miércoles, 18 de mayo de 2016

En Buenos Aires no nieva

Es tarde y llueve,
sobre la densa niebla que forman las nubes emerge su recuerdo, 
traído por el viento.

Preparate para el olvido, dice, preparate...
La nieve cae, llana, marcando el ritmo del tiempo.

En Buenos Aires no nieva, dice,
pero podría, una vez nevó.

Es tarde y llueve, la niebla lo nubla todo.
Hace frío. Su recuerdo. La tristeza.
Era Julio, o Agosto... fue hace tiempo.  

Preparate para el olvido, dice, porque no tiene vacuna, no existe.
Preparate...

Los copos brillan iluminados por los focos del alumbrado, blancos, perennes, hamacándose en el vacío. Uno a uno los mira, adormecidos, blandiéndose en el viento como parias, esperando tocar el suelo. Los focos y los copos, ríe.

En Buenos Aires no nieva, dice, pero podría...

La lluvia lo inunda todo, feroz, cada vez mas enérgica. Su recuerdo se pega a uno de los focos del alumbrado público que titila, a punto de apagarse. Son los copos.

Era Julio y hacía frío. Los pies se me congelaban. Era de día y de repente se hizo de noche. Sus ojos lluviosos guardaban esa idea, quejosos.   

La niebla, la luz tenue, la nieve nublándolo todo.
El recuerdo. Los copos en los focos y el vacío.
La nieve que se hamaca... hacia el olvido (que rima).
No jodas, que no nieva, dice.

Las luces titilantes como el recuerdo, un foco que insiste, perenne, a punto de apagarse. Tu recuerdo. 
¡Preparate! Yo te aviso...
La nieve...
No jodas, ¡que no nieva! Son los copos.

En los focos, me dice, con su risa.
Es la nieve la que brilla. Los pies se me congelaban, en serio, ya no aguanto.
Eso no es brillo, ¡si eso es baba! Se ríe, ¡son las huellas que dejan los insectos! 
Era Julio, estoy segura. Tal vez Agosto.

La lluvia que no para, algo furiosa. 
Era de día y de repente se hizo de noche.
¿Los insectos? ¿Donde viste insectos en Agosto?
Agosto, tal vez Julio, da lo mismo. ¡Preparate! Yo te aviso.

En Buenos Aires no nieva...

lunes, 16 de mayo de 2016

Veinte años

(De Siete cuentos de amor)




Uno no puede enamorarse y que resulte un trabajo liviano. 
Hay que ensuciarse las manos, se necesitan músculos y agallas. 
Y si no puedes soportar ni la idea de ensuciarte esa alma ordenada y limpita
 es preferible que renuncies a todo lo que sea vida 
y te conviertas en santa. 
Pero nunca vivirás como un ser humano, 
hay que elegir entre este mundo o el otro. 

John Osborne.


Qué te importa que te ame,
si tu no me quieres ya...
María Teresa vera.





Miró hacia el techo buscando una rendija por donde se filtraba la luz del alumbrado público. Estaba agitada y un sudor helado recorría el contorno de su cuello. Su almohada y las sábanas junto a ella se encontraban húmedas producto de su transpiración. Un silbido agudo, apenas perceptible y similar al que hace el viento al filtrarse entre los postigos de una ventana, se escapaba de su garganta, apenas podía respirar. Todo había sido tan real, tan espantosamente real, que le costaba reconocer su cuarto, esa podía ser su casa como no. Volvió a buscar aquella luz como el marino que busca referencias en el cielo, y suspiró aliviada al encontrarla. La respiración de su novio junto a ella terminó de tranquilizarla.

-¿Qué te pasa?- preguntó él, algo alarmado. Sus movimientos lo despertaron, probablemente ella lo estuviera deseando.
-¡Qué pesadilla! Prendé el velador y pasame el inhalador por favor-.

La luz iluminó íntegramente la pieza y su mirada recorrió cada rincón -sus fotos sobre la cómoda, un dibujo de Castagnino enmarcado que colgaba casi al borde de la ventana y la Antología Poética de Anna Ajmátova en la mesa de luz- como si necesitara reconocerla. Un retrato de ella dibujado en lápiz, que también colgaba contra la pared, en el que sus contornos se delineaban e iban desapareciendo de a poco en una especie de fade out hasta desaparecer por completo. Todo era igual pero al mismo tiempo todo era tan nuevo. Se llevó el inhalador a la boca. 

