domingo, 21 de agosto de 2016

La trampa

Los fardos secos. El olor  y el amarillo opaco tiñendo la oscuridad. El silencio. 
Los recuerdos. La curiosidad. El deseo y lo inevitable. 
Caminar hasta ese lugar, poder llegar. 
Las paredes, rejunte de tablones apilados entre los que se filtra la luz incendiaria de la luna. Un sendero de piedras. 
La incertidumbre.
Lo oculto, la noche una vez más.

-Vení, yo te voy a hacer conocer-. El secreto y su sentido. El juego encubierto. Clandestino. -Sólo hay que seguir las piedras. Vení que yo te cuento...-. 

La promesa, escabullirse en el más allá. Escapar al hastío. 
El juego y la noche. En juego en la noche. La noche y la nada.
Infancia disfrazada de experiencia y la curiosidad permanente. La soledad. La ausencia de sentido y la luna distraída jugando con las equivalencias de la libertad. Liberté, igualité, laissez faire... 

-Yo te voy a hacer conocer. Vení, ya vas a ver cómo es el juego. Seguí las piedras-. La oscuridad, la noche y el hastío. El sendero que se acaba y las maderas. -Parecen estrellas, ¿ves? Las piedras...-. Su voz delicada, tramposa. 

El olor seco que producen los fardos apilados, falsa hipóstasis que conduce a ningún lado. Rejunte de tablones, la luna una vez más, que no se acerca, poderosa. El silencio sorpresivo y la confianza que se quiebra.

-Vení, entrá, ya vas a ver-. Su voz calma, complaciente, certera. -Las estrellas, se parecen a las piedras, ¿no? vení que yo te cuento-. Convincente, siniestra. 

El recinto, los recuerdos, una sonrisa blanca, blanquísima y lejana. El consejo que no aparece. Liberté... Laissez faire, laissez passer. La autoridad. El hastío una vez más. Alicia cayendo por el pozo.

Lo perverso, el sufrimiento. El aburrimiento y el deseo de otra cosa. 
El aparecido, el apareamiento, el terror. Temor. La luna que también desaparece. La oscuridad. Las lágrimas.

El escape, el dolor. La memoria. Las cosas que no encajan. El olor. La fuerza, el embrutecimiento, el silencio de la noche y su siniestra voz. El exilio.

La luz filtrándose, los tablones de madera acumulados entre los que aparece una luna temblorosa. La angustia que perdura y el sendero de piedras diagramadas. La trampa tan certera. 
El olor seco que producen los fardos de paja ahí apilados, testigos de una historia que no cierra. El odio, el desamor y la traición. La duda. La huida y el rechazo.

La sorpresa.

Lo inefable. Volver a ningún lado, ser de nadie. Ser de todos. 
La presión y la posesión.
La tristeza, el llanto desmedido, inacabado. La cicatriz que no existe, que no cierra. La lágrima que no se manifiesta.
El enmudecimiento, el vacío permanente, eterno. La consecuencia. Su voz grave, menos suave, horrenda. 

-¡Qué te pasa! ¿Que no viste las estrellas? Vení que yo te cuento-.

La noche, la curiosidad, el deseo reprimido, inarticulado, las piedras reposando en el camino hacia la nada. 
Lo perverso sobre los tablones apilados entre los que reposa la luna que se llena.
El mutismo. El dolor, el vacío que se extiende, y que no ceja, que no deja, que no se queja, que se estrella en una noche que no llega.

 El sendero de piedras se consuma.

El recinto que se llena de vacío, la censura. El lenguaje que se acaba y las congoja que se agranda, que no alcanza. El camino, la distancia entre esa voz inacabada y la luna que filtra su luz robada sobre los fardos de paja que se extinguen.  

-Veni, seguí, el camino que se acaba. Yo te cuento-. Lo siniestro.

Las piedras, los tablones apilados.El odio, la traición y las palabras que no existen. La mentira y todo eso que no encaja. Las estrellas, la distancia.

jueves, 11 de agosto de 2016

Perros


-Si yo blanqueo la cosa voy preso, ¿entendés?- le dijo con una sonrisa, antes de dar una pitada profunda y exhalar el humo del cigarrillo como si acabara de tener un orgasmo.

Atilio no sabía bien qué responderle, nunca se había considerado un moralista pero sentía como si su amigo lo estuviera probando. Siempre le había costado reconocer los límites, tanto se había ufanado en cuestionar las convenciones sociales que ahora le costaba trazar cualquier razonamiento entre lo que estaba bien y lo que estaba mal.

