jueves, 26 de marzo de 2015

Amor cruel


Yo todavía estoy demasiado metido en esta historia, le dije, para qué te voy a mentir.
Ella juntó los labios, sus ojos se opacaron, desilusionada, pero al mismo tiempo sabiendo que eso podía pasar. Se lo conté desde el primer momento, sin ocultarle nada. Mirá Gimena, yo acabo de salir de una historia complicada, le dije al conocernos, claro que en ese momento se lo dije seguro, demostrando una seguridad que no tenía, como una decisión tomada, sin regreso.

Sin embargo, la historia no había terminado nada y todavía había carretel para seguir tirando. Sol no estaba en uno de los mejores momentos de su vida, su discurso se venía desmoronando desde hace tiempo, de ser la mujer más feliz del mundo con el marido perfecto, había pasado a asumir que su felicidad estaba basada en suposiciones con poco fundamento… o sí, quién sabe, y las cosas habían cambiado como cambia una marea y hace que el mar se pinte de un azul más oscuro y lo que antes nos gustaba ya no nos gusta ahora y nos parece una mierda. La cosa era que Sol ya no tenía demasiado claro nada. Quiero que mi matrimonio funcione, me decía cada tanto, pero sus palabras cada vez resultaban menos creíbles. Para peor, le había contado todo a su marido, un año de salidas ocultas conmigo, ¡un año! Ni siquiera habían pasado dos meses de casados cuando empezamos a vernos. Y el tipo no había hecho más que golpear algunas paredes con el puño y amenazar con que iba a venir a buscarme –cosa que a mí no me preocupaba demasiado, y hasta me resultaba simpático, qué pueden hacerme un par de golpes más en el cuerpo, golpes que por demás eran el signo de su propia debilidad-. Ni siquiera se tomó una semana para pensarlo, como para que ella entrara en razón o se asustara un poco, no, unos gritos y unos golpes a las paredes y la posterior vigilancia, lo que a mi parecer lo hacía ver más ridículo. Quién sabe estoy embarazada, se dio el lujo de decirle también y el otro se puso más loco. ¡Cuánto habrá pensado en mí! Pero ninguna mujer perdona eso, hay cosas que si no se sienten es necesario actuarlas, decía mi vieja.

Yo desde entonces me dediqué a escribir en mi muro algunas provocaciones, sabía que él se había obsesionado conmigo, ella me lo había contado y miraba mis publicaciones como si en ellas pudiera encontrar algún secreto que no encontraba frente a sí mismo. ¿Qué esperas, que reaccione? me preguntó Sol al verlas, sos un provocador. Sin embargo lo que ella estaba esperando –aunque no lo expresara- era que reaccionara su marido, de alguna forma, dejándola por un tiempo, cogiéndose a otra, demostrándole que aún guardaba algo de dignidad o siquiera dándole un golpe, un golpe duro y a la cara, que le dejara el pómulo morado y le hiciera ver que tenía los pantalones puestos, qué se yo. Pero el tipo no reaccionó y ella a las dos semanas estaba nuevamente en mi cama, gozando como nunca, soltando gritos al aire como perra en celos y diciéndome al oído que nunca había probado una pija tan grande y tan rica como la mía. Cualquiera sabe que un pene es un elemento exclusivamente imaginario, que una pija es una pura proyección. Y cualquiera sabe también que si hay algo que una mujer no puede perdonar es la falta de dignidad, después de ahí se transforma en una hiena -es casi instintivo- que busca humillar y hasta sacrificar o comerse a su ex pareja, que se transforma en una masa amorfa viscosa, inaguantable. Los deseos son irrefrenables, es algo que nace adentro del estómago y se expande hacia las extremidades, y lo peor es que ni siquiera lo nota, yo todavía lo amo, lo que pasa es que el amor se transforma, etc., o venía con lo de que su matrimonio funcione. Pero es un proceso sin vuelta atrás. Una cuestión darwinista, dirán, casi como el castigo y la necesidad de eliminar al más débil, al lastre que dificulta la evolución y la supervivencia de la especie. Yo lo sabía, saltaba a la vista, cualquiera podía saberlo, pero no podía decirle estas cosas para que no se enojara conmigo, aunque ella misma las decía, pero de la misma forma que “la bella indiferencia de las histéricas” según Charcot, que hablan sin sentir, ella hablaba sin escucharse.