-¿Estás bien? Parece que hubieras visto un fantasma-.
-¡Más o menos! Y no fue uno sino unos cuantos-. Se sentó en la cama ya más tranquila y estiró sus brazos para desperezarse. Uno a uno sus músculos se fueron marcando sobre su espalda dejando crecer unas pequeñas sombras con formas alargadas producto de la luz de costado. Le costaba imaginar que un sueño pudiera ser tan real. -¿Qué hora es?-.
-Tres y veinte. ¿Qué soñaste, se puede saber?-.
-Dame dos minutos para despejarme un poco, sí- dijo. Desparramó las sábanas y caminó hasta el baño. 

Sus pasos eran livianos, gráciles, como los de un pájaro buscando peces al borde del mar. Eso pensó él, pero no dijo nada, le gustaba mirarla caminar, aunque sólo fueran esos cinco pasos que median de la cama al baño que lo hacían imaginarla saltando de roca en roca.



Se miró al espejo, esperando que su reflejo le ayudara a recomponerse. Se acomodó el pelo detrás de las orejas, en sus ojos podía observar los rastros del miedo, su rostro aún permanecía pálido. Cómo es posible que se puedan vivir tantas vidas, se preguntó. Aún se negaba a creer que fuera sólo un sueño pero no quería caer en la cursilería de preguntarse qué es lo que diferencia la vida onírica de la real, aunque sin desearlo lo estuviera haciendo. Quince, veinte años habían pasado como fuegos de artificio. 

Se lavó la cara con agua fría para alejar a los fantasmas. Un sueño no puede durar veinte años, pensó. Se acercó aún más al espejo y temió perderse en su interior. ¿Me estaré volviendo loca? susurró, con una voz apenas perceptible. 

-¿Con quién hablás?- preguntó él que alcanzaba a escuchar sus murmullos desde el cuarto.  
-Con nadie, pienso en voz alta no más-. 
-¿Y qué pensás?-.
-Menos pregunta dios....-. 

Algo había en su reflejo que le causaba cierta aprehensión. Aún perduraban los flashes y algunas imágenes casi olvidadas aunque guardaban una potencia vivencial: un paredón, una calle desierta, un perro con una mirada intensa que la interpelaba y le devolvía su propio reflejo. 

-¿Qué diferencia un sueño de la realidad?- preguntó desde el baño.
-Sus consecuencias- respondió él. 

La certeza de la respuesta la hizo sonreír. Sin embargo algo de todo ello debía perdurar y afectar la vida diurna, no por nada los sueños tienen tanta importancia para el psicoanálisis. El espejo actuaba como un imán. Cuántos años habrán pasado, se preguntó una vez más, está vez para adentro, sin emitir sonido mientras aquella batería de imágenes continuaba acudiendo a su mente y ese perro que había esperado veinte años esperando a su amo no le sacaba los ojos de encima. Entre sus ojos podía observar su figura deshaciéndose al igual que en el dibujo que colgaba de la pared de su pieza. Un escalofrío recorrió su piel. 

-¿Está mi cuaderno ahí?-. Necesitaba corroborar que era ella, la que escribía, la que ahora escribía y no podía dejar de hacerlo y no otra, la que ocupaba su cuerpo.
-¿Adónde?-.
-En la mesa de luz, abajo del libro de Anna- se sorprendió por la familiaridad con que pronunciaba ese nombre, Anna, al mismo tiempo le causaba orgullo y un extraño regocijo. Tan ligado estaba ese nombre a él.
-¿Sí, acá está, por?- suspiró aliviada, tanto por eso como por escuchar esa voz algo ronca que sabía mantenerla viva. Su voz era una de las cosas que más le gustaban de su novio, aunque nunca se lo dijera, era una voz que sabía transportarla de un mundo a otro . -El cartel, clavado en el tallo...-.
-¡No te atrevas a leer una palabra!- dijo, imperativa.
-Está bien, está bien... pero ya me vas a mostrar -respondió él obediente desde el cuarto.
-Todo a su tiempo-. 


