miércoles, 12 de febrero de 2014

Diario de Cali (fragmento)

Miércoles 9-2.
Día en Palmira.

 -¿Cómo llego a Palmira?- pregunto.
-Vaya hasta la terminal y tómese un bus que lo lleva derechito, en media hora está-.


Freno un taxi para ir hasta la terminal de ómnibus, no quiero perder tiempo, ya es casi medio día. En lugar de sentarme atrás, tomo la mala decisión ir en el asiento del acompañante. El tránsito es tremendo. En la Avenida de las Américas nos agarra un trancón que nos detiene completamente, no nos movemos ni quince centímetros. Posiblemente en bus hubiera llegado más rápido, nunca se me ocurre tomar taxis. A nuestro lado se abre el portón de una casa y un jeep color celeste, clarito, que sale de éste, se pone perpendicular a nosotros. Apenas el tránsito avanza un poco mete la trompa y se manda adelante del taxista en una maniobra soberbia y peligrosa. El taxista le toca bocina y comienza a insultarlo, recriminándole. Del jeep se baja un hombre y camina hacia nosotros. Es delgado, viste un pantalón de tela color claro y una camisa suelta desde la que sobresale un bulto a la altura de su cintura. Lamento haberme sentado en el espacio del acompañante. Se acerca hasta la ventanilla. -Oiga- le dice al taxista –¿es que usted quiere morir por un espacio?-. El taxista no dice nada y cuando el hombre se aleja masculla por lo bajo, tragándose sus palabras. No le queda opción. La escena se produce tan veloz y naturalmente que ni siquiera tengo tiempo a asustarme o reflexionar, lo mismo que el taxista, quien parece estar bastante acostumbrado. -Así es Cali- me dice cuando bajo.

Tomo el bus a Palmira. Viajecito de cuarenta minutos, casi una hora. Recién entonces me tomo el tiempo de reflexionar. ¿Ese hombre hubiera disparado ahí mismo, en medio del tránsito? ¿Se hubiese limitado al taxista o me hubiese limpiado a mí también para no dejar testigos? Se supone que luego de los descabezamientos de los principales carteles, en Colombia algunas cosas se han tranquilizado un poco. Sin embargo, en Cali aún restan signos de violencia y algunos “mini” traquetos todavía se mueven con mucha impunidad.

Tengo pensado conocer la estancia El paraíso, donde Jorge Isaacs situó la historia de amor de María y Efraín, novela ícono del romanticismo latinoamericano. Llego al crucero donde debería haber un bus esperando para llevarme al sitio, pero me dicen que esos sólo salen los fines de semana, que si quiero ir tengo que tomar un taxi. No leí la novela, no la pienso leer, no me interesa más que por simple curiosidad. Conclusión: no voy a pagar semejante trayecto para mirar una estancia que para mí no significa nada ni lo va a significar nunca. Prefiero volver a Palmira y conocer la ciudad. Dos catedrales -interesantes sí- y una gran cantidad de negras hermosísimas. Eso es todo lo que hay en Palmira (y la reserva Nirvana, ¿privatizada? que tampoco pude conocer). Camino un rato por el centro. Es tremendamente pobre, y según dicen las malas lenguas, habitan gran cantidad de ladrones, pero eso es algo que por esta zona se dice tanto que ya uno no sabe cuándo es cierto y cuándo no. Lo que sí consiguen es ponerlo a uno paranoico hasta el punto que no saber si quedarse encerrado y no salir ni a caminar o hacer todo lo que le da la gana y arriesgarse a terminar violado en algún descampado. Yo generalmente opto por lo segundo, sólo espero no terminar en el descampado.

Pese a estar a escasos treinta o cuarenta kilómetros, por alguna razón en Palmira hace bastante más calor que en Cali y a la hora de la siesta todos los negocios cierran sus persianas y la gente desaparece. Frente a ese panorama decido volver a Cali. El bus de vuelta se toma frente a la estación de trenes de Palmira, una estación hermosa y abandonada, algo a lo que los latinoamericanos debimos acostumbrarnos durante la década de los noventa cuando por designios “primermundistas” tuvimos que resignar nuestros trenes o entregarlos al mejor postor. Vuelvo a la loma de San Antonio.