-Si el hombre es un ser indeterminado significa que le está permitido todo- dijo su amigo, casi leyéndole la mente y metiendo una pitada tan honda como la anterior. Atilio lo miraba atento, le costaba comprender que un simple cigarrillo pudiera producirle tanta satisfacción, se le hacía que no era más que una pose.
-El hombre es un ser limitado- le contestó, recostándose sobre la silla y apelando a sus escasos conocimientos psicoanalíticos -eso es lo único que lo define-.

No era una mala respuesta, sin embargo volvió a sentirse un moralista, al fin y al cabo era una respuesta demasiado trillada, o simplemente endeble. Trataba de imaginarse incondicionado, sin embargo algo en todo eso lo hacía sentir incómodo.

-Vos y tu moral- le reprochó el Turco, dándole donde más le dolía.
-Vos y tu cigarrillo-.

Ambos rieron. Se alzó un silencio que dejó en primer plano los sonidos de la calle. Las bocinas de los autos penetraban por la ventana abierta del café. Un perro se trenzó con otro y un bebé que paseaba en un cochecito rompió en un llanto agónico. Era una tarde celeste con un sol radiante como no asomaba hacía meses y todo el mundo había decidido salir a aprovecharla.

-Vos te confundís- volvió a decir -pensás la libertad como un concepto abstracto y te olvidás que la libertad siempre es limitación. Pensás demasiado en los derechos y te olvidas de las o-bli-ga-cio-nes-.
-Atilio, a vos te cagaron la cabeza los psicoanalistas-. Rieron nuevamente. -Esa sarta de pelotudeces se la podés decir a otros, pero yo te conozco-.

Era cierto, se conocían de sobra, habían crecido juntos y, más allá de que sus vidas habían tomado rumbos diferentes, les bastaban esos simples gestos para poder entenderse. Atilio sintió que su amigo tenía razón y eso lo hizo sentir en desventaja, de pronto era como si el diálogo se hubiera transformado en una competencia en la que cada uno iba acumulando tantos. Quiso salirse de ese juego pero no podía dejar de sentirse interpelado por lo que el Turco le decía, sentía que sus palabras se encontraban encorsetadas, que hablaba a través de libros o conceptos por momentos vacíos, que no eran más que la excusa para justificar su propia parálisis y lo dejaban a merced de la nada. Si las palabras realmente crean cosas, tenía que esforzarse en mejorarlas. Pensó en combinarlas de diferentes maneras, darles un nuevo sentido, cambiando las articulaciones. Quién dijo qué, dijo qué quién, dijo quién qué, yo qué dije, etc. Pavadas. Se sentía cercado por el lenguaje. A vos te falta humor, le dijo su psicoanalista en la última sesión, y de algún modo aquello lo había afectado bastante.

Los perros seguían ladrándose y sus dueños -un hombre de unos sesenta años, calvo y con unos labios angostos, semejantes a los de Scott Fitzgerald y otro de unos cuarenta con una remera apretada al cuerpo, recién salido del gimnasio- en lugar de alejarse se miraban y se reían como si disfrutaran de la molestia que le causaban al resto. Ellos observaban todo desde la ventana como una especie de teatro.

-Entonces seguí adelante ¿si te sentís tan libre por qué no blanqueas la situación y listo?-. 
-Porque no se puede Atilio, el mundo, la vida misma, es una cosa jodida, la realidad te condiciona y uno tiene que adecuarse un poco para que no terminen domesticándote y transformándote en un animalito, como esos perros ahí midiéndose junto a sus dueños-. 
-¿Qué clase de libertad propones entonces, si no podes hacerte cargo ni siquiera de tu propia vida?-. Ahora sentía que el partido se emparejaba, que había marcado un tanto importante y eso lo animó a seguir. Se recostó aún más en la silla, tanto que las patas delanteras se levantaron. -Vos y esas pitadas exageradas no son más que el complejo de culpa que te carcome, exhalas como si fueses el rey de la selva o uno de esos perros y no es más que el síntoma de tu cobardía a afrontar lo que sos-.
-¡Upa! ¡Esa la tenías escondida!- respondió irónico. 
-Sí, vos reíte no más-.

