viernes, 2 de marzo de 2018

Las putas también se enamoran


Era una especie de antro sobre la calle Oro, a la altura con Paraguay. La luz era escasa, apenas unos puntitos psicodélicos que se multiplicaban como hormigas y trepaban por las paredes. De una rocola, casi pegada a la barra, sonaba cumbia a todo volumen, de vez en cuando interrumpida por alguna canción de los Redondos. Recién caía en la cuenta de que, de alguna manea, la cumbia y los redondos, se retroalimentan. Algunas chicas bailaban en medio del salón, una de ellas -con un short de jean recortado y una musculosa color fuxia-, se trepó a una de las mesas cuando alguien puso Gilda en la Rokola. Había quienes se gastaban lo que no tenían en esa máquina con el afán de mostrar al resto sus gustos musicales. Qué clase de ser viene a uno de estos antros a gastarse el sueldo en una rocola, pensé. Quizá los mismos que se pasan sentados sentados en una mesa, destapando cervezas, me respondí.

Yo estaba con unos amigos, veníamos de algún bar por Palermo y terminamos ahí por casualidad. Apenas amanecía y no queríamos irnos a dormir. ¡Qué tal eso! dijo uno, ni me acuerdo cual, quizá lo de amigos fuese mucho decir. No era la primera vez que pasábamos por la puerta, pero esta vez decidimos entrar.

M. iba y venía por el bar, tenía el pelo color oscuro, lacio, un corte carré y una especie de magnetismo que me hizo no poder dejar de mirarla desde que la vi. Además tenía una frescura poco habitual, se movía con esa seguridad que, en palabras de Arlt, solo tienen las mujeres de la vida. Era delgada y sus dientes relucían muy blancos a causa de la luz violeta. M. quería juntar plata para poner un local de ropa en Concepción, Paraguay. -Es más barato- me dijo unos días más tarde, abriendo sus ojos negros, siempre abría los ojos cuando contaba algo importante -allá todo es más barato- repitió. Era excesivamente simpática y todo parecía vivirlo como un juego. Se acercó a nuestra mesa y se sentó encima mío, me miró fijamente, clavándome esos ojos oscuros, los mismos que tenía por costumbre abrir hasta dejarlos sumidos entre una esclerótica que se asomaba pálida, supongo que también a causa de la luz violeta. -Sos lindo- hizo una pausa -¿cómo te llamas?- me preguntó al mismo tiempo que me besaba la frente. No esperó mi respuesta, se paró y, sin volver a mirarme, se fue, moviendo sus caderas, pero no como el resto de las chicas de la vida, como aquella que se había puesto a bailar encima de la mesa por ejemplo, no, sus caderas eran angostas, demasiado quizá para esa clase de movimientos, el suyo era un movimiento menos presumido, incluso algo tosco, pero con mucha gracia y a mi me produjo una excitación mucho mayor que la del resto. Se fue y me dejó así, con el signo en la frente, como se marca el ganado. Me había dejado impregnado un perfume excesivamente dulce y empalagoso, pero que a ella le iba perfecto. Siguió merodeando por el lugar, yendo y viniendo, como si se tratara del living de su casa. Al moverse daba pequeños saltos, como si no pudiera caminar en forma normal. No sé cuántos temas más sonaron en la rocola, no habrán sido más de tres o cuatro. Al rato volvió, me clavó nuevamente esos ojos inmensos, me tomó la mano y me dijo ¡vamos!, sin mediar mayor diálogo.