Una arruga que comenzaba a delinearse debajo del ojo izquierdo la hizo sospechar. Mucho tiempo. Copello. ¡Copello! De pronto la imagen de Copello -su cabeza calva, su porte recio, todo era tan vívido que hasta pudo sentir aquella ausencia corporal como si algunos minutos antes su brazo cercara su cintura- recorrió su mente. ¡Por qué la imagen de un bailarín de tango al que ni siquiera admiraba y con el que nunca había bailado le venía a la cabeza entre semejante torbellino de ideas luego de una pesadilla a las tres de la mañana! Una infinidad de posibles respuestas se le presentaron pero en ninguna logró encontrar la adecuada. 

-¿Te gusta Copello?-.
-¿Quién?-.
-Copello, el bailarín de tango-.
-Ah, no sé, lo vi una sola vez, debe bailar bien...-.
-¿Y en Happy Together?-.
-¿Era él?-.
-¡Claro!-.


La arruga crecía al borde del ojo, casi rozaba la pestaña inferior y apenas se apartaba en un camino diagonal descendente hacia la nariz. Era ínfima y apenas se notaba, sin embargo, le molestaba bastante. Una vez más pensó en el tiempo y en sus múltiples manifestaciones. El perro, Copello, los veinte años, su figura adentro de sus ojos. Dejó escapar un quejido leve, molesto, casi un acto reflejo. 

-¿De qué te quejás?-.
-De vos me quejo- respondió ella, riendo.
-Ah, si, mirá...-. 

Se restregó los ojos, unos ojos oscuros y profundos, observó su pelo desparramándose entre sus senos y su largo cuello. Observaba su propia imagen con cierta extrañeza, hizo un gesto sensual, admirándose, frente al espejo e hinchó el pecho. Luego volvió a desperezarse y sus músculos volvieron a marcarse.

Hizo pis y volvió a la cama, no sin antes deslizar otra mirada por el cuarto, como si aún sospechara y precisara ratificar aquella realidad. 

-¡Así que de mí, eh!-.
-Sí, de vos tonto- y se abrazó a su brazo al mismo tiempo que lo besaba. 
-¿Me vas a contar el sueño entonces o me vas a dejar con la intriga?-.
-Sí, pero en un rato- dijo, ya mas tranquila, mientras se estiraba para apagar la luz y apoyaba todo su cuerpo sobre el de su novio y rozaba su entrepierna -¡antes quiero que me hagas el amor!-. 

Hacía tiempo que no pronunciaba esa expresión y se volcó contenta sobre él, con ardor, casi con furia, feliz de haberlo encontrado.

domingo, 27 de marzo de 2016

Dos años más tarde, 
El mismo lugar, las mismas olas sucediéndose unas a otras, 
la mar en baja y el rastro que deja la espuma iodada sobre la arena. 
Dos años más tarde. 
El mismo lugar. Las mismas palmeras dejando su sombra sobre el malecón carcomido por las aguas que amenazan con llevarse todo.
El cielo limpio después de la lluvia.
Dos años más tarde.
El mismo lugar. La figura, el recuerdo.
El mismo deseo. 

miércoles, 16 de marzo de 2016

El destino (Leonardo Padura)

....

-Yo estoy casada. Mi marido está ahora en París y llega en dos días - dijo y tampoco lo miró-. Vivimos en Chioggia, a treinta kilómetros de aquí, en la casa de su familia, que por cierto tiene mucho dinero... Son marqueses... Yo creo que lo quiero a él, aunque sea capaz de hacer lo que he hecho contigo. De verdad, no sé bien por qué lo hice. Tal vez por lo mismo que viajo en segunda, que vivo de una beca en una pensión en Madrid, que estudio cosas que no le parecen útiles a nadie, que entro sin pagar en los museos... Por lo mismo que detesto Venecia, ¿no? ¿Puedes entender algo?-.

Miguel observó la figura caprichosa dejada por el café en las paredes de la taza -una mariposa negra, tal vez- y susurró:

-Un poco, no sé... No, no entiendo-.