Se hizo un nuevo silencio que fue interrumpido por un bocinazo y el sonido posterior de cubiertas rozando contra el pavimento. Los perros junto a sus dueños habían partido en direcciones opuestas y ya no se escuchaban. El sol seguía alumbrando como si se hubiera estado aguantando de hacerlo todo el otoño y el invierno -que aún no acababa- juntando energías para lanzarlas sobre el mundo en aquel instante. 

-¿Se van a servir algo más?- les preguntó el mozo, un chico de unos veinte años, con un corte moderno, casi rapado en los costados y una melena prominente que crecía en el centro de su cuero cabelludo. 

El Turco ni siquiera lo miró y Atilio se concentró en una de las orejas de la que le colgaba un trozo de madera y le abría el lóbulo como si fuese a reventar. Pero ninguno de los dos le respondió, estaban demasiado concentrados midiéndose el uno al otro, ensimismados en sus cavilaciones. El partido había quedado empardado y posiblemente estuvieran previendo los tantos finales.

-Los gatos tienen un morir mucho más digno que los perros- dijo entonces Atilio y el Turco quedó atónito, lo único que hizo fue abrir la boca y mantener el cigarrillo en su mano izquierda mientras un pedazo de ceniza peleaba contra la ley de gravedad. -Los gatos mueren quietos, se quedan secos de noche y generalmente uno los encuentra al día siguiente, duros como una piedra en alguno de sus rincones favoritos... hasta se esconden para morir, como si les diera verguenza-.
-¿Y los perros?-.
-Los perros empiezan con problemas, generalmente artrosis en las caderas y se van degradando poco a poco, se vuelven totalmente dependientes hasta el punto que se caen sobre su propia mierda y uno tiene que ir por toda la casa limpiando lo que hacen o limpiándoles el culo. Te lo digo porque a mí me pasó, desde ahí que decidí que no más perros-.

Si hubiese un referí que evaluase las jugadas podría interpretar que, o Atilio había metido un tanto fundamental, casi al punto de dejar el partido al borde del match o que -en su intento por arremeter con todo- había desviado la pelota varios metros afuera de los límites de la cancha o directamente fuera de la tribuna. Lo que no podía encontrarse era un punto medio, no lo hubiera encontrado un referí y mucho menos el Turco que seguía mirándolo desconcertado, intentando descifrar algo de sus palabras.

-Escuchame Atilio, ¿toda esta sarta de tonterías respecto a los gatos y los perros, las decís por mí?-. Atilio echó una risotada, en su cabeza aún redundaban las palabras de su psicólogo. Qué yo te dije, cómo te dije, quién dijo qué... a vos te falta humor.
-Te estoy provocando Turco, a ver si bajas un poco la guardia- su amigo lo miró desconfiado, Atilio no hacía más que desconcertarlo y esperaba a ver qué iba a decir ahora. -¿Sabés cuál es tu problema?-.
-A ver, ilústreme Freud- respondió irónico, la palabra Freud no era común en su vocabulario y sonaba algo extravagante.
-Tu problema es que no te dejas querer, tenés tanto miedo a que te quieran bien que te metés en todos esos quilombos innecesarios con pendejas en los que tenés que andar escondiéndote o haciendo esas boludeces. Y no sólo eso, no te dejas querer por alguien a tu altura porque te sentirías intimidado, te da miedo sentirte en igualdad de condiciones-.
-¡Mira que decís boludeces, eh!-.

A pesar de su rechazo, por primera vez el Turco daba crédito a las palabras de su amigo, si bien aún no estaba preparado para asumir lo que Atilio le decía, se permitía desconfiar de que guardaban algo de cierto. Hizo una introspección al respecto de sus relaciones que no duró más de lo que dura un flash y desvió nuevamente su mirada por la ventana del café. Contó pasar no menos de diez perros en sólo cinco minutos. 

-Parece que la gente no tiene otra cosa que hacer que criar mascotas-.
-Viste che- respondió Atilio sabiendo que su amigo intentaba desviar la atención. 
-Los perros son tan fieles- esbozó con una voz apenas audible, como si se le hubiera escapado.
-¿Te asusta?-.
-¿Qué cosa?-.
-Eso, la fidelidad-.
-¡Cómo me va a asustar, Atilio! Otra vez estás meando afuera del tarro, ¿te tomaste la fiebre?-.
-Si seguís así no vas a cambiar nunca Turco-.
-¡Y vos de dónde sacaste que yo quiero cambiar!-.