Cuánto puede dejarse humillar una persona, pensé. En un principio me caía simpático, como ella me lo pintaba parecía una buena persona y me causaba cierta pena que todo esto sucediera así. Sin embargo, el patetismo y la humillación habían ido transformándolo en un ser algo despreciable. En pequeñas dosis podía pasar, despertar cierto cariño y hasta compasión (aunque no sea el mejor de los sentimientos). Pero cuando la humillación traspasa ciertos límites lo único que despierta es rechazo, después de todo, es imposible querer a nadie que no se tenga un poco de amor propio, y mucho menos cuando su postura termina obturando el desarrollo natural de las cosas. Ella podía haberme llevado a su casa, podíamos haber cogido desenfrenadamente frente a sus narices y de todos modos, su dependencia repugnante, lo hubiera hecho perdonarla. Ya no era un hombre lo que tenía, si no un hijo o un hermano menor.

Ella también había comenzado a odiarlo, con toda su alma, le debo tanto, llegó a decirme cuando la acompañaba a tomar el subte -después de tener uno de nuestros encuentros sexuales monumentales-. Cualquiera sabe que cuando se llega a esos límites no hay vuelta atrás, el amor puede ser agresivo, puerco, cruel, reventado y hasta mortal, pero no hay nada peor que el amor condescendiente. Eso y la humillación son la misma cosa, y hay cosas que una mujer no puede perdonar.

Gimena me escuchaba atenta, con su atención de psicoanalista, atendiendo a su pose, seria, desviando la energía para otro lado, con su tono inalterable de quién escucha o intenta escuchar sin afectarse. Pero cualquiera podía notar que estaba sufriendo, Gimena tenía un discurso demasiado armado y por momentos me daba respuestas como si yo fuese su paciente, aunque en cualquier momento podía desmoronarse y echarse al piso a llorar. De haberlo hecho, posiblemente me hubiera cautivado más, pero yo podía notar su pose, la veía asomando tan claramente, sabía que ella actuaba para mí, que me había transformado en su objeto de amor, que sus respuestas suponían lo que yo quería escuchar, y no hay nada que me ponga de peor humor que eso.

Volví a hablar, le dije, volvimos a vernos, y su cara se desfiguró, fue sólo un instante, inadvertido para alguien distraído, pero no para mí. Pude ver su piel tensarse pero era buena para recomponerse, como el boxeador que cae y se levanta veloz, intentando que los jueces no noten el impacto del golpe que estuvo a punto de dejarlo ko. ¿Por qué sentía la necesidad de contarle? ¿Era la necesidad de descargarme, de hablar con alguien, o sólo quería humillarla de la misma forma que Sol a su marido? Sin embargo Gimena seguía atenta, con la guardia en alto, esperando que siguiera lanzándole golpes para esquivarlos. De vez en cuando ella también lanzaba alguno, desesperado y sin fuerzas, golpes bajos. Vos sos un miserable, me decía en un tono falsamente amistoso, no hay forma de sacarte un peso, o vos sos un cobarde... Pero sus frases eran tan visiblemente agresivas e innecesarias que no hacían más que dejar al descubierto su dolor. Lamentablemente yo no la podía colmar, hubiese querido, pero no podía. Menos en este momento que la comparaba con Sol, que no era psicoanalista sino bailarina y tenía unas piernas largas y musculosas capaz de dejar loco a cualquiera, que no era psicoanalista pero sus críticas literarias me dejaban desconcertado, que no era psicoanalista pero tenía un oído que ella misma desconocía y podía recordar y reconocer un solo de piano de Michel Camilo tras haberlo escuchado una sola vez varios meses atrás. Esas cosas hacían que no pudiera compararla, y que sus comentarios psicoanalíticos distaran mucho de lo que realmente estaba necesitando, y de las ganas necesarias para reventarnos en una cama como podía hacer con Sol y que, incluso después de acabar y dejarle toda mi leche corriendo por sus entrañas, aún me quedaran ganas de seguir hasta que mi pija quedara roja como un higo por dentro.