...


viernes, 29 de enero de 2016

Abrazo



Entonces sobrevino ese abrazo precoz cuyo fin parecía ser unificar dos abismos que corrían paralelamente. Tras ellos se abría un horizonte infinito que desaparecería en el mar. La arena quemaba bajo sus pies, pero era un dolor que aceptaba a fin de olvidar otras cosas.¿Qué era lo que quería hacerle creer? Que nada de todo eso había sucedido, posiblemente, que era sólo una fantasía transitoria que pronto quedaría en el pasado, como todo el resto, como todos esos años que ahora se reconfiguraban y llevaban los fantasmas a terrenos pantanosos de los que no era fácil salir. Después de todo, qué es lo que hace que dos personas estén juntas. 

-No te preocupes, ya pasó, no va a volver a pasar- le dijo. Y su sonrisa, mostrando sus dientes blancos, ocultando un vendaval, amenazante, que se escurría entre su piel, de un brazo a otro, entre sus pechos, que subía hasta su cara y bajaba por sus piernas y le recordaba sus labios. Era como una serpiente que recorría su cuerpo llenándola de electricidad y pujaba por salir a la superficie y ella trataba de impedirlo a toda costa. Cuerpo contra cuerpo, suturando una herida que no se iba. –No me mires, sólo apretame así- y el sonido del mar rompiendo de fondo mezclándose con su voz, tenue, algo entrecortada. Sus ojos guardaban una lámina húmeda que los hacía brillar. Mas que un intento era una negación, como si las lágrimas derramadas en cuartos ajenos nunca hubieran existido, como si el deseo ya no bramara adentro suyo agrietando su piel hasta el punto de agrietarla y dejar todo en evidencia. Sabía que no era cierto, que la cobardía se esconde tras los títulos y nominaciones, pero que el deseo tarde o temprano se escurre entre los cuerpos y encuentra su modo de saciarse. De lo contrario todo se pudre por dentro y sobreviene la enfermedad. 

Un silencio intermitente se colaba de cuando en cuando, interrumpiendo un zumbido recurrente que flotaba ingenuo pero certero. Hacía tiempo que ambos deseaban esa pausa. Una ola rompió lejana desde la costa y su sonido no fue el esperado, había algo inquietante en ese estruendo provocado por el mar que hizo que a ambos se les erizara la piel. El sonido de las gaviotas daba a todo el escenario un aire nuevo, aunque todo tuviera el color del decorado tras bambalinas. Las sombras apenas se les escapaban, el sol se encontraba sobre ellos. 

Se abrazaron más fuerte y pudo sentirse el chasquido de dos cuerpos que se chocan pero que ya no encajan, como las piezas de un lego gastado. Las preguntas brotaban por todas partes, eran como embates que arremetían desde diferentes puntos cardinales, que intentaba frenar con escaso resultado. Cerró los ojos con la fantasía de que eso le impidiera pensar, se concentró en la arena quemante bajo sus pies, un pequeño ardor -producto de la arena hirviendo- subía por sus tobillos pero no le importaba, era mejor eso...

Probaron nuevamente, sus músculos se marcaron levemente entre sus brazos, producto del esfuerzo. Sin embargo, el abrazo sólo servía para borrar errores. Un mar de fondo que dejaba al descubierto un horizonte que sólo servía como metáfora y un viento traicionero que los devolvía una y otra vez al mismo lugar. Siempre presente. Siempre al mismo lugar. Pensó en la propia imagen como una foto, una imagen estática que puede mantenerse así para siempre, como si el tiempo pudiera detenerse o como si la historia bastase para justificarlo todo. Sobre su mejilla corrió una lágrima que dejó su rastro de sal, la hizo desaparecer al instante con su antebrazo. Aunque no lo quisiera el tiempo seguía corriendo y con éste un deseo que estaba lejos de contener. 


Una nueva ola rompió en la orilla, su sonido fue más leve que la anterior y aún así produjo el mismo efecto que la anterior. Sus cuerpos se tensaron. Un escalofrío la hizo temblar, y se preguntó cuánto podría aguantar. 