Salimos del bar y entramos al edificio contiguo, a medio construir, justo encima del bar. Paredes sin revoque, un ascensor en el que mejor no subirse y las ventanas de las habitaciones siempre cerradas, de los balcones solo había la plataforma de concreto sin barandas ni nada. Me detuve sobre una inscripción en una de las paredes, al borde la escalera. Agus y Juan, escritos con marcador rojo, cruzados por una flecha. Me pregunté si sería el nombre de alguna de las putas y si el hombre sería el de algún cliente. Las putas también se enamoran, pensé. Me reí. El edificio no estaba habilitado y según me enteré más adelante, lo alquilaba un tal que mantenía el lugar a fuerza de cobrarle el sesenta o el cincuenta por ciento de lo que cobraban las chicas por acostarse con tipos como yo. -Aclaro por si acaso, no había trata, sí explotación, como en supermercados, locales de ropa, centros comerciales, restoranes, etc.-. M. se detuvo frente a una ventana rectangular, desde la que una mujer le alcanzó dos toallas y una llave. -La cinco está libre- le dijo la mujer, casi escondida, una especie de voz en off formando parte del engranaje burocrático que mantienen en funcionamiento el sistema. También le dio un sobre transparente. -¿Querés?- me ofreció M. apenas entramos a la habitación...

Aquel fue nuestro primer encuentro, a ese siguieron otros. Pasé por el bar un par de veces más, confieso que el escenario había tomado un atractivo especial para mí. Las luces trepadoras, la rocola y sus fanáticos, el baile, los enamorados de la cerveza, el manifiesto de amor inscripto en la pared frente al que me detuve religiosamente cada una de las veces. Aquel ser kafkiano escondido tras la ventana rectangular… Luego comenzamos a vernos afuera. Entablamos una especie de amistad. Algunas veces íbamos a algún telo y otras simplemente nos tomábamos un café o una cerveza en La niña de Oro o algún otro bar sobre Santa Fe. Ahí fue que me contó sobre el local de ropa que quería poner en su ciudad natal y algunas cosas más como que tenía un novio -paraguayo también-, con el que vivía en una de las habitaciones a medio construir en el mismo lugar adonde trabajaba. Traté de imaginar cómo viviría su novio el trabajo de su mujer y me resultó imposible, mi cabeza no estaba capacitada para eso. Podía ser el paradigma de la lucha contra la posesión de los cuerpos -el tan ansiado amor libre- tanto como el ejemplo de lo que produce el sistema capitalista respecto a las relaciones afectivas. Hubiese querido saber más, si cuándo decidieron venir para Argentina ya habían tomado esa decisión, si allá alguna vez lo había hecho, si se dio por casualidad, etc., pero me sonaba a morbo y preferí callármelo.

-Tengo que contarte algo- me puso en un mensaje tiempo más adelante. La llamé y me dijo que había tenido un accidente con un cliente y había quedado embarazada, estaba algo desesperada. Una amiga que laburaba en cuestiones de género me pasó el teléfono de un médico y le ofrecí acompañarla pero me dijo que prefería ir con el novio. Los días siguientes me costó encontrarla, recién volvimos a hablar dos o tres semanas después. Me llamó y me dijo que nos juntáramos a tomar un café en el Kentucky de Santa Fe y Godoy Cruz, el único que había antes de que se transformara en una cadena. La noté algo pálida -quizá sólo sea el recuerdo restrospectivo que me formo ahora-. A nuestro lado dos mujeres hablaban sobre Cancún y hoteles all inclusive, inmediatamente pasó un chico vendiendo estampitas por las mesas. No pude evitar pensar en el contraste. Hablamos de varias cosas, M. me habló de su negocio que pensaba poner, que había podido ahorrar bastante -diecisiete mil pesos, que en esa época era mucha plata-, se la veía contenta con la idea del local de ropa. -Mi mamá me está averiguando en Concepción- dijo. Me comentó también que el novio estaba trabajando, aunque no ganaba mucho, apenas para mantenerse. Estaba inquieta, no dejaba de mover una de sus manos en sentido circular, por encima de la mesa, como si necesitara contarme algo. No quería resultar invasivo, por eso esperé a que se agotaran los temas de conversación. Finalmente se hizo un vacío en el que ninguno dijo más nada, aunque ella seguía moviendo su mano. Presté atención a sus ojos, no tenían el brillo habitual. Las mujeres a nuestro lado seguían hablando de los tragos, las comidas, etc., que servían en el all inclusive.

-Estoy con pérdidas- me respondió cuando le pregunté acerca del embarazo -hace ya una semana. Me duele un poco la panza- se llevó la mano al vientre para graficarlo.
-¿No fueron al médico le pregunté?-.
-Fuimos, pero era muy caro-. Bajó la mirada.