El amor es así, cruel, pensé, mientras Gimena seguía buscando puntos de encuentro. Ni siquiera la escuchaba. Podía imaginar a Marcos Maidana arrojando esos golpes desesperados, sin eficacia, que Maiwather esquivaba fácilmente o que recibía sin inmutarse, mientras se movía delante suyo, humillante, bailando y exacerbando su impotencia. Intentaba prestarle atención, pero tras su rostro yo no hacía más que mirar a Sol, con sus ojos negros y brillosos. La muy puta. Con sus piernas largas y musculosas, envolviéndome y sin dejarme respirar. La muy puta. Pidiéndome más, diciéndome, sí soy tu puta, no te das cuenta que soy tuya, mientras su marido hacía llamados desesperados a su celular que ella no podía atender...


lunes, 5 de enero de 2015

Carne sobre carne



De Un Porvenir (Novela)



El Turco había comenzado a tambalearse, cambiando el peso de su cuerpo como si estuviera bailando y a medida que pasaba el tiempo el movimiento se intensificaba hasta casi saltar de pierna a pierna. Sabía que con Atilio no podía contar, hace tiempo que sus neuronas habían dejado de funcionar -casi al mismo tiempo que las de Yesica se pusieron en movimiento- y le costaba dejarlo solo. Miró su reloj -una réplica de un Cartier, importado de China, que le compró a un nigeriano dos días atrás-, había transcurrido algo más de media hora desde que se habían llevado a la mina. No era una noche calurosa pero una gota ancha de sudor le caía a la altura de la sien dejándole una huella opaca y salada qie iba desde la sien, pasándole por el pómulo derecho hasta llegarle al cuello. Miró una vez más el reloj mientras seguía saltando como si estuviera trotando en el lugar.

-¿Te pasa algo?- le preguntó Atilio al notarlo tan incómodo.
-Me estoy meando-.
-Cruzá al boliche mejor, a ver si te haces en los pantalones y éstos nos pierden el respeto- dijo riendo y señalando con la cabeza al grupo que los secundaba.
-¡Tas gracioso Tilito!-.

Al Turco le costaba aguatarse, era un problema que tenía desde chico. A los dieciséis años se meó en un cine por intentarlo. No te pierdas la escena cuando la violan en el camión frigorífico, le había dicho uno de la barra del Sarmiento, encima de una vaca descuartizada, y había esperado, paciente -una joya del cine nacional-. Ni siquiera le interesaba la película, pero la escena no aparecía nunca –ella violada por un conjunto de matarifes, ¡así te quería tener!- y la paciencia se le iba acabando y empezaba a moverse inquieto entre los asientos. El golosinero que iba y venía con su bandeja ofreciendo sus chocolates entre las butacas de cuero.

Había ido a ver Carne y lo único que le interesaba era ver en bolas a la Sarli, pero el Turco casi no se aguantaba, y no iba al baño por miedo a que justo apareciera la escena y se perdiera la oportunidad de ver a la Coca siendo montada por esa serie de infradotados. Trataba de pensar en otra cosa, para eliminar la ansiedad, pero la cosa se iba poniendo tensa y en el instante en que aparecía ella con su falda, camino a su casa, ingenua pero deseosa, siempre deseosa, luego del laburo, tuvo un momento de debilidad, se meó, justo cuando la encerraban y le decían, así te quería tener, como si la hubieran estado esperando toda la vida. Fue un instante de distracción, cuando le sacaban la ropa, carne sobre carne, le decía el otro, así te quería tener, y el golosinero seguía rondando ¡maní con chocolate! asumiendo que la ansiedad aumentaba el hambre o las ganas de masticar. Ni siquiera pudo masturbarse, aunque fue como una eyaculación. Al verla así su cuerpo se relajó, la vejiga dejó de resistirse y el meo corrió entre las butacas. Para colmo era un pis concentrado, amarillento, que dejaba escapar un olor intenso a ácido que era indisimulable y que se iba diluyendo como si fueran los brazos de un río, o un Delta, que corría y se desperdigaba por todas partes.


Finalmente, y ante los quejidos generales, tuvieron que parar la película y el encargado del cine -que también hacía de golosinero- le alcanzó un trapo y un secador ¡ya estás grandecito, che! y ante la vergüenza general, con las luces del cine encendidas, le hizo limpiar lo que había ensuciado y recién cuando terminó se pudo ir a su casa, con los pantalones mojados, chorreando vergüenza y sin terminar de ver la película. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

La Guerra

De Un porvenir (Novela)