-No te preocupes, ya pasó- volvió a decir, sin creer del todo en sus propias palabras, mientras la arena quemaba bajo sus pies.


miércoles, 30 de diciembre de 2015

Inercia





De soberbios señores despojada;
ella misma por sí rige su imperio,
sin dar parte a los dioses...
Lucrecio



Entonces lo apresó una especie de inercia que lo hizo recorrer cada uno de los lugares por los que habían estado, y casi en forma simétrica y sin saber cómo, terminó sentado en una mesa sobre la vereda en el café Margot, a una cuadra de Boedo y San Juan.

Había estado más de tres horas esperando, sentado en otro café sobre Cabildo y Virrey del Pino, a la misma hora en que ella asistía a su psicoanalista, confundiendo a cada una de las mujeres que pasaban. Por esas maravillas o perversiones que tiene la imaginación todas eran iguales a ella, con el cabello más corto (se lo habrá cortado, pensaba), algo más gordas (puede haber engordado, hace ya tres meses que no nos vemos) incluso de distintas estaturas (no será tan alta como la recuerdo). Después de todo la imaginación y los recuerdos se conforman con el mismo material que las alucinaciones y por momentos no se hace fácil distinguir unos de otros. 

Había cambiado de horario o había abandonado el análisis, no quedaba más opción. Ella nunca apareció.

Es así que terminó en esa vereda de Boedo, esquina con el pasaje San Ignacio, con un libro de Hemingway sobre la mesa –Al otro lado del Río…- que sólo le servía de excusa, puesto que sus ansias por verla le hacían imposible concentrarse en más de tres párrafos seguidos, a ese ritmo podría llevarle varios años terminarlo. La trama respecto de aquel coronel Cantwell ya lo había saturado y había terminado por asquearse de un relato cuya acción sólo estaba basada en memorias, mientras ahora sólo se dedicaba a recordar, recorrer ciudades antiguas y hoteles y, en el mejor de los casos, salir a cazar patos. Así y todo, podía intuir que parte del agobio que le resultaba aquella lectura tenía más que ver con sus ansias y no tanto con el pobre Hemingway que, más allá de las críticas a las que fuera sometido por parte de críticos y eruditos literarios que siempre quieren llamar la atención poniéndose por encima de escritores renombrados, tenía una experiencia de vida que de por sí lo hacía interesante y de la que ninguno de estos nuevos escritores que jamás abandonan su estudio o escritorio podía siquiera imaginar.

Agustín levantaba el cuello y seguía con la mirada a cada una de las mujeres que pasaban, intentado adivinar puntos a lo lejos con la esperanza en que cada uno de esos se transformara en ella. Una sensación de vértigo recorría su piel, y cuando divisaba algo semejante, su corazón hacía una pausa, literalmente dejando de funcionar, para continuar con sus latidos con un golpe fuerte unos instantes después. Frente suyo una mujer, con rasgos anglosajones -posiblemente una turista norteamericana o europea- seguía sus movimientos. Me creerá una especie de desquiciado, pensó, y pudo verse desde cierta perspectiva, moviendo su cabeza, estirando su cuello de un lado al otro, algo desesperado, hacia ambos extremos de la vereda. Posiblemente tenga razón.

Trató de concentrarse en la novela, en el Coronel Cantwell y su chofer, un tal Jackson, que no lo soportaba pero no dejaba de mostrar una amabilidad tal que producía el mismo efecto en el coronel. Ambos profesaban ese odio silencioso y cortés, producto generacional o de haber atravesado vivencias similares, que puede no manifestarse nunca o estallar en una guerra abierta en algún momento. Un soldado joven que había aprovechado la menor herida para desaparecer del frente de batalla mientras que él aún sentía zumbidos en la cabeza a causa de la cantidad de veces que lo habían herido. 

El resentimiento era legítimo.