Al mozo se le cayó la bandeja y el sonido a tazas y vasos rotos hizo un estruendo que resonó en todo el lugar. De la mesa vecina una mujer se levantó enardecida, limpiándose los pantalones a causa de las salpicaduras de café. Sus ojos furibundos apuntaban contra el mozo.

-Disculpe- dijo éste, avergonzado. Su rostro se había teñido de rojo y el aro en forma de tronco que colgaba de su oreja ahora sobresalía de su cabeza ridículamente. La mujer estuvo a punto de decirle algo pero se aguantó, podía observarse el esfuerzo que hacía por tragarse las palabras. Sobrevino un silencio tenso que duró cuatro o cinco segundos, luego su gesto se distendió. 
-No pasa nada- respondió ya más aliviada, evaluando las consecuencias del asunto sobre sus piernas. 
-Disculpe- repitió el mozo, debatiéndose entre levantar los restos del piso o ayudar a la mujer de alguna forma. -¿Quiere que le alcance un trapo?-. 
-No te preocupes, está todo bien-.

Atilio observó el gesto de ella endurecerse y ablandarse en tan corto tiempo, algo en todo aquello lo sedujo. Pudo notar también un oyuelo que se le marcaba en el pómulo izquierdo al momento del enojo, justo debajo del ojo, que ahora había desaparecido. Sus miradas se correspondieron.

-Te queda bien enojarte- le dijo. 
-¿Debería tomarlo como un cumplido?-.
-Tomalo como quieras- dijo Atilio -de todos modos te queda bien-. Ella finalmente sonrió. 
-¿Quieren que los deje solos?- preguntó el Turco, dejando entrever ciertos celos en una carraspera que no tenía naturalmente.
-Tu amigo es medio controlador-.
-Lo necesario, no más- respondió Atilio -pero es inofensivo-.
-Bueno, bueno, qué soy yo...- dijo el Turco algo afectado.
-Sentate, acercale una silla Turco, dale, no seas desatento-. El Turco se paró enseguida, aunque con disgusto, no le gustaba que le dieran órdenes. Ella permaneció unos instantes dubitativa y finalmente accedió. Sus movimientos eran suaves, tenían una elegancia algo forzada. Antes de sentarse pasó la mano por el respaldo de la silla y se corrió un mechón de pelo que le caía por la frente.
-Agustina- dijo, a modo de presentación, extendiéndoles la mano. 
-Veo que te tiñeron los pantalones Agustina- dijo el Turco.
-Te estás vengando- respondió ella risueña -te molestó lo de controlador-. Los tres rieron.

Ahora todo se había transformado en un partido de tres y las cosas se complejizaban. No es lo mismo una relación dual que una triádica en la que todo debe estar más equilibrado, y mucho menos cuando la que se suma es una mujer a la que se intenta demostrar la masculinidad.

-¿Qué opinas de los perros?- le preguntó el Turco, encendiendo un cigarrillo y metiendo una de sus monumentales pitadas.
-¿Viste qué pitadas más profundas que mete mi amigo? Se cree que es el rey de la selva- dijo Atilio.
-¡Cortala con eso, che!- dijo el Turco ya al borde del enojo.
-Disculpame Turco, tenés razón. Pero jamás vi a alguien que goce tanto con un cigarrillo-.
-No sé, prefiero los gatos- respondió ella. 
-Yo sabía- esbozó Atilio.
-¿Qué sabías?- preguntó el Turco.
-¡Qué iba a preferir los gatos!-.
-Y por qué sabías que iba a preferir los gatos?- preguntó Agustina.
-Porque tenés esa pose de mujer independiente, y se supone que los gatos son una especie que se identifica con eso-.
-Disculpalo, a veces se cree psicoanalista y se pone insoportable-.
-Zooanalista- dijo Atilio, algo burlón.
-Algo de razón tiene- dijo ella -las mujeres tendemos a la sobreactuación de nuestra propia independencia, es un modo de reafirmar nuestro género. Los gatos son ideales para eso, ¿no les parece?-. Tanto Atilio como el Turco quedaron algo desconcertados.

El mozo volvió a aparecer con un café para Agustina y el Turco aprovechó para pedirle una cerveza. Ya pasó la hora del café, dijo. 