Era el mes de Abril y estaba cálido, pero el temblor de su cuerpo le impedía distinguir el frío del calor. La sangre le chorreaba por la cabeza, caminaba con esa sensación del que no terminan de cerrarle las ideas, ¡qué carajo había pasado! por qué se encontraba así. Sintió el peso duro del cristal en su nuca, un golpe seco, tac y acto seguido el sonido de los cristales quebrándose. Frente suyo lo tenía a él mirándolo, sin sentido, rencoroso. ¡Qué mierda! Por una puta pelea tanto escándalo. Ni siquiera había salido de la casa pero ahora iba de cuarto en cuarto sin saber bien qué hacer o a quién quejarse. Escuchaba sonar esos acordes, como un goteo psicodélico que se desparramaba por todas partes. El Maravilloso Hagler había ganado la pelea, se había recluido en un hotelucho de mala muerte en Masachussets mientras las cámaras se posaban sobre Hearns en Las Vegas que venía de derrotar a Ray Sugar Leonard y a Mano de piedra Durán.

Pero él se había quedado callado, sin decir nada, bueno, cortamos, que la mire. Debió haber intuido su disconformidad, se le podían criticar muchas cosas, su adicción a la heroína, el cortejo a la mujer de su amigo con quien tuvo tres hijos, o por robarle las canciones a Taylor, pero nada en cuanto al trabajo. Se recluía dos, tres, cinco días, sin salir y sin comer, sosteniéndose con lo que sea, lo necesario hasta terminar los discos.

Hacía dos días que se encontraban recluidos como si el mundo se estuviera destruyendo, dos días que no paraban de probar y ensayar acordes, los mismos que sentía ahora, que su cabeza le daba vueltas y la sangre le bajaba por el cuero cabelludo mezclándose entre sus pelos. La guerra había terminado, había pensado en ese nombre para una canción, de la misma forma que todas las canciones que inspiraba pero que no tomaban en cuenta. La guerra da para pensar, para jugar con los sentidos ¡Qué carajo se le había cruzado por la cabeza! Estaba más loco de lo que creía. Sintió el botellazo directo en su cráneo, ni siquiera pudo prepararse para el golpe. Yo quiero ver la pelea, dijo, necesito parar, y el resto estuvo de acuerdo en hacer una pausa, venían promocionando esa pelea desde hace meses como dos cruceros en alta mar destinados a cruzarse y todos estaban cansados. Dos días de encierro e incomunicación, a Richards no le había quedado más que aceptar, que mire la pelea si tanto jode, pero le había devuelto esa mirada sucia, rencorosa, bajo la que se intuía el disgusto.

Y entonces sentía esos acordes sonar, en el cuarto de Jagger, ¡miren! les dijo, mostrándole la sangre, ¡miren lo que me hizo el desgraciado! El mareo aumentaba y el mundo era como estar en una calesita que no podía parar, y le costaba sostenerse. ¡Miren lo que me hizo ese hijo de puta! Pero Jagger y Watts estaban demasiado concentrados en los acordes, escucha, te gusta, le preguntaban mientras él intentaba hacerles entender la gravedad del asunto, su cabeza sangrante y el mundo dando vueltas a su alrededor, mira, Ronnie, ¿te gusta? Y se reían a carcajadas mientras tomaban de la botella de whisky, la misma botella que minutos antes Richards le incrustaba en la cabeza sin ningún motivo, o sí, por haber detenido la grabación.

Ok, está bien, que mire la pelea, dijo si tanto jode, y se hizo ese silencio incómodo a partir del que todos intuían que no estaba todo bien. Pero estaban cansados y querían un descanso. Y así había esperado, paciente, agarrándose de a ratos la cabeza o introduciendo el dedo índice entre su cabellera mientras jugaba con un mechón que enlazaba en el dedo, mientras Ron Wood miraba esa Guerra que venían promocionando desde hacía tiempo, entre dos negros destinados a destruirse -como no podía ser de otra manera- preparados para dar el show y matarse arriba del ring, el único lugar que se le permite a un negro darle una paliza a otro ser humano. Una guerra que duró sólo tres rounds, que no tuvo desperdicio y que terminó por KO. ¿Estás contento ahora? le dijo, ¿estás contento ya? sin dejar de enredar el índice como una batidora entre los pelos revoltosos. ¿Satisfecho? O imaginó esas frases que ni siquiera hubiera tenido tiempo de responder, porque en cuanto se dio vuelta sintió ese golpe seco que se le incrustaba en la nuca sin mediar palabra y el sonido de los cristales quebrarse y entonces la sangre comenzó a brotar de su cráneo, sin entender siquiera lo que había pasado. ¡Miren! Gritaba, ¡miren! Tomándose la cabeza, intentando llamar la atención.