Decidido, me compro el tiple. Encuentro una vez más a Liz. Liz más tiple, una buena combinación. Liz se va, tiene curso de secretariado bilingüe y me quedo solo con mi tiple. Al rato, como me pasa con todo, me aburro del tiple y me pregunto para qué lo compre. 

lunes, 10 de febrero de 2014

Diario de Cali

Viernes 18-2.
Me despierto a causa de los ruidos provenientes de la sala de estar, mi sueño es cada vez más liviano y no hace falta gran cosa para que lo pierda. Aún son las nueve de la mañana, algunos rayos de luz se filtran a través de la ventana. Estoy muy cansado, no dormí bien. No sé por qué me cuesta tanto descansar bien en Cali. Me despierto varias veces en la noche, por una cosa o por otra. Recuerdo haberlo escuchado a Mateo cuando se iba a trabajar. 

Llamo a TAME, quiero cambiar el vuelo para el lunes. No hay ningún problema, sin costos. Algo me hace dudar. Todo no puede ser tan fácil. Llovizna y me quedo mirando el agua caer por la abertura que da al living. Hago mi mochila -no quiero molestar más en casa de Pao- y me tomo un taxi hasta lo de Mauricio. Almorzamos cerca de su casa por cuatro mil pesos, en una casa particular. Dos chicos entran y salen con las mochilas y sus uniformes escolares, me siento como en un paladar de La Habana. Al salir buscamos un colchón en la casa de su hermano, me da un juego de llaves y se va a trabajar. La lluvia cesa y va dejando espacio a un sol que se asoma tímidamente.

Camino hasta el Cosmocentro, necesito cambiar plata. A esa altura el sol ya brilla con todo su esplendor y me hace transpirar un poco. El clima está muy cambiante, igual que todo, principalmente las emociones. Sobre un banco en la Quinta hay un chico tirado, de aproximadamente veintidós o veintitrés años, y un charco de sangre espesa debajo, desparramándose sobre la vereda. Si está o no muerto resulta un misterio. A su lado hay dos policías, con la misma actitud que si esperaran turno en una cancha de fútbol 5. Las cosas que veo por momentos me resultan tan surrealistas que no sé si tomarlas en serio o pensar que me las estoy inventando. Una vez en el Cosmocentro cambio cincuenta dólares, probablemente demasiado para el poco tiempo que me queda y me siento en el patio de comidas a escribir en mi computadora.

Recibo un mail de mi hermana tomando posición sobre un problema grave que tengo con mi vieja. No me gusta que tome posición respecto a algo que no conoce, de todos modos le respondo en forma bastante amable: Querida hermanita... Al rato me llama Lucía, que el miércoles va para Esmeraldas, que nos vemos ahí. Obviamente no le creo, pero hago como que sí. Hasta no tenerla presente en carne y hueso a Lucía no puede confiársele mucho, y aún así, presente en carne y hueso, es capaz de evaporarse en cinco segundos para no vérsela más.

Cuando vuelvo por la Quinta ya no están ni el chico sobre el banco, ni los policías, ni la sangre derramada en la vereda. Comienzo a dudar realmente sobre mis aptitudes mentales, y si no fuese por algunos rastros rojos entre las baldosas podría pensar tranquilamente que lo soñé. Alguien se tomó el trabajo de llevarse el cuerpo y de limpiar la vereda. Si hay miseria que no se note. Cali es caliente hasta cuando hace frío. Llamo a Liz, que recién sale del trabajo. Hoy no tiene curso, le digo que venga hasta lo de Mauricio. Alcanzo a dormir unos minutos y suena mi teléfono, es Liz que está abajo. La hago subir y apenas entra hacemos el amor. 

Bajamos hasta la primera y me como una presa de pollo con una papa y medio plátano por tres mil ochocientos pesos (casi dos dólares). Ya está oscureciendo. Me aparece un mensaje en el celular. Andrea, si quiero ir para San Antonio a escuchar a los cuenteros y después para lo de Everth. No le respondo. Liz me cuenta más sobre su historia (no digo su vida porque más que una vida lo suyo es una Historia). Me entero que su padre estuvo preso, por abusar de un menor de edad, que era su primo. Suena fuerte y hasta parece invento. -Me da pena (pena en Colombia significa vergüenza) contarlo- dice. Es increíble cómo puede reprimir algunas cosas y contar otras con tanta naturalidad. Me cuenta eso a raíz de un acontecimiento que tuvo con su padrastro cuando lo encontró mirándola. Al contarle a la madre, le echa en cara que se esté inventando cosas y para justificarse le trae a cuento ese episodio de su padre. Culpabilizar a la víctima, hacía solo unos días había tenido una dura discusión sobre el tema. A raíz de ese episodio se fue de la casa y anduvo yirando algunos días por habitaciones ruinosas. Cada vez me resulta más extraordinario, y considero casi un milagro que Liz sea quien es y que no haya terminado como su hermana, que, lamentablemente, tiene mucho peor pronóstico. Ya ni va a la escuela y anda con una junta que en cualquier momento va a traer noticias. Es evidente que algunos destinos están perdidamente amarrados al azar y un cambio de viento puede producir catástrofes.