-Agustina tiene razón- dijo Atilio -las mujeres son como los gatos, no pueden sentir el menor afecto por nadie-.
-Tu amigo es insoportable, tenés razón Turco-.
-Viste- respondió el Turco, siempre pitando. Ahora el partido se balanceaba en su favor, hincó el pecho y descargó todo su peso en el respaldo de la silla.
-Además, ¿de dónde sacaste que los gatos no son afectivos?-.
-Y, vos viste que ellos hacen la suya y lo que pase alrededor no les importa-.
-En ésta le doy la razón a mi amigo- dijo el Turco.
-Y qué tiene de malo eso- esbozó Agustina -¿tienen que estar siempre como esclavos dependientes del amo?-.
-Viste, yo sabía Turco-.
-¿Qué es lo que sabías?-.
-Que Agustina tiene necesidad de sobreactuar su independencia-.
-¿Tu amigo es siempre así?- Agustina volvió a interpelar al Turco, su frente se había contraído levemente.
-¡Peor que eso! Lo que pasa es que anda medio misógino últimamente-. El partido volvía a balancearse.
-¿En serio? ¿y por qué?- preguntó Agustina.
-Es que me rompieron el corazón- 

El mozo se acercó con la cerveza y tres vasos que fue apoyando en la mesa. 


miércoles, 18 de mayo de 2016

En Buenos Aires no nieva

Es tarde y llueve,
sobre la densa niebla que forman las nubes emerge su recuerdo, 
traído por el viento.

Preparate para el olvido, dice, preparate...
La nieve cae, llana, marcando el ritmo del tiempo.

En Buenos Aires no nieva, dice,
pero podría, una vez nevó.

Es tarde y llueve, la niebla lo nubla todo.
Hace frío. Su recuerdo. La tristeza.
Era Julio, o Agosto... fue hace tiempo.  

Preparate para el olvido, dice, porque no tiene vacuna, no existe.
Preparate...

Los copos brillan iluminados por los focos del alumbrado, blancos, perennes, hamacándose en el vacío. Uno a uno los mira, adormecidos, blandiéndose en el viento como parias, esperando tocar el suelo. Los focos y los copos, ríe.

En Buenos Aires no nieva, dice, pero podría...

La lluvia lo inunda todo, feroz, cada vez mas enérgica. Su recuerdo se pega a uno de los focos del alumbrado público que titila, a punto de apagarse. Son los copos.

Era Julio y hacía frío. Los pies se me congelaban. Era de día y de repente se hizo de noche. Sus ojos lluviosos guardaban esa idea, quejosos.   

La niebla, la luz tenue, la nieve nublándolo todo.
El recuerdo. Los copos en los focos y el vacío.
La nieve que se hamaca... hacia el olvido (que rima).
No jodas, que no nieva, dice.

Las luces titilantes como el recuerdo, un foco que insiste, perenne, a punto de apagarse. Tu recuerdo. 
¡Preparate! Yo te aviso...
La nieve...
No jodas, ¡que no nieva! Son los copos.

En los focos, me dice, con su risa.
Es la nieve la que brilla. Los pies se me congelaban, en serio, ya no aguanto.
Eso no es brillo, ¡si eso es baba! Se ríe, ¡son las huellas que dejan los insectos! 
Era Julio, estoy segura. Tal vez Agosto.

La lluvia que no para, algo furiosa. 
Era de día y de repente se hizo de noche.
¿Los insectos? ¿Donde viste insectos en Agosto?
Agosto, tal vez Julio, da lo mismo. ¡Preparate! Yo te aviso.

En Buenos Aires no nieva...

lunes, 16 de mayo de 2016

Veinte años

(De Siete cuentos de amor)




Uno no puede enamorarse y que resulte un trabajo liviano. 
Hay que ensuciarse las manos, se necesitan músculos y agallas. 
Y si no puedes soportar ni la idea de ensuciarte esa alma ordenada y limpita
 es preferible que renuncies a todo lo que sea vida 
y te conviertas en santa. 
Pero nunca vivirás como un ser humano, 
hay que elegir entre este mundo o el otro. 

John Osborne.


Qué te importa que te ame,
si tu no me quieres ya...
María Teresa vera.





Miró hacia el techo buscando una rendija por donde se filtraba la luz del alumbrado público. Estaba agitada y un sudor helado recorría el contorno de su cuello. Su almohada y las sábanas junto a ella se encontraban húmedas producto de su transpiración. Un silbido agudo, apenas perceptible y similar al que hace el viento al filtrarse entre los postigos de una ventana, se escapaba de su garganta, apenas podía respirar. Todo había sido tan real, tan espantosamente real, que le costaba reconocer su cuarto, esa podía ser su casa como no. Volvió a buscar aquella luz como el marino que busca referencias en el cielo, y suspiró aliviada al encontrarla. La respiración de su novio junto a ella terminó de tranquilizarla.