Pero Charlie y Mick estaban concentrados sobre los acordes, posiblemente Treat me Like a Fool, o Dirty Work o quién sabe, y lo único que querían era saber si sonaban bien, si servían para una canción, pero a él le importaban un carajo los acordes, el mundo le daba vueltas, más por la incomprensión que porque se estuviera muriendo. La guerra había terminado, en tres rounds, y él había quedado sangrante, peor que Hearns y que Hagler. 

martes, 9 de diciembre de 2014

Tengo un Pitbull en el balcón. Los del J reloaded.


-¡Viste lo que pasó!- me dijo el Chizi al cruzarlo en el hall de entrada del edificio. Sus palabras eran empujadas por el olor a alcohol. -Ahora van a venir a allanar, vas a ver….-.
-No, qué pasó- le pregunté sin siquiera sospechar de lo que me estaba por contar.
-Uhhh, no sabés- me dijo sonriendo, como si estuviese contándome una aventura. Sus ojos guardaban esa expresión alegre que dan algunas borracheras. -Seguro que van a venir a allanar, igual, a ver si tiran algo, con todas las porquerías que tiene ahí Bernardo-.
-¿Qué pasó chizi?- volví a preguntarle, ya intrigado.
-¿Te acordás de Ariel? El flaquito ese, que te apuro. Yo me enteré…- esbozó como si me estuviese revelando algo indebido.
-¿Quién es Ariel?- pregunté.
-Ariel, el amigo de Leo, ese que una vez te apuró, yo me enteré- repitió.

Entonces pude establecer las conexiones correspondientes como para intuir de quién se trataba. El Chizi es uno de los vecinos del departamento J, en algún momento novio de Mirta, treinta años mayor que él, con la que tuvo a Arón, su hijo. El departamento J es de Bernardo, quién tenía una madre que pasó mucho tiempo enferma y para cuidarla contrató a Mirta, que se le instaló y no se fue nunca más. Mirta, a su vez, instaló a sus tres hijas, y una de ellas tiene, o tenía, quién sabe, ahora, un noviecito, algo bajito, morrudo, con aspecto oriental -hijo de taiwaneses- llamado Leo. A Leo tuve la oportunidad de agarrarlo alguna vez en el palier de mi departamento –vivo en el último piso y es el más apartado- sentado sobre la escalera con dos compañeros, tan pasados y taimados como él, contando la recaudación de uno de sus trabajos. El recuerdo más claro que guardo de aquella escena son las monedas desparramándose por todas partes y un fajo de plata que se dividía en tres partes iguales. Estaban tan concentrados en el asunto que ni siquiera me dedicaron una mirada. En ese momento yo salía con X, una ex alumna con menos vida que una mariposa, estaba a punto de llegar y era factible que no soportara la escena. Por lo que –sin medir las consecuencias- les dije que se mandaran a mudar de ahí lo más rápido posible, a lo que respondieron con una mirada de asombro, como si hubieran visto un fantasma. Como rastros de aquella velada, dejaron una botella vacía de cerveza, un par de tucas, y el monedero de una caja registradora, debidamente acomodadas debajo del lavadero.

Leo no era lo que se dice, el muchacho ideal para presentar a una familia próspera y con aspiraciones. Sin embargo, últimamente parecía mucho más rescatado, se lo veía bien vestido –con camisa y pantalón de vestir- y hasta se había comprado un Peugeot 306. Según se comentaba había conseguido un trabajo “formal”. Ariel era uno de sus amigos, flaquito, desgarbado, paraba generalmente en el poli de Manuela Pedraza. Esa noche de la que hablaba el Chizi, nos cruzamos en la esquina de mi casa mientras yo paseaba a mi perro y una mirada sirvió como excusa para que nos trenzáramos. Su estado era lamentable, y posiblemente una pelea le sirviera para bajar un poco a tierra. Yo estaba completamente en desacuerdo, pero mis razones no le valieron demasiado y no hubo otra que terminar a las trompadas a las tres de la mañana, en medio de la calle, esquivando alguno que otro auto que pasaba por ahí. El tema era que ahora, Ariel ya no estaba.