Me despido de Liz justo debajo de su barrio. La veo caminar y me quedo mirándola solo con el propósito de observar si da vuelta su cabeza. Desde abajo Siloé se ve muy pintoresco, con las luces de sus casas desperdigadas contrastando con el negro de la noche y su estrella encendida casi en la cima del cerro. Espero hasta que la veo perderse y nada, no atina ni por un instante a darse vuelta. Su excesivo pragmatismo me causa escalofríos. Supongo que es la única manera de sobrellevar una existencia tan compleja. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Diario de Cali (fragmento)

Viernes 11-2.
Mauricio me manda un mensaje temprano. Tiene que viajar por trabajo a Mariquita todo el fin de semana y es posible que no nos volvamos a ver por este viaje. Me dice de almorzar, quedamos para encontrarnos por el centro a eso de la una. Aún son las once y aprovecho para averiguar vuelos a Esmeraldas, Ecuador. En el inicio tenía pensado hacer ese viaje por tierra, pero Cali ha consumido mi tiempo y ya no me queda más que hacer ese tramo de un tirón. En avión es más rápido, más seguro y hasta podría resultar más económico o relativamente lo mismo (teniendo en cuenta los gastos de buses, alojamiento, comida, tiempo y sin contar un posible asalto entre Popayán y Pasto zona bastante complicada y plagada de Paramilitares).

El cielo se encuentra cubierto de nubes, lo que da algo de tregua al calor eterno de Cali. Al cruzar la Quinta veo cómo un auto golpea a un motociclista que luego de arduos intentos por mantener el equilibrio termina tirado en el asfalto. Se incorpora inmediatamente, levanta su moto y maldice a todos los presentes menos al responsable ya que nunca se le ocurrió frenar para cerciorarse si lo había matado. Me tomo un jugo de Mango en leche en un puesto sobre la Carrera Seis con la calle Ocho y no sé por qué razón a la mujer que atiende se le ocurre preguntarme si creo en brujas. Su tez es blanca pero sus rasgos delatan claramente sus orígenes africanos.


-No creo, pero que las hay, las hay- le digo, tratando de resultar amable.
-Pues aquí en el sur conozco muchas brujas, y a una conocida mía le llenaron el estómago de lagartijas- me dice.
-No haga caso a esas cosas mija- le dice un hombre de unos cuarenta años, que atiende un puesto de libros a su lado -en pleno siglo veintiuno haciendo caso a esas cosas-.
-Pues mire que ahí no se puede mirar mal a la gente porque a uno lo embrujan- replica ella, muy seriamente. -¿Qué uste´ no cree en la maldad? El librero se limita a refunfuñar y me dirige una mirada cómplice.



Al rato llega Mauricio y vamos a almorzar. Cuatro mil pesos. Jugo de aguapanela con limón, crema de espinaca (con papas fritas arriba, nunca visto), pollo asado con arroz, ensalada y pasta. Me cuenta sobre su militancia en derechos humanos en la ONG, era el contador oficial, todavía mantiene ese cargo debido a que desde hace dos años no hubo reunión para reemplazarlo. -Ya no mandan plata desde Europa- se queja- es mucho trabajo y no hay plata pa´nada-. Visitan presos políticos, guerrilleros, sindicalistas, etc., y tratan de velar que sus derechos se respeten. El coordinador de la ONG en la zona de Cali se llama Walter X -ex novio de una amiga mía que terminó viviendo en Buenos Aires. Como ya dije, emigrar es una de las prioridades del Colombiano, principalmente del caleño.

viernes, 7 de febrero de 2014

Diario de Cali (fragmento)

Domingo 6-2.
Domingo con guayabo (tremenda resaca).

El tequila y el whisky todavía me marean. Compro un jugo en la esquina del movimiento. Un pan de bono, esperando que por su carácter esponjoso absorba el exceso de alcohol que hay en mi cuerpo. Hablo con Liz. Tiene problemas en su casa. Pelea con su padrastro a causa de su hermana. La echa de la casa. Esta furiosa y casi llora al teléfono. No tiene adónde ir. Le digo de encontrarnos para conversar un rato. A las tres en la estación El Lido del MIO.