El calor era agobiante y para colmo las sillas de lo más incómodas. Pensó que debería existir alguna clase de protocolo al respecto, que dictamine cierta clase de ergonometría, el respaldo adecuado y esas cosas. Buscaba alguna posición que le quedara cómoda a los efectos de aguantar ahí el mayor tiempo posible. Ni siquiera conocía la dirección de su casa, era toda su información- como para saber si estaba en el lugar correcto, teniendo en cuenta las escasas probabilidades. A vos te está fallando algo, se dijo, toda su vida se componía de empresas imposibles, como si hiciese de la utopía una especie de karma o de religión. Cayó en la cuenta de eso, jamás le había preguntado su dirección, podía llegar a hacerse una idea, pero no pasaba de la vaguedad. Imaginó cosas, qué sería si se muriese, por ejemplo, ¿estaría habilitado para asistir a su velorio? 

Sabía que vivía en Boedo, eso era todo, ella lo repetía constantemente como si necesitara afirmarlo y le brindase alguna clase de identificación. Pero el barrio es grande y no tenía otro punto de referencia. Cuántas cosas no sabría de ella, más allá de que tenía marido y de lo que podía mirar por internet. Por un instante dudó si todo no había sido más que una ficción y volvió a caer en la cuenta de las alucinaciones. Desde el punto de vista del idealismo subjetivo de Berkeley todo podría serlo, qué es el ser humano si no un conjunto de alucinaciones, compartidas en el mejor de los casos. Entonces asumió que cualquiera de aquellas mujeres que pasaban podría ser la que buscaba y le provocó cierta satisfacción, desde un punto de vista semejante sería muy fácil reemplazarla. Pero no duró más que eso, unos pocos segundos, finalmente tuvo que admitir lo ridículo de ese pensamiento. La clave del amor reside en su unicidad. 

Volvió a darle una oportunidad a Hemingway, intentando evadirse y que el tiempo transitara de un modo menos trascendental. El coronel había llegado a Venecia y se había sumido en una conversación ridícula con el Gran maestre junto al que había construido una especie de logia imaginaria que parecía el juego de dos delirantes. Intentó seguir algunas páginas más pero no era un buen libro para calmar la ansiedad, le hacía falta más acción, cosa que había esperado encontrar en Hemingway. Echó una mirada a la anglosajona que tenía adelante y seguía observándolo y esbozó una sonrisa. De dónde sos, pudo haberle dicho y quién sabe hubiera sido un pasaje para el olvido. Sin embargo, era demasiado blanca para su gusto y había algo de ese olvido al que se resistía. Además, no existe nada peor que la mujer inadecuada para aumentar la melancolía. 

Su tenaz memoria era uno de sus principales enemigos. Hay algo de la forma, pensó, que es irreemplazable.


Dejó a Hemingway por la mitad y pasó a un libro de divulgación de Levi-Strauss, acerca del pensamiento mítico y el pensamiento científico. Se le hizo algo más llevadero. La mitología tiene ese imán imposible de resistir, y en definitiva es el inicio de todo, así como un modo de explicar las alucinaciones compartidas. El artículo no tenía más de cinco o seis páginas y se leía de corrido. Echó varias miradas más, escudriñando y siguiendo a cada una de las mujeres que pasaban y que amenazaban con convertirse en ella, sin ningún resultado. Volvió sobre el artículo y cuando lo terminó la anglosajona se había dado por vencida, ya no estaba. Su pasaje al olvido se había esfumado.  

Espero algunos minutos más. La espalda comenzaba a dolerle, había comenzado a oscurecer y ella no daba rastros de que fuera a aparecer. Margot fue el primer café en el que se encontraron, y al parecer no iba a ser el último. Pagó la cuenta y desapareció.  

jueves, 26 de marzo de 2015

Amor cruel


Yo todavía estoy demasiado metido en esta historia, le dije, para qué te voy a mentir.
Ella juntó los labios, sus ojos se opacaron, desilusionada, pero al mismo tiempo sabiendo que eso podía pasar. Se lo conté desde el primer momento, sin ocultarle nada. Mirá Gimena, yo acabo de salir de una historia complicada, le dije al conocernos, claro que en ese momento se lo dije seguro, demostrando una seguridad que no tenía, como una decisión tomada, sin regreso.