-Van a venir a allanar, boludo, me entendés…- dijo, casi maníaco. El Chizi estaba prendido a aquella frase y no hacía más que repetirla una y otra vez, sin darme la posibilidad de entender que me estaba queriendo hacer entender.
-No, no entiendo Chizi, si me contás desde el principio…-.
-¿Vos te acordás de Ariel, ese que te apuró?-.
-Sí, me acuerdo ¿qué tiene?-.
-Bueno, lo mató, no sabés, le van a dar como diez años. Y para colmo encontraron un teléfono celular con el número de acá y ahora seguro que van a venir a allanar. Y yo tengo un Pitbull en el balcón y no sé qué hacer…-.

No me estaba dando la suficiente información como para que pudiera terminar de comprender. Hasta ahora mis únicos datos eran un muerto, un asesinato, un posible allanamiento y un pitbull –el perro de Leo- en el balcón del departamento J.

-¿Ariel mató a alguien?- le pregunté.
-¡No, boludo!- me respondió el Chizi, enfático –a Ariel lo mataron chabón!-.
-¡A Ariel! ¿Quién lo mató?-.
-Ay, Mariano- dijo, resignado, suspirando -no entendés nada, che. Y ahora van a venir a allanar-.
-¿Cómo querés que entienda, Chizi?-.
-¿Sabés quién es Leo?-.
-Sí, el novio de tu hermana- le respondí. En ese departamento vive tanta gente que a veces las relaciones se me mezclan.
-No, no es mi hermana, es la hija de Mirta, pero no importa. Bueno, Leo lo mató-.
-¡Leo mató a Ariel!- el surrealismo de la escena que se me planteaba superaba cualquier horizonte de expectativas.
-Sí, y ahora está en cana, y le van a dar como diez años-.

Se me cruzó la imagen del destino como un caimán agazapado a la espera de su presa. Este es capaz de permanecer una semana bajo el agua, a medio centímetro de la superficie, observando, paciente, esperando el momento preciso en que su presa se descuide para saltarle, veloz milimétrico, sin darle oportunidad. Lo mismo ocurre con algunos sectores sociales, su trayectoria los signa, se sabe lo que va a pasar, y la pregunta crucial es cuándo. Y leo era su fiel representante, hace tiempo que podía intuirse su caída, posiblemente desde el episodio de la noche de furia, cuando le abrió el brazo como una naranja a la amiga de Marina, o desde que lo encontré en el palier de mi departamento. Sus condiciones sociales hacían prever que su destino estaba sentenciado, la única pregunta que quedaba por resolver era cuándo. Y ahora ese misterio se develaba.

-¿Qué pasó?- pregunté.
-Leo y Ariel se venían bardeando por Facebook, ya hace un tiempo y a Leo se le ocurrió ir a buscarlo para arreglar las cosas. Parece que se volvieron a trenzar y Leo le pegó un tiro en el pecho-.
-¿¡Cómo le pegó un tiro en el pecho!? ¿¡Fue a arreglarse y le pegó un tiro!?-. A medida que la historia avanzaba no dejaba de sorprenderme. Supongo que mi pasado burgués hace que todavía me siga sorprendiendo de lo que para otros sectores es moneda corriente.
-Sí- me dijo esbozando una sonrisa incrédula -¡y ahora tengo un Pitbull en el balcón!-.
-¡Cómo!- insistí.
-Sí, el perro de Leo, está cagando y meando en el balcón y no sé qué hacer, no lo voy a tirar a la calle…-.
-Me refería a lo del tiro-.
-¡Ah! sí, se bajó del auto con un máuser.
-¡Un máuser!-.

Máuser fue una fábrica alemana del siglo XIX que construyó unos fusiles que tuvieron tanta eficacia que se utilizaron hasta mediados del siglo XX. A la vez se fabricaron unos mosquetes, que no eran más que una versión recortada de los mismos y también tuvieron mucho éxito. Lo qué resulta extraño y difícil de imaginar, es que alguien pudiera tener uno de esos y usarlo en la segunda década del siglo XXI.
-¡Qué hacía con un máuser!- pregunté sorprendido, tanto por la historia de eso que era casi una pieza de museo, como por su portación.
-Mmm, parece que andaba en algunas cosas-.
-Qué cosas…- pregunté ingenuamente, más por preguntar o por morbo, porque ya conocía la respuesta.

Hasta hace poco Leo y Marina todavía vivían en el J, pero Mirta, su madre, la ex del Chizi y ex cuidadora de la madre de Bernardo, ya cansada de tanto bardo, les dijo que se fueran a vivir a otra parte. Alquilaron un departamento, también por Saavedra pero la plata para los gastos, manutención del auto, y el alquiler no les alcanzaba. Posiblemente Leo, siguiendo la lógica de la experiencia, una lógica fáctica, podríamos decir, prefirió volver a un negocio que era mucho más rentable, aunque algo más arriesgado.