-¿Qué te pasa?- preguntó él, algo alarmado. Sus movimientos lo despertaron, probablemente ella lo estuviera deseando.
-¡Qué pesadilla! Prendé el velador y pasame el inhalador por favor-.

La luz iluminó íntegramente la pieza y su mirada recorrió cada rincón -sus fotos sobre la cómoda, un dibujo de Castagnino enmarcado que colgaba casi al borde de la ventana y la Antología Poética de Anna Ajmátova en la mesa de luz- como si necesitara reconocerla. Un retrato de ella dibujado en lápiz, que también colgaba contra la pared, en el que sus contornos se delineaban e iban desapareciendo de a poco en una especie de fade out hasta desaparecer por completo. Todo era igual pero al mismo tiempo todo era tan nuevo. Se llevó el inhalador a la boca. 

-¿Estás bien? Parece que hubieras visto un fantasma-.
-¡Más o menos! Y no fue uno sino unos cuantos-. Se sentó en la cama ya más tranquila y estiró sus brazos para desperezarse. Uno a uno sus músculos se fueron marcando sobre su espalda dejando crecer unas pequeñas sombras con formas alargadas producto de la luz de costado. Le costaba imaginar que un sueño pudiera ser tan real. -¿Qué hora es?-.
-Tres y veinte. ¿Qué soñaste, se puede saber?-.
-Dame dos minutos para despejarme un poco, sí- dijo. Desparramó las sábanas y caminó hasta el baño. 

Sus pasos eran livianos, gráciles, como los de un pájaro buscando peces al borde del mar. Eso pensó él, pero no dijo nada, le gustaba mirarla caminar, aunque sólo fueran esos cinco pasos que median de la cama al baño que lo hacían imaginarla saltando de roca en roca.



Se miró al espejo, esperando que su reflejo le ayudara a recomponerse. Se acomodó el pelo detrás de las orejas, en sus ojos podía observar los rastros del miedo, su rostro aún permanecía pálido. Cómo es posible que se puedan vivir tantas vidas, se preguntó. Aún se negaba a creer que fuera sólo un sueño pero no quería caer en la cursilería de preguntarse qué es lo que diferencia la vida onírica de la real, aunque sin desearlo lo estuviera haciendo. Quince, veinte años habían pasado como fuegos de artificio. 

Se lavó la cara con agua fría para alejar a los fantasmas. Un sueño no puede durar veinte años, pensó. Se acercó aún más al espejo y temió perderse en su interior. ¿Me estaré volviendo loca? susurró, con una voz apenas perceptible. 

-¿Con quién hablás?- preguntó él que alcanzaba a escuchar sus murmullos desde el cuarto.  
-Con nadie, pienso en voz alta no más-. 
-¿Y qué pensás?-.
-Menos pregunta dios....-. 

Algo había en su reflejo que le causaba cierta aprehensión. Aún perduraban los flashes y algunas imágenes casi olvidadas aunque guardaban una potencia vivencial: un paredón, una calle desierta, un perro con una mirada intensa que la interpelaba y le devolvía su propio reflejo. 

-¿Qué diferencia un sueño de la realidad?- preguntó desde el baño.
-Sus consecuencias- respondió él. 

La certeza de la respuesta la hizo sonreír. Sin embargo algo de todo ello debía perdurar y afectar la vida diurna, no por nada los sueños tienen tanta importancia para el psicoanálisis. El espejo actuaba como un imán. Cuántos años habrán pasado, se preguntó una vez más, está vez para adentro, sin emitir sonido mientras aquella batería de imágenes continuaba acudiendo a su mente y ese perro que había esperado veinte años esperando a su amo no le sacaba los ojos de encima. Entre sus ojos podía observar su figura deshaciéndose al igual que en el dibujo que colgaba de la pared de su pieza. Un escalofrío recorrió su piel. 