Aún son las dos. Camino por la quinta sacando fotos a los grafitis. Las paredes de Cali se llenan de consignas políticas, posiblemente producto del escaso lugar que tienen los medios tradicionales de comunicación para la crítica. Consignas de izquierda. A favor de los líderes de las FARC. Retratos de los caídos. Evocaciones a Camilo Torres, a Marulanda, etc. Cali es una ciudad en la que si uno forma parte de la poca clase media o alta vive muy agradablemente, pero que guarda una pobreza extrema y enorme. Según las últimas estadísticas el setenta y cinco por ciento de la población es pobre, y su pobreza no es la misma que en países como Argentina o Uruguay en que todavía existe un estado capaz de cubrir algunas necesidades básicas como salud pública o educación. En Colombia se paga hasta la educación inicial y la salud pública no existe.

Me encuentro con liz y caminamos por la carrera cincuenta hasta la plaza de Palmeto. Nos sentamos en un banco, apoyo mi cabeza sobre sus piernas mientras me acaricia la frente. Casi me duermo. El mareo todavía no se va. Ella está tranquila, Liz es fuerte. Mucho más fuerte que yo. Probablemente producto de haber crecido en uno de los barrios más peligrosos e inestables del planeta. No sobreactúa sus problemas, ni siquiera se detiene a pensar de más en ellos. Los vive en forma existencial, pero sin angustia. Si algo puede solucionarse se empeña en hacerlo y si no tiene solución no le presta más atención. Admirable. Si hay algo que me llama la atención cada vez que nos despedimos es que nunca mira hacia atrás. Se suba a un taxi o a un bus ella no da vuelta la cabeza para despedirse. Es excesivamente pragmática. Ese es su fuerte y la herramienta que la va a sacar adelante. Yo soy exactamente lo contrario, lo mío es pura melancolía, un continuo mirar atrás que a duras penas me deja avanzar de vez en cuando.


-Y qué pasó en tu casa- le pregunto, preocupado.

-Nada, no se preocupe, ya pasó- amo cuando me llama de usted.

lunes, 22 de abril de 2013

Nacimiento de una copla


(Este texto parte de un conjunto de relatos sobre la región del NOA).





Empanadas, picante de mote, asado, guisos, locro, hojas de coca, chicha, vino, jugos, arroz con pollo, kalapo, cordero, cigarrillos encendidos. Una combinación de olores y colores maravillosa a punto de ser ofrecidas a la tierra. El viento está tan ausente que los secretos están prohibidos. Junto al pozo dejo dos cartones de vino Toro -uno tinto y otro blanco, para evitar la monotonía- que compré antes de venir en el único mercado abierto. El pueblo quedó totalmente vacío, en las calles solo quedan algunos burros perdidos. Una vez más en la cancha de La banda -como si el fútbol sirviera de marco general para todos los intercambios- con un sol de agosto que raja la tierra y que hace necesaria una media sombra para no terminar todos como charque entre la tierra. Es el primer domingo de Agosto y comienza la convivencia por la pacha. Hugo y Delfor están parados frente a un altar improvisado, con sus sotanas blancas intercaladas por unas franjas coloridas bordadas con motivos originarios que les dan un aire festivo.


Todos se separan por comisiones.


-que nadie quede sin comisión, dice Delfor, viendo a algunas personas que, como yo, todavía pululan sin grupo-.


Voy a dar a la comisión de Cáritas, solo porque me encuentro a la profe Mirta que me dice -quedáte acá-. Mirta es una antigua maestra salteña, conocida por todos, que vive en Iruya hace cientos de años, y la encargada de explicarme el funcionamiento del ritual,


-esto es una mezcla entre los viejos ritos incaicos, y los ritos católicos, un… hay una palabra para eso- me mira para que la ayude.

-Sincretismo- le respondo.

-Eso- me dice –un sincretismo. Esto es energía cósmica, se ofrece a la tierra porque luego se transforma en energía que vuelve, nosotros nos comemos a la tierra y sus productos y más tarde la tierra nos va a comer a nosotros y  vamos a volver a ella. Por eso se abre el pozo, a sesenta centímetros de profundidad, y se depositan los alimentos, en agradecimiento, para devolverle, siempre en pareja, por eso hay que pasar de a dos y juntar ambas manos al ofrecer la comida. Al final de la ceremonia se cubre el pozo con una piedra y al año siguiente se destapa. De acuerdo a cómo se vea así va a ser el resto del año. Si la piedra está húmeda es momento para sembrar o gastar, si la piedra aparece seca mejor cuidarse y guardar-.