-Estaba en el afano- me dijo el Chizi, juntando los labios, con pose de quien revela secretos indebidos. -La policía entró en su departamento y encontró plasmas, televisores, teléfonos, plays…-. Se me vino a la cabeza una pregunta que me hizo Marina hace ya unas semanas en el palier del edificio “-sabés de alguien que quiera comprar un Samsung Galaxy, nuevo-” aunque probablemente lo mío no sea mas que prejuicio. –Y lo peor-prosiguió el Chizi -es que en el celular encontraron el número de teléfono de acá, así que en cualquier momento van a a venir a allanar. Esto me lo dijo Ana María, la rubia de acá en frente, de Cáritas, es re buena onda…-.

A esa altura la mezcla entre lo trágico y lo previsible  del asunto (casi una tautología me corregiría cualquier especialista en literatura antigua, aunque esto no se tratara de ficción) ya me habían sacado las ganas de escuchar. “Los jóvenes pobres se encuentran condenados a priori”, la frase es casi un clisé, pero eso no hace que sea más fácil soportar la eficacia de los hechos concretos y más cuando uno se encuentra con una historia que venía previendo.  Opté por no preguntar más, sin embargo, aunque el Chizi todavía tenía ganas de seguir contando.

-Pará, pará- me dijo, al ver que me iba -eso no es todo- me costaba pensar que todavía cupiera algo más, –Marina se bajó del auto, y le pegó un culatazo, a la mujer de Ariel, casi a la altura de la sien –me hizo una seña indicándome el lugar en su propio rostro –le hizo un corte de casi diez centímetros. Y lo peor, sabés qué fue… que la piba estaba amamantando- hizo una pausa, la realidad es mucho más trágica que la ficción, otro clissé - ahora van a venir a allanar, y yo con un Pitbull en el balcón…-.


martes, 25 de noviembre de 2014

Día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer.

(Relato incluido en el libro de crónicas, Marisol y las hormigas).  



 Es veinticinco de Noviembre, día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer, sancionado por las Naciones Unidas en mil novecientos noventa y tres en reconocimiento a las hermanas Mirabal asesinadas en República Dominicana por Leónidas Trujillo. Gaby camina por Iruya repartiendo y pegando en las paredes unos panfletos que recuerdan la fecha. El cielo está completamente azul, todavía es época seca y el Colanzulí es un hilo angosto que serpentea y se esconde entre las piedras.

Gaby, o la charanga, como la llaman sus amigos, trabaja en el Ayllu, una dependencia financiada por una fundación española encargada de tratar problemas de género y realizar mediaciones. Un trabajo de hormiga. Para llegar a la oficina hay que bajar unas escaleras que salen de la plazoleta, justo al lado de donde al viejo Delta le gusta poner su parche. Prácticamente se encuentra escondida en la roca de la montaña, pero tiene una vista envidiable, desde allí puede divisarse todo el cauce del río.

Iruya, como el resto de la región, es un lugar complejo. Generalmente son las mujeres las encargadas de mantener y llevar adelante los hogares, velar por la educación de los hijos y todo tipo de emprendimientos económicos, sean restaurantes, hostales, almacenes, etc. Es un sistema con rasgos marcadamente matriarcales. Paradójicamente, el machismo es extremo y la violencia contra la mujer es muy habitual. Uno puede recorrer los pocos bares que hay en Iruya, principalmente frente a La tablada, un sábado por la noche y jamás va a encontrar una mujer, mucho menos un grupo de mujeres (a no ser que sean “gringas”) tomándose una cerveza y conversando. Contrariamente, uno encuentra mesas repletas de hombres. Muchas mujeres son abandonadas embarazadas sin que jamás reciban ayuda ni algún tipo de aporte por parte de los padres de sus hijos. Estos desaparecen y algunas mujeres se pasan años intentando ubicarlos para que reconozcan a sus hijos y se hagan cargo de sus responsabilidades, o simplemente se quedan y andan por ahí como si nada. Cualquiera puede verlos caminar impunemente por ahí sin recibir sanción moral ni legal alguna. Los jueces de Paz no son demasiado confiables, uno de éstos era bastante conocido a causa de que tenía la costumbre de cobrarse sus honorarios a través de favores sexuales. No hace mucho que comenzaron a tomarse en cuenta estos problemas y es por eso que una vez por mes acude al Ayllu una abogada proveniente de Humahuaca para atender los reclamos de las mujeres. Esos días la oficina de Gaby parece un banco en día de cobro de jubilaciones. La fila de personas atraviesa la sala de espera, el pasillo de entrada y sube por la escalera caracol llegando hasta el puesto del viejo Delta.