Inmediatamente pensé en los diecisiete mil pesos, ¡tenía la plata! También se me presentaron en la cabeza toda la serie de clisés que la clase media utiliza para clasificar y estigmatizar a las clases populares cuando quiere diferenciarse de éstas, tienen para comprarse zapatillas y no para pagar por su salud, tienen direct tv… etc. Sin embargo, de haberse gastado la plata estaría tirando todo su esfuerzo y por lo que puso su cuerpo durante tanto tiempo. ¿Quién era yo para evaluar su administración económica, aún más cuando no hay un estado dispuesto a protegerla? No pude evitar pensar en las acciones y los deseos como el reflejo del lugar que cada uno ocupa en el espacio de clases, la forma en que se fusionan las estructuras sociales y cognitivas. Por rebuscado que suene me vino todo eso junto con una serie de autores como Bourdieu, Foucault, etc., a la mente. Es mucho más simple el gasto cuando uno tiene en claro que representa una porción mínima de los ahorros y/o se es consciente de que la vida puede darnos una nueva oportunidad. Sin embargo, el futuro como proyección no es más que una utopía burguesa. M. -como gran parte de los sectores populares e inmigrantes- vivía al día, las segundas oportunidades sólo forman parte de los sueños que transmite la televisión, no podía darse ese gusto, mucho menos cuando tenía tan claro el propósito de ese dinero.

M. había desviado su mirada por la ventana, quizá también estuviera prestando atención a la charla de las mujeres de al lado y su mente proyectara la fantasía del paisaje caribeño, después de todo, de alguna u otra forma, todos conocemos Cancún. Un rayo de sol se había posado sobre su nariz. Tenía una nariz pequeña, de líneas rectas. Mientras mi mente divagaba había seguido hablando, lo último que dijo fue algo respecto de la madre o de una madre.

-Perdón- tuve que disculparme -no escuché lo que dijiste-.
-Que la madre de una de las chicas (también paraguaya) me dijo que me pusiera unas pastillas- agregó luego (supongo que serían Oxaprost), -junto con unos yuyos. Desde ahí que tengo pérdidas...-. Se mordió el labio inferior y volvió a bajar la mirada.

Ingenuamente le pregunté si había ido a un hospital. Era obvio que no había ido ni podía ir a ningún hospital.

Pagamos los cafés y nos fuimos directo al Pirovano. La guardia de ginecología estaba en el primer piso. La sala de espera era una habitación de tres por dos, con paredes blancas decoradas con folletos instructivos, y estaba totalmente vacía. En uno de los ángulos había una puerta pequeña, casi empotrada, semejaba más la entrada a un pasadizo secreto o a una cava, que la entrada a un consultorio. En el centro, pegado con cinta adhesiva, un papel de impresora decía en letras negras:

La guardia de ginecología abre a las 5. P. M.

Recién era la una. -Vamos a tener que esperar- dijo M. y me miró. Su anterior seguridad se había desvanecido por completo y su mirada se había vuelto la de una chica de cinco o seis años. Por un momento tuve hasta la sensación de que su misma estatura había disminuido.

Además de pequeña, la sala de espera era algo oscura, por una ventana entraban unos rayos de sol y apenas iluminaban. Poco a poco se fue llenando, a eso de las cuatro rebalsaba de gente, mayormente mujeres y niños. Finalmente, como si alguien hubiera pronunciado las palabras mágicas ábrete sésamo, como pudo abrirse la puerta de la cueva de Ali Babá, la pequeña puerta se abrió y, cual genio que viene a cumplir los deseos, salió una enfermera encajada en un ambo turquesa. -¿Quién está primero?- preguntó. Ambos nos paramos. –Pasa ella- dijo, frenándome la entrada a la cueva. Cuarenta o cincuenta minutos más tarde, la misma enfermera abrió la puerta y preguntó por mi. -M. tiene un aborto incompleto- dijo -y se tiene que quedar para que le hagan un raspaje-. Sus ojos me apuntaban coléricos, casi prendidos fuego, como si estuviera regañando a un chico que se mandó una macana, o peor, apuntalándome como a una especie de delincuente. Me hizo sentir tan avergonzado que estuve a punto de aclararle que yo no había tenido nada que ver (ella daba por descontado que el responsable había sido yo). Le pregunté si podía entrar a verla y me respondió que más tarde, pero que, de todos modos, tenía que salir y entrar por otro pasillo, imitó un camino en zig zag con su brazo.