Por el cielo se cruza un conjunto de tres nubes, apenas visibles pero que sirven para disminuir los rayos solares por unos minutos. Ni siquiera son capaces de emitir alguna sombra pero generan una sensación extraña, como si algo fuera a suceder. Yo pienso en esa dualidad de las costumbres de las que habla la profe Mirta, en esa relación incierta en la que todo vuelve, en la que nada termina nunca, en la que las oposiciones no son tan marcadas como la cultura occidental quiere mostrar. El padre Hugo nos mira desde el altar, como diciendo, ya es hora, y Mirta vuelve su mirada al grupo y con una voz pausada y muy dulce, dice:


-Bueno, lo que tenemos que hacer ahora es leer este pasaje (mostrando unas hojas volantes que nos reparte a todos) y después debatir, ¿quién quiere leer?-.


Se ofrece una mujer de unos cincuenta años aproximados con unos lentes angostos y marcos negros. El pasaje seleccionado es del evangelio según San Juan, capítulo sexto, refiere al alimento para saciar el alma en pos de la mediatez individualista y a la trascendencia, y culmina con las palabras de jesús: “yo soy en pan de la vida. El que viene a mi jamás tendrá hambre: el que cree en mi jamás tendrá sed“.


Por alguna razón, el sonido de la lectura de la mujer en el silencio del valle me traslada a mi niñez y a la radio de mi abuelo transmitiendo un partido de fútbol perpetuo. Una voz constante rompiendo la monotonía y la eternidad de los domingos. Acaba la lectura y nadie dice nada. Se produce un silencio incómodo que dura varios segundos. Mirta abre los brazos, esperando opiniones. Silencio. Pasan varios segundos más y nada. Silencio. Entonces yo (solo a los efectos de eliminar otro silencio incómodo) digo:


-El pasaje refiere al alimento como un medio para saciar necesidades espirituales, dejando de lado las materiales-.

-Claro- asiente Mirta. Entonces, una cholita con un vestido rojo plateado incandescente y un pañuelo que le rodea la cabeza y parte de la cara, se anima.

-Somos egoístas, no nos gusta compartir, lo queremos todo para nosotros mismos-.


Resulta curioso escuchar esas palabras en personas que están dejando lo poco que tienen alrededor de un pozo cavado en uno de los ángulos de una cancha de fútbol en medio de la nada, para compartir con la tierra y con el resto de los presentes.


Todavía puede verse aquel conjunto de nubes, pero, ya lejos, no alivian el sol y sus rayos amenazantes nos dejan rehenes de la media sombra. Otra chica, mucho más joven, de unos quince o dieciséis años, vestida con un jean y una campera verde Adidas, dice:


-El pasaje habla sobre la comida y la importancia del alimento como espíritu, de compartir con todos y con la pacha-. Mirta lo anota y me pregunta,

-¿Cómo era eso que dijiste?- me avergüenza un poco.

-No me acuerdo- digo primero, y luego -la importancia del alimento para saciar necesidades espirituales dejando de lado las materiales- y lo anota.


Las reflexiones se van anotando con un marcador negro en una lámina amarilla que el padre Delfor leerá más tarde, durante una misa, también producto del sincretismo, que nunca podría ser comprendida en una catedral urbana.


-Ahora tenemos que escribir una copla- vuelve a decir Mirta.


Y, a diferencia del debate sobre el evangelio, como si fuese un terreno sobre el que se sienten mucho más cómodas, son varias las que se ofrecen para hablar. La misma chica de campera verde que había hablado antes, compone una que sintetiza maravillosamente el debate anterior:



Pacha, santa tierra
No me comas todavía,
Mira que soy jovencita
Tengo que dejar semilla.


Las nubes desaparecieron por completo sin dejar rastro. El sol sigue apuntando sus rayos quemantes de un fuego abrasador amenazante. Comienza la misa por la convivencia y los padres dejan lugar a una mujer oscura con una voz honda que recita la copla en homenaje a la pacha.

miércoles, 6 de marzo de 2013

12 de abril.


Corrían para todas partes. El movimiento era intenso, nadie lograba entender qué es lo que estaba pasando. Muchos ni siquiera sabían qué clase de ordenes estaban obedeciendo ni de donde venían. Mucho menos quién las impartía. El búho de minerva solo despliega sus alas al atardecer, uno solo encuentra explicaciones una vez que  aclaró, cuando puede establecer una relación mínima entre causas y consecuencias. Pero en ese momento todo era confusión, algunos daban órdenes y otros las acatábamos sin saber ni siquiera de qué lado provenían. De haber camisetas, como un juego de fútbol, todo hubiese sido distinto, pero no había ni uniformes distinguibles para entender. 