Gaby camina con los panfletos que anuncian la fecha, en una mano lleva un tarro lleno de engrudo y los va pegando sobre las paredes, en la calle San Martín, en la Belgrano, en el almacén de don Ángel, en lo del Canchi, -el ferretero, y uno de los hombres más codiciados del pueblo, gracias a que ha logrado acumular un pequeño capital- sobre el almacén de Rubén y su hermana, donde nace la Belgrano, sobre las paredes laterales de la iglesia de San Roque, sobre la casa de Federico III (que ahora funciona como museo), el Yugoslavo que luego de pasar tres días caminando allá por mil novecientos encontró este paraje y no se fue nunca más.

Una nube solitaria atraviesa el paisaje y se estanca entre dos cerros al final del valle. -Va a hacer frío- se escucha decir a una de las chicas que atiende el mercado de Tacacho. Dos cóndores la vigilan dando vueltas en círculos y jugando con el viento. -Seguro se cayó un burro- dice Asunta juntando sus labios. En uno de los bordes de la plaza unos chiquitos de unos seis o siete años enroscan un trompo de madera.

A Gaby la acompaña Gisella, una chica joven, atractiva, de pelo lacio negro y ojos también negros, oriunda de Iruya. Es la hija de don Angel. Desde hace unos meses cambió su trabajo en el almacén por un puesto en el municipio junto a la Gaby, aunque se queja por la soledad. En el almacén podía conversar con todo el mundo, dice, en la oficina me siento un poco sola. El ayllu se encuentra en las entrañas de la montaña, las noticias tardan en llegar y, excepto por los días en que hay mediaciones, no hay mucho para conversar. -Así no- le dice uno de los chicos al otro -se tira así- enrosca la soga en la base del trompo y le indica un movimiento centrífugo con el brazo.

En la plaza de la tablada se encuentran a la abuelita Clari. Camina algo encorvada, un pañuelo le cruza los hombros diagonalmente y dos trenzas largas y canosas y atadas en las puntas con dos cintitas color fucsia, caen formando una parábola. Clari se ríe todo el tiempo y sus ojos, de un verde casi adúltero, acompañan su sonrisa brillando.

-Hola gringuita- le dice a Gaby.
-Cómo le va Clari, venga con nosotras- los chicos siguen dándole vueltas al trompo sobre las baldosas de la plaza y las nubes siguen atascadas entre los cerros, custodiadas por los cóndores. -¿Quiere sumarse al festejo?- Clari se sigue riendo, mostrando unas arrugas profundas y orgullosas que le asoman por el rostro desde hace como dos mil años.
-¿Y qué festejamos gringuita?-.
-El Día internacional de la violencia contra la mujer-.
-Ah- dice entusiasmadísima -¿entonces hoy les podemos pegar a ellos?-.

martes, 29 de julio de 2014

Postales de época

-Es una lástima- me dice Romina, la camarera del café, mientras mira la pantalla de TV que muestra la muerte de un joven que quería parecerse a un marine norteamericano. 
-Sabés algo de los chicos muertos en Gaza?- le pregunto.
-¿Qué chicos?-.

jueves, 8 de mayo de 2014

Surf

En los pueblos surfistas, sobretodo en los pequeños como Mompiche, se entreteje una especie de código que en todo momento sobrevuela el ambiente, no es necesariamente oculto, por lo menos no existe esa intencionalidad, sin embargo se hace imposible de descifrar para el que no está al tanto de eso, que más que un deporte, para esta gente es un estilo de vida. Entonces algunos viajeros llegan y otros se van, y apenas sienten esa percepción extraña, de que algo existe por ahí, como si a uno le picara la pierna o la mano sin saber nunca por qué, hasta que se va y la picazón se acaba inexplicablemente. Pero nunca terminan de comprender de qué se trata, aunque en algún lugar, consciente o inconcientemente, subsiste como interrogante, ¿por qué me picaba...? Como si hubiera dos dimensiones, dos formas de acceder a eso que puede ser un lugar vistoso, con lindas playas y paisajes, o algo más...