Sin embargo, la historia no había terminado nada y todavía había carretel para seguir tirando. Sol no estaba en uno de los mejores momentos de su vida, su discurso se venía desmoronando desde hace tiempo, de ser la mujer más feliz del mundo con el marido perfecto, había pasado a asumir que su felicidad estaba basada en suposiciones con poco fundamento… o sí, quién sabe, y las cosas habían cambiado como cambia una marea y hace que el mar se pinte de un azul más oscuro y lo que antes nos gustaba ya no nos gusta ahora y nos parece una mierda. La cosa era que Sol ya no tenía demasiado claro nada. Quiero que mi matrimonio funcione, me decía cada tanto, pero sus palabras cada vez resultaban menos creíbles. Para peor, le había contado todo a su marido, un año de salidas ocultas conmigo, ¡un año! Ni siquiera habían pasado dos meses de casados cuando empezamos a vernos. Y el tipo no había hecho más que golpear algunas paredes con el puño y amenazar con que iba a venir a buscarme –cosa que a mí no me preocupaba demasiado, y hasta me resultaba simpático, qué pueden hacerme un par de golpes más en el cuerpo, golpes que por demás eran el signo de su propia debilidad-. Ni siquiera se tomó una semana para pensarlo, como para que ella entrara en razón o se asustara un poco, no, unos gritos y unos golpes a las paredes y la posterior vigilancia, lo que a mi parecer lo hacía ver más ridículo. Quién sabe estoy embarazada, se dio el lujo de decirle también y el otro se puso más loco. ¡Cuánto habrá pensado en mí! Pero ninguna mujer perdona eso, hay cosas que si no se sienten es necesario actuarlas, decía mi vieja.

Yo desde entonces me dediqué a escribir en mi muro algunas provocaciones, sabía que él se había obsesionado conmigo, ella me lo había contado y miraba mis publicaciones como si en ellas pudiera encontrar algún secreto que no encontraba frente a sí mismo. ¿Qué esperas, que reaccione? me preguntó Sol al verlas, sos un provocador. Sin embargo lo que ella estaba esperando –aunque no lo expresara- era que reaccionara su marido, de alguna forma, dejándola por un tiempo, cogiéndose a otra, demostrándole que aún guardaba algo de dignidad o siquiera dándole un golpe, un golpe duro y a la cara, que le dejara el pómulo morado y le hiciera ver que tenía los pantalones puestos, qué se yo. Pero el tipo no reaccionó y ella a las dos semanas estaba nuevamente en mi cama, gozando como nunca, soltando gritos al aire como perra en celos y diciéndome al oído que nunca había probado una pija tan grande y tan rica como la mía. Cualquiera sabe que un pene es un elemento exclusivamente imaginario, que una pija es una pura proyección. Y cualquiera sabe también que si hay algo que una mujer no puede perdonar es la falta de dignidad, después de ahí se transforma en una hiena -es casi instintivo- que busca humillar y hasta sacrificar o comerse a su ex pareja, que se transforma en una masa amorfa viscosa, inaguantable. Los deseos son irrefrenables, es algo que nace adentro del estómago y se expande hacia las extremidades, y lo peor es que ni siquiera lo nota, yo todavía lo amo, lo que pasa es que el amor se transforma, etc., o venía con lo de que su matrimonio funcione. Pero es un proceso sin vuelta atrás. Una cuestión darwinista, dirán, casi como el castigo y la necesidad de eliminar al más débil, al lastre que dificulta la evolución y la supervivencia de la especie. Yo lo sabía, saltaba a la vista, cualquiera podía saberlo, pero no podía decirle estas cosas para que no se enojara conmigo, aunque ella misma las decía, pero de la misma forma que “la bella indiferencia de las histéricas” según Charcot, que hablan sin sentir, ella hablaba sin escucharse.

Cuánto puede dejarse humillar una persona, pensé. En un principio me caía simpático, como ella me lo pintaba parecía una buena persona y me causaba cierta pena que todo esto sucediera así. Sin embargo, el patetismo y la humillación habían ido transformándolo en un ser algo despreciable. En pequeñas dosis podía pasar, despertar cierto cariño y hasta compasión (aunque no sea el mejor de los sentimientos). Pero cuando la humillación traspasa ciertos límites lo único que despierta es rechazo, después de todo, es imposible querer a nadie que no se tenga un poco de amor propio, y mucho menos cuando su postura termina obturando el desarrollo natural de las cosas. Ella podía haberme llevado a su casa, podíamos haber cogido desenfrenadamente frente a sus narices y de todos modos, su dependencia repugnante, lo hubiera hecho perdonarla. Ya no era un hombre lo que tenía, si no un hijo o un hermano menor.

