-.
-A ver, ilústreme Freud- respondió irónico, la palabra Freud no era común en su vocabulario y sonaba algo extravagante.
-Tu problema es que no te dejas querer, tenés tanto miedo a que te quieran bien que te metés en todos esos quilombos innecesarios con pendejas en los que tenés que andar escondiéndote o haciendo esas boludeces. Y no sólo eso, no te dejas querer por alguien a tu altura porque te sentirías intimidado, te da miedo sentirte en igualdad de condiciones-.
-¡Mira que decís boludeces, eh!-.

A pesar de su rechazo, por primera vez el Turco daba crédito a las palabras de su amigo, si bien aún no estaba preparado para asumir lo que Atilio le decía, se permitía desconfiar de que guardaban algo de cierto. Hizo una introspección al respecto de sus relaciones que no duró más de lo que dura un flash y desvió nuevamente su mirada por la ventana del café. Contó pasar no menos de diez perros en sólo cinco minutos. 

-Parece que la gente no tiene otra cosa que hacer que criar mascotas-.
-Viste che- respondió Atilio sabiendo que su amigo intentaba desviar la atención. 
-Los perros son tan fieles- esbozó con una voz apenas audible, como si se le hubiera escapado.
-¿Te asusta?-.
-¿Qué cosa?-.
-Eso, la fidelidad-.
-¡Cómo me va a asustar, Atilio! Otra vez estás meando afuera del tarro, ¿te tomaste la fiebre?-.
-Si seguís así no vas a cambiar nunca Turco-.
-¡Y vos de dónde sacaste que yo quiero cambiar!-.

Al mozo se le cayó la bandeja y el sonido a tazas y vasos rotos hizo un estruendo que resonó en todo el lugar. De la mesa vecina una mujer se levantó enardecida, limpiándose los pantalones a causa de las salpicaduras de café. Sus ojos furibundos apuntaban contra el mozo.

-Disculpe- dijo éste, avergonzado. Su rostro se había teñido de rojo y el aro en forma de tronco que colgaba de su oreja ahora sobresalía de su cabeza ridículamente. La mujer estuvo a punto de decirle algo pero se aguantó, podía observarse el esfuerzo que hacía por tragarse las palabras. Sobrevino un silencio tenso que duró cuatro o cinco segundos, luego su gesto se distendió. 
-No pasa nada- respondió ya más aliviada, evaluando las consecuencias del asunto sobre sus piernas. 
-Disculpe- repitió el mozo, debatiéndose entre levantar los restos del piso o ayudar a la mujer de alguna forma. -¿Quiere que le alcance un trapo?-. 
-No te preocupes, está todo bien-.

Atilio observó el gesto de ella endurecerse y ablandarse en tan corto tiempo, algo en todo aquello lo sedujo. Pudo notar también un oyuelo que se le marcaba en el pómulo izquierdo al momento del enojo, justo debajo del ojo, que ahora había desaparecido. Sus miradas se correspondieron.

-Te queda bien enojarte- le dijo. 
-¿Debería tomarlo como un cumplido?-.
-Tomalo como quieras- dijo Atilio -de todos modos te queda bien-. Ella finalmente sonrió. 
-¿Quieren que los deje solos?- preguntó el Turco, dejando entrever ciertos celos en una carraspera que no tenía naturalmente.
-Tu amigo es medio controlador-.
-Lo necesario, no más- respondió Atilio -pero es inofensivo-.
-Bueno, bueno, qué soy yo...- dijo el Turco algo afectado.
-Sentate, acercale una silla Turco, dale, no seas desatento-. El Turco se paró enseguida, aunque con disgusto, no le gustaba que le dieran órdenes. Ella permaneció unos instantes dubitativa y finalmente accedió. Sus movimientos eran suaves, tenían una elegancia algo forzada. Antes de sentarse pasó la mano por el respaldo de la silla y se corrió un mechón de pelo que le caía por la frente.
-Agustina- dijo, a modo de presentación, extendiéndoles la mano. 
-Veo que te tiñeron los pantalones Agustina- dijo el Turco.
-Te estás vengando- respondió ella risueña -te molestó lo de controlador-. Los tres rieron.

Ahora todo se había transformado en un partido de tres y las cosas se complejizaban. No es lo mismo una relación dual que una triádica en la que todo debe estar más equilibrado, y mucho menos cuando la que se suma es una mujer a la que se intenta demostrar la masculinidad.

-¿Qué opinas de los perros?- le preguntó el Turco, encendiendo un cigarrillo y metiendo una de sus monumentales pitadas.
-¿Viste qué pitadas más profundas que mete mi amigo? Se cree que es el rey de la selva- dijo Atilio.
-¡Cortala con eso, che!- dijo el Turco ya al borde del enojo.
-Disculpame Turco, tenés razón. Pero jamás vi a alguien que goce tanto con un cigarrillo-.
-No sé, prefiero los gatos- respondió ella. 
-Yo sabía- esbozó Atilio.
-¿Qué sabías?- preguntó el Turco.
-¡Qué iba a preferir los gatos!-.
-Y por qué sabías que iba a preferir los gatos?- preguntó Agustina.
-Porque tenés esa pose de mujer independiente, y se supone que los gatos son una especie que se identifica con eso-.
-Disculpalo, a veces se cree psicoanalista y se pone insoportable-.
-Zooanalista- dijo Atilio, algo burlón.
-Algo de razón tiene- dijo ella -las mujeres tendemos a la sobreactuación de nuestra propia independencia, es un modo de reafirmar nuestro género. Los gatos son ideales para eso, ¿no les parece?-. Tanto Atilio como el Turco quedaron algo desconcertados.

El mozo volvió a aparecer con un café para Agustina y el Turco aprovechó para pedirle una cerveza. Ya pasó la hora del café, dijo. 

-Agustina tiene razón- dijo Atilio -las mujeres son como los gatos, no pueden sentir el menor afecto por nadie-.
-Tu amigo es insoportable, tenés razón Turco-.
-Viste- respondió el Turco, siempre pitando. Ahora el partido se balanceaba en su favor, hincó el pecho y descargó todo su peso en el respaldo de la silla.
-Además, ¿de dónde sacaste que los gatos no son afectivos?-.
-Y, vos viste que ellos hacen la suya y lo que pase alrededor no les importa-.
-En ésta le doy la razón a mi amigo- dijo el Turco.
-Y qué tiene de malo eso- esbozó Agustina -¿tienen que estar siempre como esclavos dependientes del amo?-.
-Viste, yo sabía Turco-.
-¿Qué es lo que sabías?-.
-Que Agustina tiene necesidad de sobreactuar su independencia-.
-¿Tu amigo es siempre así?- Agustina volvió a interpelar al Turco, su frente se había contraído levemente.
-¡Peor que eso! Lo que pasa es que anda medio misógino últimamente-. El partido volvía a balancearse.
-¿En serio? ¿y por qué?- preguntó Agustina.
-Es que me rompieron el corazón- 

El mozo se acercó con la cerveza y tres vasos que fue apoyando en la mesa.