Era de noche, las cosas habían ocurrido en forma extraña, como ocurren de noche, cuando operan fuerzas oscuras intentando cambiar la historia, alejados del pueblo y con la menor cantidad de  testigos posibles. La conspiración era un rumor incierto, que no terminábamos de creer. Yo me había acercado hasta ahí, casi por casualidad, más confundido que el resto. Entonces vi a un hombre sentado sobre una silla con las patas y el respaldo de hierro, sereno, mucho más sereno de lo que pudiera haber estado cualquiera. Esperando, pero en una espera paciente. Para mi fue como encontrarme con un prócer, con un fantasma, alguien lejano que uno solo conoce a través de historias o manuales. Pero ahí estaba. Tardé en reconocerlo, por esa distancia que impone el contexto, la distancia entre las imágenes y lo real. 

Entonces aparecieron otros, que tampoco sabían, que no tenían idea y nos miramos, como preguntándonos de qué lado estábamos, porque ni siquiera teníamos eso en claro. Pero sus ojos parecían transmitir las mismas ideas que tenía yo, y lo miramos a él que seguía ahí, sentado, paciente, con una libreta en la mano en la que escribía quién sabe qué cosas y nos miró y todos nos volvimos a mirar ya seguros de que era él. Y entonces levantamos los fusiles al mismo tiempo que nos poníamos a su lado, frente nuestro apareció otro grupo de  oficiales, que no estaba con nosotros, que ni siquiera sabía dónde estaba, ni con quién, porque actuaban movidos por esa lógica incierta obedeciendo órdenes vertidas desde lugares remotos que ni siquiera conocen. 

Pero la historia estaba de nuestro lado, más porque teníamos claras las ideas que por otra cosa. Y fue ahí que, ante el escenario que ya planeado, empuñando mi fusil más fuerte que nunca, y torciendo la historia, grité: 

-si matan a este hombre nos matamos todos-. 

lunes, 11 de febrero de 2013

El mariachi.

El mariachi espera. Se sienta en un sillón de felpa, se cruza de piernas, apoya sus brazos sobre sus piernas. Espera. Sobre las paredes del local -un cuarto de tres metros por cuatro, a la calle- puede observarse un perchero con las ropas colgadas. Trajes bordados, para seis u ocho personas, verdes, marrones, negros y blancos. De las paredes cuelgan las vihuelas, de costado, reposando sobre sus cajas. Las trompetas verticales, casi al fondo, relucientes. Tres tololoches descansando contra otra pared. Una lámpara se llena de insectos que pululan sin rumbo. 

El mariachi espera. Se duerme, cierra los ojos. Los abre. Estira sus brazos, los vuelve a apoyar sobre sus piernas. Desde un parlante, pequeño, se escucha la voz de Vicente Fernández. Llorón. La noche pasa lenta, los insectos pululan, nadie los reclama. Los románticos se están acabando, piensa. Nada de serenatas. Los mariachis cobran cien dólares la hora, casi setecientos pesos bolivianos. Es una buena suma, pero son muchas cabezas para repartir. Una noche sin servicios es una noche vacía. El mariachi vuelve a su cuarto, solo, nostálgico. Sin un peso. Cuando aparece algún contrato vuelve sin un peso igual, pero bañado en alcohol. Hediente. Feliz. La renta de su pieza es de doscientos pesos mensuales, eso se consigue, no es un problema. Pero para el alcohol es más difícil, y en Santa Cruz sin alcohol no hay noches alegres, mucho menos mujeres. La camba toma porque toma. 

El mariachi espera. Cierra los ojos, se duerme, los vuelve a abrir. Estira una vez más los brazos. Sueña. Un auto se detiene, se entusiasma. Pregunta por una calle y se va. La noche se va en espera. Vicente Fernandez sigue con su orquesta. Rancheras, huapangos. Mi querido viejo, de Piero. El mariachi piensa en su padre, si estuviera vivo. Rancheras. Y en su madre. Boleros. Todos los boleros que sabe los sabe por ella. Sueña otra vez. Los insectos pululan junto a la lámpara. Sin rumbo. La noche se va vacía. El mariachi vive solo. No es una buena vida para compartir, mucho menos para criar hijos. 

El mariachi espera.