-¿Está mi cuaderno ahí?-. Necesitaba corroborar que era ella, la que escribía, la que ahora escribía y no podía dejar de hacerlo y no otra, la que ocupaba su cuerpo.
-¿Adónde?-.
-En la mesa de luz, abajo del libro de Anna- se sorprendió por la familiaridad con que pronunciaba ese nombre, Anna, al mismo tiempo le causaba orgullo y un extraño regocijo. Tan ligado estaba ese nombre a él.
-¿Sí, acá está, por?- suspiró aliviada, tanto por eso como por escuchar esa voz algo ronca que sabía mantenerla viva. Su voz era una de las cosas que más le gustaban de su novio, aunque nunca se lo dijera, era una voz que sabía transportarla de un mundo a otro . -El cartel, clavado en el tallo...-.
-¡No te atrevas a leer una palabra!- dijo, imperativa.
-Está bien, está bien... pero ya me vas a mostrar -respondió él obediente desde el cuarto.
-Todo a su tiempo-. 


Una arruga que comenzaba a delinearse debajo del ojo izquierdo la hizo sospechar. Mucho tiempo. Copello. ¡Copello! De pronto la imagen de Copello -su cabeza calva, su porte recio, todo era tan vívido que hasta pudo sentir aquella ausencia corporal como si algunos minutos antes su brazo cercara su cintura- recorrió su mente. ¡Por qué la imagen de un bailarín de tango al que ni siquiera admiraba y con el que nunca había bailado le venía a la cabeza entre semejante torbellino de ideas luego de una pesadilla a las tres de la mañana! Una infinidad de posibles respuestas se le presentaron pero en ninguna logró encontrar la adecuada. 

-¿Te gusta Copello?-.
-¿Quién?-.
-Copello, el bailarín de tango-.
-Ah, no sé, lo vi una sola vez, debe bailar bien...-.
-¿Y en Happy Together?-.
-¿Era él?-.
-¡Claro!-.


La arruga crecía al borde del ojo, casi rozaba la pestaña inferior y apenas se apartaba en un camino diagonal descendente hacia la nariz. Era ínfima y apenas se notaba, sin embargo, le molestaba bastante. Una vez más pensó en el tiempo y en sus múltiples manifestaciones. El perro, Copello, los veinte años, su figura adentro de sus ojos. Dejó escapar un quejido leve, molesto, casi un acto reflejo. 

-¿De qué te quejás?-.
-De vos me quejo- respondió ella, riendo.
-Ah, si, mirá...-. 

Se restregó los ojos, unos ojos oscuros y profundos, observó su pelo desparramándose entre sus senos y su largo cuello. Observaba su propia imagen con cierta extrañeza, hizo un gesto sensual, admirándose, frente al espejo e hinchó el pecho. Luego volvió a desperezarse y sus músculos volvieron a marcarse.

Hizo pis y volvió a la cama, no sin antes deslizar otra mirada por el cuarto, como si aún sospechara y precisara ratificar aquella realidad. 

-¡Así que de mí, eh!-.
-Sí, de vos tonto- y se abrazó a su brazo al mismo tiempo que lo besaba. 
-¿Me vas a contar el sueño entonces o me vas a dejar con la intriga?-.
-Sí, pero en un rato- dijo, ya mas tranquila, mientras se estiraba para apagar la luz y apoyaba todo su cuerpo sobre el de su novio y rozaba su entrepierna -¡antes quiero que me hagas el amor!-. 

Hacía tiempo que no pronunciaba esa expresión y se volcó contenta sobre él, con ardor, casi con furia, feliz de haberlo encontrado.

domingo, 27 de marzo de 2016

Dos años más tarde, 
El mismo lugar, las mismas olas sucediéndose unas a otras, 
la mar en baja y el rastro que deja la espuma iodada sobre la arena. 
Dos años más tarde. 
El mismo lugar. Las mismas palmeras dejando su sombra sobre el malecón carcomido por las aguas que amenazan con llevarse todo.
El cielo limpio después de la lluvia.
Dos años más tarde.
El mismo lugar. La figura, el recuerdo.
El mismo deseo. 

miércoles, 16 de marzo de 2016

El destino (Leonardo Padura)

....

-Yo estoy casada. Mi marido está ahora en París y llega en dos días - dijo y tampoco lo miró-. Vivimos en Chioggia, a treinta kilómetros de aquí, en la casa de su familia, que por cierto tiene mucho dinero... Son marqueses... Yo creo que lo quiero a él, aunque sea capaz de hacer lo que he hecho contigo. De verdad, no sé bien por qué lo hice. Tal vez por lo mismo que viajo en segunda, que vivo de una beca en una pensión en Madrid, que estudio cosas que no le parecen útiles a nadie, que entro sin pagar en los museos... Por lo mismo que detesto Venecia, ¿no? ¿Puedes entender algo?-.