Ella también había comenzado a odiarlo, con toda su alma, le debo tanto, llegó a decirme cuando la acompañaba a tomar el subte -después de tener uno de nuestros encuentros sexuales monumentales-. Cualquiera sabe que cuando se llega a esos límites no hay vuelta atrás, el amor puede ser agresivo, puerco, cruel, reventado y hasta mortal, pero no hay nada peor que el amor condescendiente. Eso y la humillación son la misma cosa, y hay cosas que una mujer no puede perdonar.

Gimena me escuchaba atenta, con su atención de psicoanalista, atendiendo a su pose, seria, desviando la energía para otro lado, con su tono inalterable de quién escucha o intenta escuchar sin afectarse. Pero cualquiera podía notar que estaba sufriendo, Gimena tenía un discurso demasiado armado y por momentos me daba respuestas como si yo fuese su paciente, aunque en cualquier momento podía desmoronarse y echarse al piso a llorar. De haberlo hecho, posiblemente me hubiera cautivado más, pero yo podía notar su pose, la veía asomando tan claramente, sabía que ella actuaba para mí, que me había transformado en su objeto de amor, que sus respuestas suponían lo que yo quería escuchar, y no hay nada que me ponga de peor humor que eso.

Volví a hablar, le dije, volvimos a vernos, y su cara se desfiguró, fue sólo un instante, inadvertido para alguien distraído, pero no para mí. Pude ver su piel tensarse pero era buena para recomponerse, como el boxeador que cae y se levanta veloz, intentando que los jueces no noten el impacto del golpe que estuvo a punto de dejarlo ko. ¿Por qué sentía la necesidad de contarle? ¿Era la necesidad de descargarme, de hablar con alguien, o sólo quería humillarla de la misma forma que Sol a su marido? Sin embargo Gimena seguía atenta, con la guardia en alto, esperando que siguiera lanzándole golpes para esquivarlos. De vez en cuando ella también lanzaba alguno, desesperado y sin fuerzas, golpes bajos. Vos sos un miserable, me decía en un tono falsamente amistoso, no hay forma de sacarte un peso, o vos sos un cobarde... Pero sus frases eran tan visiblemente agresivas e innecesarias que no hacían más que dejar al descubierto su dolor. Lamentablemente yo no la podía colmar, hubiese querido, pero no podía. Menos en este momento que la comparaba con Sol, que no era psicoanalista sino bailarina y tenía unas piernas largas y musculosas capaz de dejar loco a cualquiera, que no era psicoanalista pero sus críticas literarias me dejaban desconcertado, que no era psicoanalista pero tenía un oído que ella misma desconocía y podía recordar y reconocer un solo de piano de Michel Camilo tras haberlo escuchado una sola vez varios meses atrás. Esas cosas hacían que no pudiera compararla, y que sus comentarios psicoanalíticos distaran mucho de lo que realmente estaba necesitando, y de las ganas necesarias para reventarnos en una cama como podía hacer con Sol y que, incluso después de acabar y dejarle toda mi leche corriendo por sus entrañas, aún me quedaran ganas de seguir hasta que mi pija quedara roja como un higo por dentro.

El amor es así, cruel, pensé, mientras Gimena seguía buscando puntos de encuentro. Ni siquiera la escuchaba. Podía imaginar a Marcos Maidana arrojando esos golpes desesperados, sin eficacia, que Maiwather esquivaba fácilmente o que recibía sin inmutarse, mientras se movía delante suyo, humillante, bailando y exacerbando su impotencia. Intentaba prestarle atención, pero tras su rostro yo no hacía más que mirar a Sol, con sus ojos negros y brillosos. La muy puta. Con sus piernas largas y musculosas, envolviéndome y sin dejarme respirar. La muy puta. Pidiéndome más, diciéndome, sí soy tu puta, no te das cuenta que soy tuya, mientras su marido hacía llamados desesperados a su celular que ella no podía atender...