Esperé un rato sentado junto al resto de las mujeres y niños que ahí esperaban. Pensé en el hospital como institución disciplinaria y su destrato hacia quienes infringen las normas regulatorias. Pensé también que M. no podía venir sola sin temor a que esa institución la “expulsara”. Los dispositivos sociales (los medios de comunicación, la escuela, la familia, etc.) se encargan de regular el modo de pertenencia y apropiación de los espacios sociales. Posiblemente aquella sea la razón por la que terminó recurriendo a mi, aunque nunca lo haya expresado: necesitaba un representante “legítimo” para poder vencer estas barreras. Frente a la institución hospitalaria, ser inmigrante y pobre, opera como un estigma, aún cuando está sea para pobres, ésta mantiene una lógica paternalista y clasista, cuya función sigue siendo, de alguna manera, aleccionar a los sectores populares. Ello, sumado a que el aborto sigue siendo punible, tanto legal como moralmente. Los reproches de la enfermera eran el signo de ello y, si hasta a mi, que cuento con un “habitus” de clase media y estoy acostumbrado a deconstruir esos prejuicios, me hizo sentir incómodo, no es difícil imaginarse la situación de una persona desprotegida ante esta clase de interpelaciones.

Un chiquito que correteaba con una pelota de goma de un lado al otro de la sala de espera, se estrelló contra una de mis piernas y me sacó del letargo. Asumí que ya había pasado suficiente tiempo y seguí las instrucciones de la enfermera. Atravesé el pasillo, continué el zig zag tal cual había indicado su brazo y, finalmente, tras pasar una puerta de doble hoja, entré a la sala de cuidados intermedios. Las paredes también estaban decoradas con folletos e instructivos. Intenté reconocerla entre el mar de camas que se despliegan de dos en dos entre los biombos celestes. Apenas la reconocí acurrucada en una de éstas, cierta pesadumbre invadía su rostro, sus ojos estaban apagados y se la notaba muy alejada de su frescura habitual. Se me cruzó la imagen de la primera vez que la vi, caminando a los saltos, recorriendo aquel bar, jugando con el sonido de la rocola. Habían pasado algunos meses desde que la conocí, sin embargo, se me hizo la idea de que fueron varios años.

Esta experiencia tuvo lugar fácilmente diez o doce años atrás, si no más, por lo que algunos detalles se me escapan (por ejemplo, no recuerdo si cuando entré a la sala ya le habían hecho o no el raspaje. Tampoco recuerdo si las pastillas las tomó o se las aplicó directamente en la vagina. En ese momento no tenía absolutamente ninguna idea de lo qué era el misoprostol ni cual era la mejor forma de aplicarlo por lo que ni siquiera entré en esos detalles). Al problema de género, sumado a la cuestión de clases, la prostitución y el rol de ciertas instituciones, etc., se sumaba otro: el sólo uso del misoprostol no resolvió definitivamente el problema del aborto. Esto hace necesario que exista mayor información pública respecto a su utilización y que las instituciones estén abiertas y preparadas, tanto legal como éticamente para recibir estos casos.

Al verme sus ojos recobraron cierta luminosidad, sé que no se trataba tanto por mi como persona, como ante la localización de algo familiar entre aquella incerteza general. -Tengo que quedarme hasta mañana- me dijo, con la voz algo ronca, y me pidió que fuera a comprarle una tarjeta de teléfono para poder avisarle al novio.

En este sentido, y para terminar, me surge la pregunta obvia, ¿qué hubiera sucedido con M. de no haber acudido a un hospital?

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