Miguel observó la figura caprichosa dejada por el café en las paredes de la taza -una mariposa negra, tal vez- y susurró:

-Un poco, no sé... No, no entiendo-.

...


viernes, 29 de enero de 2016

Abrazo



Entonces sobrevino ese abrazo precoz cuyo fin parecía ser unificar dos abismos que corrían paralelamente. Tras ellos se abría un horizonte infinito que desaparecería en el mar. La arena quemaba bajo sus pies, pero era un dolor que aceptaba a fin de olvidar otras cosas.¿Qué era lo que quería hacerle creer? Que nada de todo eso había sucedido, posiblemente, que era sólo una fantasía transitoria que pronto quedaría en el pasado, como todo el resto, como todos esos años que ahora se reconfiguraban y llevaban los fantasmas a terrenos pantanosos de los que no era fácil salir. Después de todo, qué es lo que hace que dos personas estén juntas. 

-No te preocupes, ya pasó, no va a volver a pasar- le dijo. Y su sonrisa, mostrando sus dientes blancos, ocultando un vendaval, amenazante, que se escurría entre su piel, de un brazo a otro, entre sus pechos, que subía hasta su cara y bajaba por sus piernas y le recordaba sus labios. Era como una serpiente que recorría su cuerpo llenándola de electricidad y pujaba por salir a la superficie y ella trataba de impedirlo a toda costa. Cuerpo contra cuerpo, suturando una herida que no se iba. –No me mires, sólo apretame así- y el sonido del mar rompiendo de fondo mezclándose con su voz, tenue, algo entrecortada. Sus ojos guardaban una lámina húmeda que los hacía brillar. Mas que un intento era una negación, como si las lágrimas derramadas en cuartos ajenos nunca hubieran existido, como si el deseo ya no bramara adentro suyo agrietando su piel hasta el punto de agrietarla y dejar todo en evidencia. Sabía que no era cierto, que la cobardía se esconde tras los títulos y nominaciones, pero que el deseo tarde o temprano se escurre entre los cuerpos y encuentra su modo de saciarse. De lo contrario todo se pudre por dentro y sobreviene la enfermedad. 

Un silencio intermitente se colaba de cuando en cuando, interrumpiendo un zumbido recurrente que flotaba ingenuo pero certero. Hacía tiempo que ambos deseaban esa pausa. Una ola rompió lejana desde la costa y su sonido no fue el esperado, había algo inquietante en ese estruendo provocado por el mar que hizo que a ambos se les erizara la piel. El sonido de las gaviotas daba a todo el escenario un aire nuevo, aunque todo tuviera el color del decorado tras bambalinas. Las sombras apenas se les escapaban, el sol se encontraba sobre ellos. 

Se abrazaron más fuerte y pudo sentirse el chasquido de dos cuerpos que se chocan pero que ya no encajan, como las piezas de un lego gastado. Las preguntas brotaban por todas partes, eran como embates que arremetían desde diferentes puntos cardinales, que intentaba frenar con escaso resultado. Cerró los ojos con la fantasía de que eso le impidiera pensar, se concentró en la arena quemante bajo sus pies, un pequeño ardor -producto de la arena hirviendo- subía por sus tobillos pero no le importaba, era mejor eso...

Probaron nuevamente, sus músculos se marcaron levemente entre sus brazos, producto del esfuerzo. Sin embargo, el abrazo sólo servía para borrar errores. Un mar de fondo que dejaba al descubierto un horizonte que sólo servía como metáfora y un viento traicionero que los devolvía una y otra vez al mismo lugar. Siempre presente. Siempre al mismo lugar. Pensó en la propia imagen como una foto, una imagen estática que puede mantenerse así para siempre, como si el tiempo pudiera detenerse o como si la historia bastase para justificarlo todo. Sobre su mejilla corrió una lágrima que dejó su rastro de sal, la hizo desaparecer al instante con su antebrazo. Aunque no lo quisiera el tiempo seguía corriendo y con éste un deseo que estaba lejos de contener. 


Una nueva ola rompió en la orilla, su sonido fue más leve que la anterior y aún así produjo el mismo efecto que la anterior. Sus cuerpos se tensaron. Un escalofrío la hizo temblar, y se preguntó cuánto podría aguantar. 

-No te preocupes, ya pasó- volvió a decir, sin creer del todo en sus propias palabras, mientras la arena quemaba bajo sus pies.